Blog del suscriptor

Una mujer anulada

Rocío Carrasco, en el documental 'Rocío: contar la verdad para seguir viva'.

Rocío Carrasco, en el documental 'Rocío: contar la verdad para seguir viva'.

  1. Blog del suscriptor
  2. Opinión

Viento aparentemente neutro, coletazos de una vida por delante, nadie devuelve lo perdido, nadie recupera el hilo al cortarlo del ovillo. El ovillo del corazón, siempre complicado, más de un millar de vueltas encrucijadas, y cada una, con la puntada sellada.

Comienza a coser la lana, suave y esponjosa, como el amor en la vida, esperas que el hilo elegido del ovillo, –si, de todos esos hilos– sea el único que te haga sentir cómoda, que te proteja del frío, que su naturaleza te enseñe tantas cosas que el cerebro colapse de sabiduría, cada día cuenta para sentirse útil, un hilo que encaje perfectamente con tu prenda favorita, que no someta el jersey blanco de lana que ha sido deshilachado, sino que comparta armonía con él, no forzado, que no noten la triste vulnerabilidad a la que está sometido, cualquier tirón puede terminar por romper de nuevo la costura, y ese es el gran problema.

Solemos coser para arreglar una prenda, solemos tapar para que la gente no opine, solemos callar para no enfrentarnos a nada. Solemos equivocarnos y no rectificar, solemos realizar un acto de contrición, que es falso.

Quizá, la puesta en escena de Rocío Carrasco pueda servir para dar puntadas con hilo a un tema que originariamente en España es educacional. ¿Quién no ha oído la historia de una madre con hijos cuya misión en la vida son todas excepto quererse a sí misma? Olvidarse de quién eres para ser sometida a un maquiavélico mundo de intereses, orden y mando, ser cosificada y anulada, ya no tienes la propiedad de tu vida, la tiene otra persona y es tan influyente en tu ser, que una bofetada en la mejilla izquierda de la cara se asume como algo normal e incluso merecido.

Ese descaro de expropiar una vida, tan común todavía hoy en día, sigue los rastros misóginos de una España educada en el toreo ferviente y aclamado de clavar la banderilla, para avivar al animal, porque a veces, eso se nos ve a las mujeres, como un animal, objeto de clavo en la piel, fulminada por una estaca en lo más hondo del alma. Tradición dicen, entra en la cultura, dicen, nos torean hasta el último suspiro, venganza adquirida de los siete pecados capitales.

Quizá el testimonio de la hija de ‘La más grande’ pudiera ser un ensayo para empezar a avergonzarnos, decía Nelson Mandela que “la educación cambiará el mundo” y ¿por qué no educar entonces? Cuando la mujer tomó posesión de su “lugar” después de la guerra civil, un hombre podría decidir sobre si tirarla al suelo y fregar con su cabeza toda una vida para ser una “buena mujer”. La mano más ágil que el cerebro y esas frases demoledoras, que nos movían a un lado de la historia, “un buen tortazo”.

¡Ay, costumbre española! Qué daño hiciste en tus inicios y qué hondo has calado hasta ahora.

El terrorífico relato de Rocío Carrasco no ha dejado indiferente a nadie, y no es para menos. Ha roto el silencio de 25 años, un cuarto de siglo de sufrimiento y de soledad, mientras que el padre de sus hijos la ha tachado continuamente de mala madre en los medios de comunicación, haciéndose pasar por padre ejemplar. Y no sólo en los medios… sus propios hijos han crecido con esa versión, hasta el punto de no querer tener ningún contacto con ella, ¿puede haber algo más doloroso que el rechazo de tus propios hijos?

Rocío Carrasco ha hecho que ‘la violencia de género’ sea una actualidad otra vez más, de la lacra de la violencia de género. Lo cual, según los expertos, es mucho más eficaz que cualquier campaña publicitaria, para que las mujeres se animen a denunciar e incluso identifiquen con más rapidez a los futuros maltratadores.

“Eres tonta, estás gorda, no sabes nada (…)” son gritos claros de un manipulador, los cuales hay que identificarlos de inmediato, antes de que sea demasiado tarde y acabemos como la rana hervida de la famosa metáfora.

Las palabras de Rocío Carrasco han sido cuestionadas y medidas al detalle, cosa que ocurre cada vez que una víctima decide contar su relato. Pero lo más incomprensible es que en muchos casos, son las propias mujeres las más crueles con las víctimas, sólo hay que ver las reacciones que ha creado el documental en las redes. ¿Qué nos pasa?

Hay un silencio que me horroriza más, que el de la propia Rocío, y es el silencio de los familiares y allegados: ¿Con qué facilidad le han tachado de mala madre y por qué no han sido capaces de preocuparse por su situación personal? ¿Cuándo dejaremos de normalizar la violencia hacia las mujeres?

Como sociedad deberíamos de hacer autocrítica, ya que, a pesar de existir indicios, denuncias y algunos testimonios, que aseguraban que “este ser” la había maltratado. Públicamente no se ha cuestionado la versión de Antonio David Flores, y se le ha dado voz sin ninguna limitación, sin reparar en la posibilidad de que Rocío Carrasco podría ser una víctima que sigue atormentada.