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La patria en el siglo XXI

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El mejor solar patrio que hemos construido los españoles ha sido el que se erige como un Estado democrático que ampara al ciudadano bajo el paraguas de un conjunto de derechos fundamentales. Todos los compatriotas de entre finales del XX y principios del XXI sostenemos una patria con el horizonte de la tolerancia, pero no solo hacia nosotros mismos sino también hacia los ciudadanos extranjeros que comparten su existencia con nosotros. La patria existe siempre, siendo distintas las formas del Estado que la cobijan. Una patria –digámoslo así–, tiene muchas maneras de habitarse y muchas posibles casas que le dan cobijo. La patria se siente, el Estado se comparte o no. La mejor patria posible es la que crea un Estado aglutinador en torno a un proyecto común, pero, más allá de eso, y ya en el siglo XXI, las patrias, al menos las de determinados lugares como Europa, conforman Estados supranacionales. 

Los compatriotas pueden renunciar a su Estado en favor de otro más grande, bien Europa, como hoy, y quizás, algún día, como soñaron Alejandro Magno y Kant, a favor de un Estado democrático mundial que redistribuya la riqueza, cuide el medio ambiente y proporcione paz, educación y sanidad a los terrícolas. Tal cosa nos enseñó, entre líneas, la Ilustración. Pero si como patriotas podemos crear un Estado nuestro o participar de otro superior comprensivo de la humanidad entera, jamás podremos renunciar al sentimiento patriótico. Renunciar a él es desleal con la tierra, la cultura y los que te son afines, es un suicidio que te desarraiga de lo más particular y propio que tienes, pero, además, es un peligro. No hay mayor ignorancia que entregar a otros el sentimiento patriótico, como no hay mayor felonía que el atribuirse por la fuerza la defensa, la representación y el amor a la patria. Todo nacionalismo excluyente, como todo fascismo, han ocupado un vacío de sentimiento patriótico y lo han invadido para adueñarse de la patria, para poseerla bajo el pretexto de una ideología dominante. 

Hace mucho tiempo que amo a mi patria, pero lo hago con el sentimiento de dolerme como le ha dolido a otros pensadores más sabios que yo. Dolerme su deriva decadente y secular unida a la extirpación de lo diferente, cosa que pasa desde la expulsión de los judíos, los moros, los protestantes, los rojos, los masones, los amantes de los toros, los que no son de esto o de aquello, los que no abrazan estas ideologías de ahora concentradas en lo muy particular, o, en definitiva, todo aquel que no cuaje en el discurso políticamente correcto del cada día de cada año de cada siglo de este despropósito de cuatrocientos años que es nuestro país. Me duele nuestra  incapacidad crítica, la irradiación forzosa y sin argumentos de toda disidencia. Es el dolor por nuestra incapacidad para vertebrar un proyecto común en lugar de, como hacemos, sobrevivir a una convivencia de apetitos diferentes siempre en pelea, dolerme, sí, nuestra incapacidad para asumir los elementos simbólicos de lo patriótico y entenderlos como un folklore innecesario que ridiculiza al que siente España como su raíz. Toda raíz deviene en explosión floral, que es el folklore de la planta. Si lo folklórico exacerbado es la extravagancia de quien aparenta quizás lo que no siente –eso no lo discuto¬–, el folklore y el simbolismo propio de una patria es la explosión granada de su identidad, la expresión viva de su color, de su marcada diferencia.

Sé que el mundo será mejor si las patrias se entregan a un proyecto colectivo común, pero un mundo global en torno a un ideal ilustrado se hará desde las patrias, no desde los individuos. Serán estos, pero como compatriotas unidos, los que un día cederán su soberanía a un derecho internacional que supere el Estado Nación como modelo de convivencia. Aun así, nadie dejará de sentir su patria, como nadie ha dejado de sentir su región por vivir en un Estado. Se asciende de lo pequeño a lo grande. No al revés. El pálpito patriótico es el pálpito del sentir cercano de la tierra y la cultura que nos son próximas, representa la unión de la planta con su tierra, pero no hay unión con lo universal si no nos unimos primero con lo que nos arraiga.

La mejor patria se construye y se reafirma cada día. La peor de las patrias es la que cae en su falta de afirmación, porque cuando dejas el vacío de esa afirmación cedes el relevo para que los diablos perversos de la historia lo ocupen. La patria es la que se desea amar, no la que se desea poseer. Los patriotas la aman y aman sus símbolos, los arbitrarios la poseen y poseen sus símbolos a su antojo para despojarla de su sentido histórico. Saben que no es posible la arbitrariedad cuando el pueblo está unido en torno a su patria. Nosotros, los españoles, insistimos en despreciar lo patriótico. No aprendemos las lecciones históricas. No hay pueblo sin patria. Los apátridas andan a la deriva, devienen individualidades, barcas en el océano. Los patriotas gobiernan su historia.