DELINCUENCIA

La otra víctima infantil que ayudó a descubrir al presunto asesino de Yéremi

Este niño acusó en 2012 a Antonio Ojeda de haber abusado de él en la chabola en la que vivía. El testimonio del pequeño es clave en el caso Yéremi Vargas.

La otra víctima que ayudó a descubrir al presunto asesino de Yéremi

La otra víctima que ayudó a descubrir al presunto asesino de Yéremi

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[Había una silla, un colchón tirado sobre la tierra y un perro]

Corría mediados de 2012 cuando aquel hombre desarrapado de barba rojiza y gorra azul, se acercó al pequeño J. y le dijo: “Sígueme, voy a regalarte una bicicleta”. El niño, de 9 años, jugaba en un parque de su barrio junto a varios amigos. Dejó el entretenimiento y empezó a caminar detrás de aquel desconocido.

Anduvieron juntos cerca de un kilómetro. Cuando llegaron al barranco de Tirajana, una zona deshabitada y alejada de la barriada Centro Viejo, en Vecindario (Gran Canaria), el chico se asustó y trató de huir a la carrera. Pero no hubo forma. El hombre lo agarró fuerte de la ropa y de los brazos, y lo arrastró 200 metros más hasta su chabola de los horrores.

Allí aquel hombre se acomodó en una silla, maniató con una cuerda a J. y le bajó los pantalones y los calzoncillos. Luego, abusó del menor mientras con ambas manos lo sujetaba de los huesos de las caderas. Le dejó señalados los dedos en forma de moratones. Sorprendentemente, al cabo de un rato lo dejó marchar.

Juan Rubio, con su inconfundible gorra azul, es el presunto abusador de J.

Juan Rubio, con su inconfundible gorra azul, es el presunto abusador de J.

En aquel lugar rodeado de la nada, en mitad de un habitáculo levantado con maderas y hierros recogidos de la calle, J. sólo alcanzó a ver una silla, un colchón tirado sobre la tierra y un perro que admiraba la escena de su depravado amo. El pánico, las lágrimas, las ganas de correr y de alejarse de allí no le permitieron reconocer mucho más.

El chico se lo contó a su madre cerca de un mes después. Antes, varios amigos de J. se lo habían adelantado a la mujer y ella fue quien le preguntó a su hijo: “¿Es verdad lo que me dicen, cariño?”. El pequeño, llorando, reconoció todo aquello y le narró lo vivido. Inmediatamente, la madre, Marisa, denunció en la Guardia Civil. Lo hizo el 20 de julio de 2012.

Marisa, la madre de J., muestra la denuncia puesta contra Antonio Ojeda en 2012.

Marisa, la madre de J., muestra la denuncia puesta contra Antonio Ojeda en 2012.

Hoy, con el agresor de J. en prisión preventiva desde marzo de 2015 a la espera de juicio, el testimonio de este chaval es clave para cerrar uno de los casos que más ha conmovido a la ciudadanía española, el de Yéremi Vargas, el niño canario de sieteaños del que nada se sabe desde 2007.

Alguien se lo llevó del descampado en el que jugaba con dos primos junto a la casa de sus abuelos, en la calle Honduras de Vecindario. Desde entonces, su familia y la Guardia Civil han movido cielo y tierra tratando de encontrarlo. Pero ni rastro. La única certeza hasta el momento es que el niño no ha salido de la isla.

Los investigadores piensan que aquel hombre de barba rubia y gorra azul que presuntamente abusó de J. es el mismo que antes secuestró y mató a Yéremy, hace ya nueve años. Tiene 56 años y se llama Antonio Ojeda, aunque en el sureste de la isla todos lo conocen como Juan El Rubio, el chatarrero “borracho”, “drogadicto” y “depravado” que pegaba a su madre, la difunta Antoñita Bordón. “Ella sí que era buena”, dice Catalina, una anciana que la conoció.

Probablemente, sin el testimonio de J. la Guardia Civil no habría encontrado la conexión con el caso de Yéremy Vargas. En sus declaraciones posteriores a la denuncia de su madre, J. siempre dijo que el señor que los agentes le mostraban en foto -Antonio Ojeda- fue su agresor. Nunca tuvo dudas. Era el mismo al que ya detuvieron al poco de la desaparición de Yéremi, aunque quedó en libertad porque los investigadores no encontraron indicios suficientes para incriminarlo.

La investigación abierta sobre Antonio Ojeda se encuentra bajo secreto de sumario. Mientras, El Rubio está preso en la penitenciaría de Botafuegos, en Algeciras (Cádiz). Allí está aislado para evitar la furia de sus compañeros.

Pese a que en 2014 se presentó en la Guardia Civil diciendo que tenía información que aportar al ‘caso Yéremi’, ahora no admite ninguno de los hechos que se le imputan. Sin embargo, gracias a algunos errores cometidos durante aquella comparecencia voluntaria ante la Benemérita -tras la que los agentes volvieron a sospechar de él- unido a algunos comentarios hechos en prisión a compañeros de módulo, los investigadores piensan que están muy cerca de cerrar dos casos a la vez.

Además de poseer el relato de J., el Instituto Armado ya sabe que el Renault 5 blanco que había aparcado el día de la desaparición de Yéremi junto a la casa de sus abuelos, aquel 10 de marzo de 2007, le pertenecía a él, al hombre que, cinco años después, habría desnudado a J. para abusar del chico. Se piensa que usó el vehículo para llevarse a Yéremi a algún lugar todavía desconocido.

Ahora ya no tiene sentido que, cuando Antonio fue a la Guardia Civil en 2014, dijera que había sido testigo de cómo una de sus tías subía al niño en un coche a unos 150 metros del descampado en el que el pequeño jugaba con sus primos. Ese mismo relato lo repitió poco después en una entrevista concedida a Antena 3.

La Benemérita piensa que, precisamente, dijo aquello para dirigir el foco de la investigación hacia otros. Pero los agentes llevaban años siguiéndole el rastro. Los días inmediatos al rapto de Yéremi hubo en torno a 60 llamadas de vecinos, 15 de ellas diciendo que habían visto aparcado durante unos minutos un Renault 5 de color blanco a unos quince metros de la casa de los abuelos del pequeño. Su propietario era El Rubio.

HIJO DE TOMATEROS, CHATARRERO CONFLICTIVO

El ahora detenido se instaló en la barriada Casco Viejo de Vecindario tras vivir durante años en un piso a sólo 100 metros de la casa de los abuelos de Yéremi. Allí, muchos vecinos aseguran al periodista que lo vieron siempre merodear los parques, aunque nunca sospecharon de él.

Sin embargo, al poco de la desaparición del niño, el hombre, que se ganaba la vida recogiendo chatarra por las calles, se trasladó a Casco Viejo, donde vivió en distintas casas de alquiler y en otra que se la cedió durante un tiempo un empresario de la construcción que él conocía.

Cuando lo echaron de esta vivienda, se levantó una chabola en el barranco de Tirajana, una extensión alejada en torno a un kilómetro del pueblo, donde hay una veintena de parcelas cuyos propietarios tienen pequeños huertos, animales de granja, perros… Pero nadie habitaba, hasta la llegada de El Rubio.

Chabola en la que presuntamente abusó El Rubio de J.

Chabola en la que presuntamente abusó El Rubio de J.

A mitad de mañana de este jueves los bares de esta barriada están a rebosar de jubilados y de parados que conocían a Antonio Ojeda. En un local que tiene el mismo nombre que el barrio, los fieles a la copa de chinchón y a las cervezas tempraneras cuentan quién es el acusado de haber abusado de un niño y de haber secuestrado y matado a otro, además de haber agredido con violencia a una ex pareja en 2005 y también a un policía en 1988.

Juan El Rubio nació en el seno de una familia canaria formada por Tomasito Ojeda y Antoñita Bordón. El matrimonio, tomateros de la zona, siempre se dedicaron a la agricultura. Fallecieron hace años. Tuvieron cuatro hijos, todos varones: Antonio, Tomás, Santiago y Ramón.

“Muchacho, el tipo es un cabrón –dice Ignacio mientras apura su tercio-. Traía loco a la camarera, Leyanis, a base de soltarle guarrerías. Hasta que la chica le dijo que aquí no entraba más. Fue hace ya unos cuantos años. Además, siempre venía hasta arriba de droga y de alcohol, con lo que discutía y armaba jaleo con todo el mundo”.

Catalina, una vecina del bar Casco Viejo, dice que la madre era una “bendita persona, buenísima”, pero que dos de sus hijos, Antonio y Santiago, fueron “su perdición”. El primero, desde que era un adolescente, le pegaba. El otro, ya de adulto, pasó por la cárcel tras violar a su propia hija. Años después murió sepultado al derrumbarse el techo de la “choza” en la que malvivía.

En la cafetería La Mina todo el mundo habla pestes de Juan El Rubio, un mote que nadie sabe explicar de dónde le vino. La camarera, una mujer de unos 40 años que prefiere que no se refleje su nombre, dice que ella también le impidió acercarse a su local hace cuatro años. “Es un enfermo mental”, afirma encendida. “Me dijo las guarrerías más obscenas que se le pueden decir a una mujer. Era una depravado”.

Durante los últimos cinco o seis años, a El Rubio siempre se le veía montado en una bicicleta con un morral a la espalda. Se había deshecho de los dos coches que llegó a conducir, una furgoneta Nissan Vanette y un Renault 5. Recorría Vecindario pedaleando y recogiendo la chatarra que encontraba por las calles.

Fachada de la vivienda de los abuelos de Yéremi Vargas, con carteles con su foto.

Fachada de la vivienda de los abuelos de Yéremi Vargas, con carteles con su foto.

Luego, la solía llevar hasta una planta de reciclaje del polígono Arinaga. Un empleado de la empresa explica que solía ir un par de veces a la semana con hierro, cobre o alguna batería usada que le regalaban en talleres mecánicos. Se llevaba entre 20 y 30 euros cada vez. “Llevaba un año y medio sin venir –dice el hombre-. ¡Chico, cuando el otro día vi su cara en la televisión, me quedé a cuadros!”.

“OJALÁ ESA FAMILIA DESCANSE”

El pequeño Jéremy Vargas desapareció el 10 de marzo de 2007. Un sábado. Ese mismo día su abuelo José celebraba su cumpleaños. Cuando rondaban las 13.30 horas, la abuela del niño, Herminia, llamó a sus tres nietos para que entraran a la casa a almorzar. Tras hacerse los remolones entre juego y juego, al quinto aviso sólo dos de ellos acudieron a la llamada. Aarón, de nueve años, y José Alexis, de cinco, subieron a la casa de la abuela. El tercer primo, Yéremi, jamás volvió a aparecer.

Cuando Herminia se volvió a asomar por la ventana, desde la que veía el solar en el que sus nietos jugaban a diario, sólo encontró silencio. Cerca de allí se toparía luego con el cubo amarillo con el había estado haciendo castillos de arena durante toda esa mañana Yéremi, aquel niño de pelo rubio y ojos claros bajo unas gafas de montura verde al que nunca más se le ha vuelto a ver.

“Ojalá la denuncia que puse pueda servir para que esa familia descanse”, decía este jueves Marisa, la madre del niño. EL ESPAÑOL entra a la vivienda en la que reside el chico sobre el que, presuntamente, El Rubio abusó en 2012. Su testimonio es vital para la Guardia Civil. Ante el periodista se muestra esquivo, reacio a contar su historia. Es la madre quien le ayuda a hacerlo.

J. llegó a Vecindario a principios de 2012 junto a su madre, sus abuelos y sus cinco hermanos. Venían de Santander, donde nacieron, tras un breve paso por Algeciras –curiosamente-, donde ahora está el presunto agresor. Aquí se instalaron en una casa del barrio Casco Viejo, una zona que, pese a mudarse a su chabola, El Rubio aún merodeaba. Una tarde, el chico cayó en el señuelo que el chatarrero le puso ilusionándolo con una bicicleta.

Desde entonces, el chaval, que ahora tiene 13 años, “no es el mismo”, explica su madre mientras muestra fotos de su infancia junto a sus hermanos. “Se ha vuelto agresivo, introvertido. Apenas quiere salir y no tiene muchos amigos. Antes no era así”.

Su hijo está yendo a psicólogos desde que le sucedió aquello. También ella, que incluso toma ansiolíticos para poder conciliar el sueño y relajarse. “Tengo miedo”, dice Marisa, quien nunca pensó que el detenido pudiera tener relación con la desaparición de Yéremi hasta que esta semana lo vio por televisión.

“Quiero llamar a su madre [Ithaisa] y a sus abuelos. Seré muy feliz si por mi denuncia ese hombre pasa muchos años en prisión. Mi hijo pudo salir vivo después de estar con ese monstruo, aunque supongo que Yéremi no”. Tendrá fácil conocer a la familia del desaparecido. Ahora Marisa vive a kilómetro y medio de la casa de los abuelos del niño después de trasladarse a otra vivienda para “cambiar de aires”.

La calle Honduras de Vecindario se ha convertido en un plató improvisado esta semana. Por el portón de la casa donde vivía Yéremi han pasado en los últimos días periodistas y camarógrafos de televisión de muchos canales nacionales, locales e incluso extranjeros.

Cuando el reportero visita la vivienda, la madre del niño se encuentra en el ambulatorio. “Ha ido a pedir la baja laboral y a que le receten algo para la ansiedad. Desde que se supo que había un detenido, no ha podido romper a llorar”, explica José, el padre de Ithaisa, en el comedor de su vivienda.

José, el abuelo de Yéremi Vargas, sosteniendo una foto de su nieto.

José, el abuelo de Yéremi Vargas, sosteniendo una foto de su nieto.

“Estamos destrozados. Aunque tenemos la esperanza de que aparezca vivo el niño, sabemos que es muy difícil. Llevamos nueve años de lucha continua para tratar de dar con quien nos lo quitó. Ahora que parece que todo está atado y que es ese malnacido, nos hemos venido abajo”, explica el hombre.

UNA TURBA QUISO APALEARLO

Desde agosto de 2015, el sospechoso de la desaparición de Yéremi Vargas se encuentra en la cárcel algecireña de Botafuegos. Instituciones Penitenciarias lo trasladó por motivos de seguridad desde la prisión de Gran Canaria -donde ingresó en marzo- hasta tierras gaditanas. Se pretendía velar por la vida y la integridad del reo ya que un presunto abusador de niños no goza de buena reputación entre los presos comunes.

A Algeciras llegó tras un breve paso por una de las tres cárceles de El Puerto de Santa María, también en Cádiz. Primero, en Botafuegos estuvo en un módulo junto a extranjeros, principalmente de habla árabe. Se quería que, con la diferencia de idioma, apenas pudiera contar algo acerca de su vida y de su llegada a prisión. Más tarde, la dirección del centro lo trasladó al módulo ocho.

Pero el par de visitas de la Guardia Civil en los últimos 15 días levantó las alarmas entre sus compañeros. Algún avispado debió de enterarse del motivo por el que Antonio se encontraba en prisión preventiva y lo contó al resto de prisioneros del módulo. Primero, un recluso le golpeó en la cara. Probablemente, le propinó un puñetazo. Él, cuando los funcionarios de prisión le preguntaron cómo se había hecho aquel moratón, le quitó hierro al asunto. “He debido darme un golpe”, les explicó.

Pero a principios de esta semana, en una de las salidas al patio, “medio módulo” quiso darle una paliza. Sólo la rápida intervención de varios funcionarios de prisiones de Botafuegos impidió que una turba se ensañara con Antonio Ojeda. Desde entonces, el preso canario se encuentra aislado en una celda individual del módulo de ingresos de la cárcel algecireña. Ahora sale al patio solo, sin otros presos, aunque va acompañado de varios miembros de seguridad del centro penitenciario.

A la Guardia Civil siempre le ha negado los hechos de los que le acusan, pese a que el juez le imputa los delitos de detención ilegal y homicidio de Yéremi Vargas. “Se hace el sueco y va diciendo que le quieren meter a él lo de ese niño”, explican fuentes de la propia prisión de Algeciras.

Pero como explica el abuelo del pequeño desaparecido, la Guardia Civil cree que la investigación está muy avanzada y que se podrá demostrar que El Rubio fue el hombre que en sólo cinco años raptó a un niño y abusó sexualmente de otro.

Si finalmente se cierran ambos casos, aquella imagen relatada a su madre por J. en la que había una silla, un colchón tirado sobre la tierra y un perro habrá servido para que las heridas de los familiares de Yéremi dejen de sangrar como lo hacían hasta el momento.