Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo.

Juan Carlos I, Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo.

Las preguntas de la semana

¿Cuando en España todos éramos vírgenes y el rey no tenía Ferraris?

4 junio, 2017 02:55

Sí. Vírgenes, puros, castos, inmaculados, impenetrables, limpios… de corrupción. A escasos días de que se cumpla el 40 aniversario de aquella jornada en que, sin saberlo, comenzamos a perder la inocencia, la lupa con un millón de aumentos se ha posado de nuevo sobre el gran problema que asuela España: la corrupción. Hasta el fiscal jefe “antieso”, Manuel Moix, ha tenido que dimitir al descubrirse que poseía una cuenta offshore en Panamá, ocultando una herencia de su padre.

-Doctor, ¿qué nos pasa? ¿Estamos enfermos? ¿Acaso de corrupción?

-No. La enfermedad se encuentra en estado más avanzado.

-¿Sí? ¿En qué fase?

-Más que de corrupción hay que hablar de putrefacción. Si no se actúa pronto y se corta por lo sano, como sucede en cualquier proceso químico y biológico de una materia viva se entrará en el estado irreversible de la descomposición.

Este diálogo imaginario entre un español y su médico del alma podría parecer una exageración, propia del articulista que ha de llenar una pantalla en blanco y tira por lo fácil: la alarma social. Pero no. El 'caso Moix' debería haber puesto el termómetro de la salud moral del país en 40 grados. Y no ha sido así. Se ha solucionado con una dimisión, cayó un peón, se pondrá a otro y vuelta a empezar.

La cuestión no es baladí: resulta que el Ministerio de Justicia puso al zorro a cuidar el gallinero sin que el mismo animal tuviera conciencia moral, al parecer, de que poseer una cuenta en un paraíso fiscal anulaba al fiscal -valga la alevosa redundancia- para cumplir con su función anticorrupción de manera implacable y ejemplar.

¿Cómo hemos llegado a este punto de descarnado descaro y de sinvergonzonería política nacional sólo 40 años después de aquellas primeras elecciones democráticas celebradas el 15 de junio de 1977? Hojeas los periódicos de esos días y, con la perspectiva de lo sucedido, te transportan a una especie de cándido cuento infantil: Caperucita éramos los inocentes españoles deseosos de disfrutar de la libertad en el frondoso bosque de la democracia, con un voto en cada cestita, mientras el lobo feroz era Franco, pese a llevar casi dos años muerto y enterrado bajo una losa de tres toneladas en el Valle de los Caídos. Mientras, el carnívoro verdadero, el silencioso monstruo desvirgador de ciudadanos honrados, se movía cauteloso con sus patas esponjosas y no aparecía en el guion.

La campaña electoral del 15-J comenzó tres semanas antes, el 24 de mayo. Es difícil, por no decir imposible, encontrar una sola referencia a la susodicha corrupción. En la última jornada de campaña electoral, el martes 14 de junio de 1977 –aún no existía el absurdo día de reflexión- los líderes de los principales partidos políticos prometían el cambio político y social pacífico. Nadie se refería al apestoso juego sucio económico que, invisible, se cernía sobre el futuro de España.

Adolfo Suárez, el candidato de UCD, admitía en televisión que en su partido había personas procedentes del régimen franquista, como él mismo, y otras de la oposición democrática. Carrillo, el líder comunista, ponía el acento en la libertad: “No queremos, siquiera, nuestra dictadura”. Tierno Galván, del Partido Socialista Popular, prometía sentido común. Felipe González anunciaba que su partido, el PSOE, cambiaría la sociedad y que España sería gobernaba por el pueblo y para el pueblo, con un país más justo, más libre y más igualitario.

Fraga, que unos días antes se había quitado la chaqueta y había perseguido puños en alto a los boicoteadores de un mitin en Lugo, alertaba de que los dos grandes enemigos de España eran “el marxismo y el separatismo”. Finalmente, el Podemos de aquel momento, el Frente Democrático de Izquierdas, no hablaba de revolución, sino, muy al contrario, imponía en su intervención el tono positivo y conciliador de aquella campaña virginal: “Todos tienen derecho a hablar, pero hay que prevenirse ante los que proceden del pasado”.

Cuarenta años después, de la emoción pasamos a la decepción y de la corrupción, representada ahora por el Partido Popular de Mariano Rajoy, estamos en vías de alcanzar la descomposición del sistema.

¿Pero es Mariano Rajoy el culpable y responsable único del deterioro insoportable al que se ha llegado en la vida política española o todo obedece a un proceso natural perfectamente descrito en la Tafonomía, la ciencia que estudia la descomposición de lo que una vez estuvo vivo y ha muerto irremisiblemente por más que se resista? ¿Tan viva entonces y ahora tan muerta como nuestra transición política?

Adolfo Suárez en Cebreros durante la campaña electoral de 1977

Adolfo Suárez en Cebreros durante la campaña electoral de 1977 Efe

La tafonomía habla de cinco fases en el proceso de descomposición de los seres muertos. Cinco fases que son identificables a través de episodios políticos vividos durante estos 40 años.

Primer paso: Fresco. Comienza cuando el corazón deja de latir. Eso fue lo que sucedió con el golpe del 23-F de 1981. El corazón del país dejó de latir durante 24 horas. Después de aquello, del rey a políticos como Jordi Pujol comenzaron a pensar en su situación personal y económica porque, en cualquier momento, el sueño democrático podía acabar. Don Juan Carlos acumuló millones -¿dónde estarán?- y Ferraris que ahora se subastan, y Pujol multiplicó milagrosamente la herencia de su padre Florencio.

Segundo y tercer paso: Hinchado y Putrefacción. Acumulación de gases como el metano (de dinero) y pérdida de masa (de valores). Es lo que sucedió durante el largo periódico de gobierno de Felipe González, de 1982 a 1996, con escándalos de corrupción como Filesa, el caso Kio, Ibercorp, los hermanos Guerra o Roldán y los fondos reservados.

Cuarto y quinto paso: Putrefacción Avanzada y Seco de restos. Alrededor del organismo cadavérico surgen nuevos elementos nutridos por la descomposición. Así sucedió durante los gobiernos de Aznar y luego hemos visto en su plenitud en la era Rajoy, con casos como Gürtel, Bárcenas y la financiación ilegal del PP, Lezo o los EREs de la Andalucía socialista.  

Lo que la política estropeó, la política tiene que solucionar. Por eso, la regeneración absoluta del PP resulta inevitable, el socialista Pedro Sánchez ha ganado apoyado por la militancia del PSOE y cree que no tendrá que enfrentarse a un Rajoy defenestrado, Albert Rivera sueña con ser Macron, y debe serlo, y Pablo Iglesias cree que puede.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Efe

Algo hay que hacer sin dilación. Y si escribes este artículo desde México, como me sucede hoy a mí, entiendes más aún la urgencia de ser expeditivos contra la corrupción. Si somos contemplativos y conniventes, podría sucedernos como aquí: muchos políticos no sólo reciben dinero ilegal sino que, a plena luz, dan 500 pesos a ciudadanos para asegurarse sus votos a través de comités llamados de Gestión social por la Atención y Respeto de los Derechos del Pueblo como los del PRI.

¿EL PROCTÓLOGO DE LA CASA BLANCA?

El presidente de EEUU, Donald Trump.

El presidente de EEUU, Donald Trump. Reuters

Sí. El inquilino de la Avenida de Pennsylvania en Washington continúa dando trumpazos y el mundo entero descubre que los estadounidenses no eligieron a un presidente sino a un proctólogo –con perdón para estos grandes profesionales- que mete el dedo donde quiere y no debe. El último trumpazo de Trump ha sido contra el Acuerdo de París por el cambio climático. El mundo está desordenado, revuelto y loco como el tiempo. Los malos vientos ponen cada día más al descubierto que el flequillo del presidente de Estados Unidos sirve para esconder un cráneo vacío, como lo ilustraba un dibujante del diario Reforma. La cabeza de Trump no se puede deteriorar más porque dentro no tiene nada, salvo un descabellado egoísmo color zanahoria.

Ilustración: Javier Muñoz

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