La Jungla

El increíble mundo del buffet libre y la fauna que lo habita

En la Jungla. Los buffet libre forman parte de un universo paralelo donde el estómago se expande hasta límites insospechados. Y lo habita una "fauna" que es fácilmente reconocible.

Iván Linares

No creo que exista alguien que no haya entrado alguna vez en un buffet libre. Desde los restaurantes de este tipo que tienen los hoteles a los locales dedicados específicamente a la alimentación al por mayor. Son un paraíso al entrar y un infierno cuando has repetido tres veces el segundo plato. Especialmente a la hora de salir, se han visto hipopótamos con andares más gráciles. Pero, más allá de explicar cómo es un buffet libre, hoy quiero adentrarme en las personas que uno se encuentra en este tipo de establecimientos. No falla, los patrones suelen ser los mismos.

La comida pasó de la nutrición por supervivencia a convertirse en un placer; que desencadena en adicción si no sabemos controlar los impulsos.

A todos nos gusta comer y cebarnos con lo que más nos gusta. Está claro que no solemos hacerlo a diario, por lo que entrar a un buffet libre es como dar carta blanca a nuestro ansia. Con independencia de la calidad y número de platos del buffet: resulta inevitable sentirse como Homer Simpson en una tienda de Donuts.

Todos sufrimos el impulso de hincharnos de algo concreto, de repetir del plato que justo vuela a los pocos minutos de reabastecerse y seguro que pocos escapan de una bandeja bien surtida de postres (soy culpable). ¿Te reconoces en alguno de los siguientes patrones? Así es la "fauna habitual" de un buffet libre.

El ojo avizor

Los buffet libre son de mil tipos distintos. De desayuno, de comida italiana, los que apuestan por la comida oriental... Da igual su surtido, siempre hay una joya de la corona que desaparece a los pocos minutos. ¿Elegir otra cosa o esperar a que repongan? Hay comensales que parecen un águila vigilando la bandeja vacía mientras esperan al camarero para abalanzarse sobre su víctima. Sobre el camarero no, claro; aunque haría bien en desaparecer lo antes posible...

Reconocerás al ojo avizor porque más que comer lo único que hace es otear. Con la mirada fija, penetrante, esperando la comida como si le fuera la vida en ello. Es peligroso si se cruza con otros de su especie y no hay suficiente para todos.

El que se llena el plato como si volviera de la guerra

Lo reconocerás porque vuelve a su mesa con un plato lleno de todo tipo de viandas, a menudo con varios pisos de altura. Primeros, segundos, entremeses y hasta el postre: come más por los ojos que por el estómago. Y como te sientes a su lado no hará más que preguntarte: "¿Has probado esto? ¿Y esto otro?".

Una curiosidad de este personajes es que puede hacer un mapa mental del establecimiento con más exactitud que Google Maps. Pregúntale dónde están las patatas bravas, mejor que un GPS.

Los jubilados

El buffet libre es su hábitat natural. Suelen moverse en manada y controlan a la perfección tanto la cantidad de las distintas viandas como las horas en las que se renuevan los platos. Pregúntales qué es lo mejor del buffet, sus recomendaciones son oro.

Los niños

Al tener limitada su alimentación por los padres cuando los niños tienen la libertad de un buffet libre se comportan como si les regalaran la "licencia para tragar". De hecho la tienen; o deberían, eso ya dependerá de los padres.

Las patatas fritas vuelan a su lado, también los nuggets. Resulta habitual verlos merodeando por el dispensador de Coca-Cola y, sobre todo, por la zona de postres. La máquina de helado es un buen sitio para admirarlos en libertad. 

El que dice que come demasiado poco para ir al buffet libre y luego devora

No falla: siempre hay alguien del grupo que suelta una frase parecida cuando el resto planea ir a un restaurante de buffet libre. Es habitual que se queje y hasta que reniegue de los demás cuando se van levantando en busca de algo que comer. Pero no falla: al final es el que más zampa de todos.

Los que se empeñan en comer sano

Es fácil reconocerlos: revolotean por las bandejas con frutas y vegetales frescos cortados volviendo al plato con infinitas variedades de ensalada. Da lo mismo que los demás le recriminen lo poco que aprovecha el amplio surtido de comida: su respuesta siempre será la misma, "Hay que comer sano". Eso sí: babearán por dentro al pasar por la zona de las salchichas y los pasteles de chocolate.

El goloso

Invitar a este espécimen solo saldrá a cuenta si el restaurante dispone de una buena variedad de postres. Durante los primeros platos y segundos suele confundirse con los que comen poco: verás que elige la comida con tacto y en poca cantidad. Hasta que llegan los postres, momento en el que se desata la bestia.

Probará cada uno de los dulces y repetirá de los que más le gusten, a menudo hasta el nivel del coma diabético. Suele rematar su atracón con un café, siempre con sacarina.

El que come igual que si estuviera en casa

El buffet libre es una invitación a saltarnos las dietas y las imposiciones en alimentación de la vida diaria. Nos soltamos y repetimos de viandas con más calorías que unas patatas fritas en tocino sintiéndonos bien con nosotros mismos porque "Un día es un día". Pero hay personas que no varían su manera de comer ni siquiera en el templo del pecado calórico.

Los verás llenando su plato con una ración justa de primero y de segundo sin que hagan alarde en el tipo de alimento. No importa que haya una deconstrucción de tortilla o una elaboración de chef Michelín, este espécimen no saldrá de su plato de pasta y filete de segundo. De postre una pieza de fruta.

No importa de qué tipo seas ni a qué grupo pertenezcas, acude a los buffet libre con moderación y siempre manteniendo el máximo de respeto por la comida. Porque hay una cara amarga de estos establecimientos: gran parte de los alimentos acaba en la basura. Una verdadera lástima.