Opinión

El asco

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La imagen de por sí resulta patética: un grupo de jóvenes saludables y fuertes, aprovechando el ambiente despreocupado y sonámbulo de los sanfermines, se llevan a una chica a un portal para tener sexo sin su consentimiento. Resulta imposible no pensar en ello sin que te invada un sordo desaliento. Al margen de las circunstancias concretas que rodearan el episodio, y que probablemente nunca conoceremos en detalle, la escena final de estos chicos transmitiendo por WhatsApp su canallada, mientras la víctima se inhibe al extremo por temor a sus agresores, conduce inevitablemente al asco.

Si, además, uno tiene estómago para leer las declaraciones de la muchacha, los detalles del modo en que la obligaron a mantener varias prácticas sexuales simultaneas con absoluta indiferencia hacia sus sentimientos y aplicando las burdas maniobras de quien manosea un clínex para luego tirarlo a la basura, es imposible que la indignación mas genuina no salpique tu conciencia. Si, por último, nos detenemos antes sus ojos arrogantes, su actitud despreocupada divirtiéndose en los sanfermines antes y después de su “hazaña” y pensamos en su sorprendente estulticia para compartir el video de su comportamiento con sus colegas en la red, sobreviene el más razonable y humano desprecio hacia ellos. 

No cabe duda de que ese día fue el peor en la vida de la víctima, pero los que vinieron después para esta joven, enfrentándose a toda una batalla mediática y judicial no han sido fáciles. Pienso en mis hijas y se me ponen los pelos como escarpias de imaginarlas pasando por ese tormento.

Aun cuando vivimos instalados en la fugacidad, la Manada quedará por mucho tiempo en nuestro imaginario colectivo como una metáfora de lo más sórdido y estúpido de nuestra sociedad. Una alarma sobre la ignominia que supone eso que algunos llaman patriarcado y que, a pesar de los enormes avances producidos hacia la equidad en todo el mundo, y especialmente en España, aún prevalece en nuestro código genético y, a decir de algunos, en el civil.

Claro que el asco es libre. Sobreviene cuando quiere y no a todos ante el mismo estímulo. En mi caso, este que siento ante la Manada no es muy distinto al que me asalta cuando contemplo a quienes hasta hace poco estilaban el tiro en la nuca en Euskadi y hoy imparten lecciones de libertad o tolerancia sin asumir el dolor causado. O al que me genera una clase política dispuesta a jugar con el equilibrio de nuestro Estado de Derecho con tal de mantenerse unos meses más en el poder. Claro que este último asco es de otra condición: más elaborado y menos físico, pero igual de intenso.

 El caso es que, en nuestro medio, por fortuna, la ley prevalece las más de las veces. Lo damos por sentado sin advertir que es un lujo largamente destilado, fruto de una evolución de siglos. Uno quisiera que los jueces fueran infalibles, los violadores se rehabilitaran en la cárcel, los políticos pensaran en sus representados antes que en sus privilegios y quienes empuñan armas contra otros seres humanos tuvieran un castigo proporcional al daño infringido.

Pero a cierta edad ya no vivimos de utopías. Por fortuna, pues son demasiado caras para mantenerlas. La confianza en la justicia me hace creer que esta sentencia no firme será aumentada y que pronto tendremos un código penal más adecuado a la realidad. En cualquier caso, no tengo dudas de que prefiero vivir en un país donde la justicia pueda equivocarse a uno donde dicten sentencia las redes sociales o el clamor popular. En ese caso, que ojalá nunca acontezca, vuelvo a pensar en mis hijas y pienso en cuán difícil sería la vida para ellas, si algún día, así de irresponsables como históricamente acostumbramos a ser los españoles, tan proclives a asomarnos al abismo, llegáramos a romper el marco legal que tanto nos ha costado construir dejándonos llevar por nuestras tripas.