La brújula de la moderación

El secretario general de Ciudadanos, José Manuel Villegas. Efe

Siempre que se avecinan pactos electorales, el apelativo de “Veleta” es el sambenito más colgado a Ciudadanos. Este reprobatorio apelativo, cacareado por sus adláteres políticos, esconde la mayor virtud de Ciudadanos, a tenor de la depauperada realidad política española, que, cada vez más polarizada y fragmentada, parece incapaz de llevar adelante un contrato social.

Esa “Veleta” que hoy ejerce la política posibilista, es decir, la que llega a acuerdos, en base a programas y votos, y la que posibilita la gobernanza desde el prisma de la política útil y el pragmatismo, es aquella que busca el bien común en base a propuestas y programas, sin más convicción o credo que el liberalismo y el progresismo. 

El liberalismo, que en lo social promulga la libertad de todo individuo en su relación con la sociedad, sin más límite que el respeto a la libertad del prójimo; materializándose todo ello en el reconocimiento recíproco de los derechos y deberes fundamentales establecidos en la carta magna, y en el estricto acatamiento del estado de derecho. Y que en lo económico favorece la iniciativa privada, como complemento imprescindible de la iniciativa pública, y como expresión del desarrollo individual.

El progresismo, que se concentra en el futuro con afán reformista, para hacer crecer la libertad personal y hacer evolucionar a la sociedad, adaptándola, desde la búsqueda del consenso, a tenor de las nuevas realidades y cambios que se producen en el devenir cotidiano.

Estos dos principios son los vilipendiados por aquellos empeñados en imponer sus dogmas, cuando la realidad es que nuestra sociedad, antes que de blanco y negro, se viste y se entiende con una amalgama de grises, y demanda soluciones de compromiso.

Estos dos principios son los que fijan la dirección de la “Brújula”, a la que ellos insisten en llamar “Veleta”, y que desde su perspectiva cambia de apuntamiento, cuando dicho apuntamiento no señala a sus intereses partidistas o particulares del momento.

Estos dos principios son, al fin y al cabo, los que propone esa tercera España, centrada en propiciar un futuro en libertad, sensata, moderada, dialogante y firme en la defensa de los principios que nos rigen. Y son la mejor novedad política tras la caída del bipartidismo, y la única capaz de superar con garantías las nostalgias guerracivilistas que algunos esgrimen.

Pero corren malos tiempos para la moderación. El plebiscito andaluz señala a un resurgimiento de la política de frentes y augura nubarrones: por la tentación electoralista de los moderados de caer en una radicalización de sus mensajes, por la escasa tradición pactista española y por la visceralidad del voto del hartazgo. Este tiempo que vivimos pondrá en evidencia la madurez de la sociedad española, su capacidad canalizar la frustración fuera de los extremos, que con emotividad y simpleza rayana en lo infantil nos hablan de soluciones fáciles, drásticas y/o utópicas a nuestros problemas; cuando la realidad es que somos cada vez más interdependientes a escala global, y que el vivir en sociedad reclamará cada vez más generosidad, solidaridad y resiliencia, ante las soluciones cada vez más complejas que se han de articular.

Repasen nuestra historia: España no necesita de “vías eslovenas”, ni de asaltar la calle al grito de “a por ellos”, ni de arengar a la “Reconquista”. 

La “extrema necesidad” de España es que reconozcamos que nuestro vecino es la persona a la que debemos respetar y con la que debemos convivir, y que entendamos que dicho respeto y convivencia se construye, exclusivamente, desde el imperio de la ley.

La “extrema necesidad” de España es que los moderados se reconozcan y, sin perder el norte, recompongan nuestro maltrecho contrato social.