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La mentira de Alaska y los Pegamoides

Alaska

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Con un tacón de aguja, los ojos pintados, dos kilos de rímel, muy negros los labios, hombreras gigantescas, glitter en el pelo, esmalte de uñas negro, leopardo y cuero… Así se presentaban los años 80, la revolución y escándalo, la era de la música, de que cualquiera pudiera triunfar, subir a las nubes e influir en una gran masa de gente que durante muchos años llevaba sufriendo represión y censura, pero tenía un precio muy caro, aquel descenso del mismísimo Olimpo era mortal de necesidad, Hades en aquella época era la mismísima heroína.

Tantos músicos olvidados, puede que porque sólo sacaban una canción que tenía ritmo y la tocaban hasta hartar, daba igual porque la gente que iba a verles quería colocarse, quería salir y romper con lo que venían viviendo, esa vida controlada y reprimida saltó por los aires, todos querían desfogarse, vivir cosas nuevas, llevar el peinado más llamativo, la ropa transgresora, y seguir aquel dicho que dice: “Allá donde fueres, haz lo que vieres” y ese fue el gran protagonista, los excesos, lo que no se conocía y aún así se consumía, ese punto de popularidad que te daba en la época, imitar lo que hacían aquellos que tocaban de vez en cuando en el Rock Ola.

Pero tras esa época donde todos los músicos del montón caían derrotados, hubo algunos que supieron aprovechar esa oleada, esa represión para romperla y convertirla en fama dinero, y la que más destaca en ello es Alaska.

Una mujer de la que no se puede decir que fuera una clase baja ni media, tampoco ese espíritu revolucionario que la haría saltar a la fama primero con un grupo llamado Kaka de Luxe, los cuales decían a su público que iba a verles: “Pero que público más tonto tengo, pero que público más anormal…”. Nada oído hasta el momento, nos situamos en una época donde el pecho de Sabrina que se le salió en directo en TVE fue lo más escándalo que nunca había visto la gente y menos en televisión.

Por eso Alaska, desde su bola de cristal, supo aprovechar el momento, sus rapados, su ropa negra y ajustada, uñas largas y pintadas, una palidez que mantenía y mantiene, no había hablado algo así nunca. Alaska y Los Pegamoides llegaron bailando y bebiendo, pero sólo una quedó en pie, ella misma, la bruja Avería, la que proclamaba: "¡Viva el mal, viva el capital!" en la tele, maestra televisiva de los niños y también estrella de La Movida. Los Pegamoides eran Nacho Canut, Carlos Berlanga, Manolo Campoamor y Eduardo Benavente, los tres últimos fallecidos, uno de ellos rápidamente, si el boom comenzó más o menos en el año 1982, él murió en el 83, como tantísimos otros, ese polvo de Ángel al que tanto se ha referido Almodóvar en programas de televisión como su droga favorita y el caballo han acabado casi con una generación entera. Músicos que se veían al borde de la ola, gente hipnotizada, un PSOE que animaba a colocarse, quien no recuerda como símbolo de aquella era a Tierno Galván.

Rodeada de lo mismo que tantos otros, pero una gran diferencia, Alaska siempre ha sabido lo que quería, sacarle partido y explotarlo, aunque en el fondo esa revolución no fuera con ella, el “¡Quiero ser Santa, quiero ser beata!” vendía y ella lo vendió y a día de hoy sigue triunfando, siempre está en el borde de la lengua, en los 80 por aquello, los 90 y 2000 se reinventó a música más disco, lo que hacía con los Pegamoides ya no era lo último, un reality show de su vida en pareja que claro que vende, con unos personajes totalmente estudiados, siempre ha sido así, nada de lucha, nada de sentimiento, las cosas claras: ¿qué quiero? Convertirme en una estrella. ¿A qué precio? La inteligencia, una azotadora de la censura y de todo lo que tuviera que ver con lo vivido en represión y que años más tarde públicamente apoya a una Esperanza Aguirre, es ideológicamente del Partido popular. Y pensaréis: ¿qué más da?

Si, no importa nada, seguiremos escuchando sus canciones ochenteras siempre, pero teniendo claro que la mentira de Alaska y los Pegamoides está perfectamente estudiada, no cayó como tantos otros, no se entretuvo, tampoco sentía ese espíritu de cambio y libertad, simplemente fue una mujer que hizo lo que la dio la gana siempre teniendo claro que lo primordial era estar siempre en el Olimpo que tantos ansiaban, nada más. La Movida fue un marketing relleno de hipocresía que le costó la vida a mucha gente, y a otra tanta seguir intentando lo que una vez consiguió, ser alguien no siendo nadie.