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Barrabás o Jesús

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Escuchando la parábola de los jornaleros de la viña durante la lectura del evangelio en misa este domingo pude reflexionar sobre la claridad de uno de los principios fundamentales de nuestro cristianismo que es el bien común. Les escribo estas palabras sin ninguna ambición teológica, desde la experiencia de un humilde católico comprometido que desde qué se jubiló colabora como asesor consultor voluntario en Instituciones y Fundaciones no lucrativas.

Al mismo tiempo, a través de los medios de comunicación, escuchaba las palabras de algunos párrocos de la comunidad catalana que me inquietaron profundamente. Al domingo siguiente nuestro párroco nos distribuyó la declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal, al objeto de clarificar la posición oficial de la Iglesia.

Este artículo tiene como objetivo el trasladar mis propias reflexiones y preocupación acerca de este tema.

Si Jesús hubiera querido ser un líder independentista que liberara al pueblo judío del sometimiento romano, la historia hubiera sido otra. La contestación de Jesús es clara en el tributo debido al Cesar: “Lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios”. Puesto que en el caso que nos ocupa entiendo que en la situación catalana no estamos hablando de ningún sometimiento, no llego a entender las palabras de nuestros párrocos catalanes.

Nuestro Papa Francisco ha dejado sin embargo clara esta cuestión: ¿dónde está entonces el voto de obediencia? Los padres de la Iglesia deberían saber que la ejemplaridad es la dignificación de la vida. Para la vida religiosa es primordial comprender antes que nada la dialéctica que se instaura entre votos y vida. La regla se hace vida en la misma medida en que la vida se hace regla. “El paradigma ontológico y práctico en el que se entretejen tanto el ser cómo el actuar”. Es decir “vivir en obediencia”. Por tanto todos tenemos la obligación de aprender a vivir juntos.

¿Podremos vivir juntos?

Es evidente como los valores que la diversidad aporta a nuestras sociedades son cada vez más importantes, hasta el punto de hacerse imprescindibles Esta diversidad, en sí misma es una riqueza y es nuestra obligación como Iglesia ayudar a encontrar dónde están las fuentes de tensión y encontrar las vías de reconciliación. Sin tomar partido por ninguna vía que produzca discriminación y marginación y que puedan provocar traumas entre comunidades de los que nos llevaría mucho tiempo recuperarnos.

Nuestra Iglesia debería promover la participación en el proceso de reconocimiento de nuestra diversidad, con un espíritu de conciencia universal donde el bien común sea el fin de la política. Nuestro deber es acompañar para que las minorías sean reconocidas, escuchadas y no marginadas. En definitiva promover procesos de reconciliación y espacios de convivencia. La convivencia entre los que piensan diferente debería ser un reto de la vida cotidiana de nuestras parroquias.

¿Qué fe cristiana y qué noción de solidaridad se profesa cuando se persigue construir una sociedad cerrada y resentida hacia un prójimo que piensa diferente? El refugio de la idea de un pueblo único, justificada en un origen histórico diferenciado no busca más que justificar el mantenimiento de unos privilegios ancestrales frente a nuestro bien común.

Los procesos que posibilitan que ciertos grupos de ciudadanos se apropien de estos recursos y quieran beneficiarse con exclusividad de ellos va contra este principio fundamental del cristianismo: el bien común.

Nosotros los católicos debemos garantizar el acceso legítimo que todos tenemos a los recursos comunes, especialmente preservarlos para las generaciones futuras. El bien común posibilita que la identidad y la cultura de los ciudadanos de cada comunidad de nuestra Nación integrada en Europa, sean preservadas sin perjuicio de ninguna minoría.

Nosotros los cristianos debemos promover la solidaridad y la compasión entre los individuos y comunidades de nuestra Nación, de nuestra Europa y de nuestro mundo. Sin nacionalismos egoístas que tanto daño han causado a través de los siglos.La educación y la formación deben ser un fuerte pilar de cohesión social, cuidando las singularidades culturales diferenciadoras, pero nunca disgregadoras.

La iglesia debe colaborar junto a otros como un fuerte agente cohesionador de integración y de conexión con el compromiso social. Por todo ello se hace necesaria una formación en liderazgo comunitario y teológico de todos nuestros sacerdotes para que encuentren las mejores vías para servir a esta sociedad algo perdida.