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Burocracia, ciencia y concordia

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¡Que inventen ellos!

Requeriría un tratado detallar cómo nuestros gobiernos han arrastrado a instituciones científicas que, paradójicamente, hoy son el oráculo en tiempos del coronavirus, a situaciones insostenibles, impidiéndoles usar adecuadamente sus propios fondos o dificultándoles captar o usar fondos internacionales, o privados, por impedimentos burocráticos. Las plantillas de los centros de Investigación envejecidas y en caída libre y sus científicos maltratados y discriminados.

Tenemos en ciernes una crisis climática, epidemias en progreso que amenazan cultivos esenciales y nuestros bosques, emergencias hidrológicas y alimentarias, sin contar con la que nos asuela. Hay que estar preparados, aunar, organizar y prevenir. Y para ello se necesita inteligencia independiente, capaz de dictaminar sin cortapisas cuál es la mejor forma de hacerlo. Hay que gastar más en lo importante y, sobre todo, invertir bien y de forma organizada.

Hay países en los que la ciencia funciona mejor, los fondos se gestionan mejor y la prioridad es que los científicos desarrollen su trabajo de forma óptima. Los procedimientos administrativos se organizan para que se alcancen los objetivos científicos perseguidos, no para satisfacer trámites burocráticos. No hemos sido capaces de articular un plan que termine con este sinsentido y debemos copiar el sistema de gestión de los que lo hacen mejor e implementarlo disponiendo los cambios legales y administrativos necesarios. Cualquier cosa, menos seguir como estamos.

Los controles obstruccionistas que padecemos no son los idóneos para proteger los fondos públicos. Controles similares a los que han arruinado cientos de investigaciones científicas importantes han permitido escandalosos saqueos del erario público en múltiples administraciones. Todas ellas contaban con una pléyade de gestores y controladores y disponían de incontables normas, reglas e instrucciones. Es claro que ni la burocracia elefantiásica, ni la inflación normativa, protegen contra la corrupción, más bien al contrario. “Corruptissima República plurimae leges”, el exceso de normas corrompe la República, que decía Cornelio Tácito.

La concordia organizada hace la fuerza

La hecatombe que padecemos trae una mala noticia para los que daban por finiquitado nuestro proyecto común. Las medidas que se adoptado en todo el mundo para asegurar recursos esenciales para combatir la epidemia, han dejado claro que el tamaño organizado importa. Y que el mejor instrumento para defender nuestros intereses vitales es la decimotercera potencia económica mundial y se llama España. Avergüenzan las patéticas imágenes de los emisarios autonómicos corriendo a China, las zancadillas y las requisas de material entre administraciones, o las compras ‘fake’.

Era legalmente imposible encargar con rapidez material sanitario vital adelantando una parte del precio. Ha habido que cambiar, a toda prisa, las normas con el resultado de retrasos y aumentos de costes. Somos europeos, pero esta crisis ha dejado bien claro cuál es el mayor ámbito real de solidaridad y ayuda mutua con el que podemos contar. El ámbito en el que vamos a sobrevivir o morir. También se llama España.

Ahora, más que nunca, debemos compartir la visión de aquél al que, hace casi un siglo, le dolía tanto el que inventaran otros como la propia España. Nos duele ahora haber permitido el desperdicio de tanto talento y la labor de zapa inmisericorde contra lo que podía haber permitido una reacción rápida y coordinada.

En definitiva, tenemos unas estructuras políticas y burocráticas y un cuerpo normativo hipertrofiados, caros e inadecuados para abordar los retos actuales de la sociedad. Secuestran recursos esenciales y entorpecen nuestra capacidad de respuesta. Si no las modificamos urgentemente será imposible liberar recursos y sostener el sistema sanitario y científico, eficiente y coordinado, que necesitamos para sobrevivir y prosperar en el siglo XXI.

La crisis ha venido a sincronizar todos los fallos que muchos apreciaban y sufrían, de forma aislada, desde hace décadas. Nos ha mostrado de forma descarnada y conjunta todos los muertos que nuestro sistema sanitario mal dotado ya venía produciendo de forma difusa; todas las trabas burocráticas absurdas que se ponen a las tareas útiles –incluso a las de vida o muerte-, todos los recursos dilapidados en procedimientos, burócratas y estructuras prescindibles; toda la pérdida de poder e influencia internacional que nos está causando la división atizada (o tolerada) por los partidos políticos. Partidos que se asemejan, cada vez más, a marcas comerciales dedicadas a la fabricación de eslóganes vacuos.

Los intereses de los ciudadanos están supeditados a las necesidades de las extensas redes clientelares que se nutren del actual estado de cosas. Sin una reacción enérgica de la ciudadanía nada indica que esto vaya a cambiar. Y la burocracia nos seguirá matando, pero ya de forma invisible.