Opinión

La España de Unamuno

Un fotograma de 'Mientras dure la guerra'.

Un fotograma de 'Mientras dure la guerra'.

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El otro día me acerqué al cine a ver una película. Normalmente, en mis aproximaciones al séptimo arte, tiendo a buscar algún filme que me proporcione una buena dosis de evasión y entretenimiento, algo que no dé mucho que pensar, pero en esta ocasión, ante un par de recomendaciones de amigos, consentí en ver la de Mientras dure la guerra.

He de decir que la película me gustó; muy a pesar de que al final de la misma no me quedara el familiar regustillo dulce de una ensoñación, sino más bien un amargo y terroso sabor de los paralelismos que su visionado evocan. Sin duda que la película es efectiva, mostrando el horror de la violencia de aquel periodo, plasmado por la agonía de la cotidianidad y los vacíos dejados por los personajes que van desapareciendo, cuyo epitafio lo sellan los ecos de los disparos en la lejanía. Pero creo que su mayor virtud ha sido lograr mi empatía con un Unamuno, confuso y abatido ante el fin de la razón, supeditada a las causas, avasallada por los acontecimientos e impotente ante los mismos.

Salvando las distancias, no parece que el trasfondo de la España de hoy en día haya cambiado demasiado. En un mundo tensionado por la crisis y azuzado por una menguante justicia social, vemos surgir las causas, entre los rescoldos de una frustración creciente que subyace en muchos de los estratos de nuestra sociedad, que se tizna paulatinamente con el fanatismo. Mal augurio para la razón.

Con esto en mente, no pude sino recordar el debate a cinco de RTVE antes de nuestra reiterada cita electoral. A su término, como ya es costumbre, los partidarios de uno y otro signo alabaron a su líder, sus equipos de comunicación se aprestaron a proclamar su victoria a los cuatro vientos, los profesionales de la información nos vendieron los resultados de la contienda, y cada cual acabamos tragándonos este espectáculo desde nuestras entendederas. Personalmente, poco me importa quien ganara, yo hubiera deseado que fuera la razón, desearía que el debate lo ganara España. Y es por ello que en mi elección del próximo domingo me decanto por el más próximo a la razón, el único que se distancia de aquellas viejas dos Españas, el único que sin ambages ha defendido lo que llevamos precisando desde hace una ya demasiado larga cantidad de años: un Pacto de Estado. Pero aviso a navegantes, no olviden los rescoldos, si de las próximas elecciones no sale un pacto, bien harían los oradores de aquel debate si presentaran su dimisión en bloque.