Del humor en prensa a las redes sociales

Por qué dejó de ser siempre certero El Roto para volverse una coletilla sobre el borreguismo

En la jungla. Ha sido la mitomanía lo que ha convertido al mítico viñetista en objeto de escarnio recurrente en las redes.

Uno de los montajes sobre el siempre certero El Roto.

Uno de los montajes sobre el siempre certero El Roto. Twitter

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El olimpo de los humoristas gráficos españoles está grabado en tinta negra. Bajo la plomiza censura franquista se consagraron los gigantes como Antonio Mingote, Chumi Chúmez y Gila, curtidos bajo el estandarte de revistas satíricas como Hermano Lobo y La Codorniz. Medio siglo después algunos siguen entre nosotros, firmando en prensa una viñeta diaria. Antonio Fraguas 'Forges', José María Pérez González 'Peridis' y Andrés Rábago García 'El Roto' desafían con su creatividad al tiempo con interpretaciones de la actualidad que nunca fallan, según sus incondicionales. Por inciertas que sean las épocas, ellos serán siempre certeros.

En algún momento El Roto se convirtió en emblema de esta cláusula de infalibilidad. Su estilo austero, rotundo y sentencioso era idóneo para complementar la coletilla: Siempre certero El Roto. No hacía falta más, las viñetas hablaban por solas. Con el advenimiento de Twitter el emparejamiento del refrán con la viñeta comienza a tomar categoría de meme, copiar y pegar.

Si acudimos a las redes sociales en los últimos tiempos, sin embargo, advertiremos un cambio radical de tendencia. 'Siempre certero El Roto' se ha convertido en un chiste recurrente y metanarrativo. Se buscan derivaciones burlonas del manido refrán y se le buscan dobles sentidos. El propio artista es objeto de críticas: se le acusa de repetitivo, poco inspirado, acomodaticio. Cuando carga en sus viñetas contra la digitalización, alumbra la hoguera de las acusaciones de 'tecnofobia'. Europa alerta de que la inestabilidad política en España puede provocar un aumento de viñetas de El Roto, bromea El Mundo Today.

El dibujante José Rubio Malagón, 'Malagón', es un gran 'rotiano'; "A veces, otras para nada" - confiesa. "A mi me gustan los juegos de palabras, mis malagonismos, algo que él no hace. Pero eso es el humor, hacer acopio". ¡Cabreaos!, publicado en 2013 al calor de la indignación, es su obra en la que la influencia de El Roto se percibe más intensamente. No es casualidad: considera que la crisis convirtió al viñetista de El País en catalizador de un estado de ánimo nacional.

"A partir de 2008, cuando llegó el mayor golpe, muchos vieron en sus viñetas una voz y una referencia" - explica Malagón. El contexto era propicio: los temas de desigualdad, abuso y desamparo han sido la tónica de El Roto desde sus inicios. Lo que ocurrió, por lo tanto, es un redescubrimiento por parte del público de una propuesta que, por su parte, no se ha movido de su sitio durante décadas.

Malagón se muestra categórico a la hora de negar un descenso de calidad o relevancia en el trabajo diario de El Roto, que define como "monástico". Los humoristas, como cualquier otros profesional, tienen "días mejores y peores. Lo que cuenta es la media. Y él la tiene alta". Entrando en la materia de su puntería, concede: "No siempre es acertado, pero ninguno lo somos. Los chistes no siempre dependen de tu capacidad creativa sino también de cómo lo recibe la audiencia". Y precisamente ahí es dónde se encuentran los indicios del agotamiento del mito de El Roto; no tanto entre sus detractores como entre sus incondicionales.

"Un dios puede tener fieles idiotas"

"Algunos cuelgan la viñeta de El Roto como si fuera la Biblia. Incondicionalmente, cada día, sin pensar. Y como a la Biblia, llega el momento en el que se la cuestiona". Así se expresa Guillermo Torres, 'Guillermo', sobre el fenómeno: Siempre certero El Roto ha terminado por volverse cargante por culpa de "papanatas que lo repiten sin pensar. Como diciendo, ¡Qué aldabonazo!".

"El Roto es un tótem. Para algunos es un dios, o por lo menos el papa de su Iglesia. Y para llegar ahí hay que ser muy bueno durante mucho tiempo, como Forges". La virtud del trabajo de El Roto, asegura, "es hacer creer a quién lo lee que es inteligente". De esa asociación sale el 'postureo' de revindicarle mecánicamente. "Un dios puede tener seguidores idiotas" - sentencia Guillermo.

La corrupción de la fórmula siempre certero El Roto viene precisamente del abuso de sus fans, no del propio dibujante. Son ellos quienes le han convertido en "caricatura", según Guillermo. "Me tienen aburrido. En cada conferencia que doy hay uno que me pregunta: ¿Qué le ha parecido el chiste de El Roto de hoy?Buenísimo, ¿verdad?, dándote la respuesta. Y yo contesto: Pues sería más divertido si diera un nombre".

Ese es un reproche que Guillermo tiene que hacerle a El Roto. "Nunca da nombres, nunca señala. Critica generalidades, como la pobreza, el hambre o la guerra". Si vemos rostros reconocibles en la obra de El Roto son de figuras universalmente reprobadas, como en estos días Donald Trump. Para Guillermo, indica cierto nivel de conformismo. "Tiene su nicho, igual que el lector de El País: la progresía felipista... ten en cuenta que le invitan a tomar el té en Zarzuela..."

Hay un incidente en el coinciden las biografías de ambos. En 2007 el juez Juan del Olmo ordenó secuestrar los ejemplares de la revista El Jueves por la portada que Guillermo y Manel Fontdevila firmaban, y que mostraba a los Príncipes de Asturias manteniendo relaciones sexuales. Los humoristas fueron imputados. El Roto se manifestó en defensa de la libertad de expresión, pero añadió que el chiste había sido "zafio". "Tuvo que poner la coletilla..." lamenta Guillermo. "Es como decir que no tienes nada en contra de los negros pero no quieres que tu hija salga con uno".

"El cliente manda"

En plena deconstrucción del mito de El Roto, el ilustrador Puño planteó un experimento en Twitter. Mostró varias de la viñetas invitando a descubrir qué había modificado. La respuesta eran los diálogos, los "famosos aldabonazos" que, según denunciaba, son intercambiables. Con ello señalaba una fórmula repetitiva ad nauseam

¿Tiene parte en la caída de El Roto que su estilo haya quedado anticuado ante la vorágine de humor amateur, con sus chistes, zascas y memes, en los que vivimos inmersos gracias a las redes sociales? "Los nuevos creadores buscan nuevos códigos" - considera Malagón. "A lo mejor el estilo de El Roto les parece muy viejo, pero está muy lejos de estar pasado de moda. No se apoya en el dibujo porque da prioridad al texto". 

El dibujante no niega, sin embargo, que la digitalización ha cambiado la forma de hacer humor. "Nos tenemos que ir actualizando como los móviles", bromea. "Tienes una idea y alguien en Twitter ya te la ha pisado. Pero son las reglas del juego, y la Red es lo bastante grande para todos" - continúa. "La clave para mantener un estilo es del cliente"; es decir, del medio que mantiene el contrato para tu viñeta diaria.

Guillermo se muestra de acuerdo: sin el blindaje de la prensa, el viñetista de hoy en día vive inmerso en una espiral de competición y retroalimentación. "Fíjate en Máximo, salió de El País y entró en ABC, pero no funcionó... Hoy en día todo el mundo está vacunado y sobresaturado de humor. Me tiro un hora buscando en Twitter si alguien me ha pisado la idea. Y hay gente muy buena, que te hace sentir viejo y torpe.". 

El Roto, por lo tanto, tiene el privilegio de ser el superviviente de algo más que una época: es uno de los últimos exponentes de un modelo editorial que va desapareciendo al paso de la prensa escrita, el del satirista que trabaja para que al día siguiente sus lectores expectantes descorran las páginas para descubrir su última creación. Es el camino al olimpo de los humoristas gráficos, pero no es el único, según Guillermo. "Para mí, el ejemplo es Chumi Chúmez. Mantuvo hasta el final su estilo, y es tan resbaladizo que no ha dejado Iglesia".