La tribuna

El mar en la sangre

José Blasco del Álamo
Jesus Cisneros

Ilustración

  1. Opinión
  2. Cristóbal Colón
  3. Descubrimiento de América
  4. Día de la Hispanidad
  5. Juan Carlos I

En su primer viaje a las Indias, acompañó a Cristóbal Colón un intérprete que sabía griego, latín, caldeo y hebreo. En nuestro siglo, la pregunta ya no sería qué idioma hablaban los indígenas, sino cuál era la lengua de Colón: según explica Menéndez Pidal, hasta los veinticino años habló el dialecto genovés. Luego “aprendió el español dentro del ambiente lingüístico que se respiraba en Portugal cuando allí dominaba la moda castellanizante iniciada por el Infante don Pedro”. Así, decía “falar” por “hablar”, “obe” por “hubo”...

Casado con la aristócrata lusa Doña Felipa, también hablaba portugués, aunque, al parecer, no lo escribía. Sólo aprendió a escribir un español aportuguesado (que después purificaría ligeramente en Castilla) y el latín. De todos estos idiomas, pensaba y escribía habitualmente en nuestra lengua. Una de las pruebas que aduce Menéndez Pidal es que, cuando el almirante leía la Historia de Plinio, tradocta per Christoforo Landino, en los márgenes, escribía en español las mismas palabras italianas del libro.

Cuando Nebrija publica su 'Gramática', tenía en su pensamiento el Nuevo Mundo y quería expandir el español

1492 también es el año que se imprime la Gramática de la lengua castellana, de Nebrija, que tenía en su pensamiento el Nuevo Mundo que estaba a punto de ser descubierto y, por consiguiente, quería fijar y expandir el español (como era sevillano, quiso darle una orientación andaluza, aunque al final se impondría la castellana).

En Salamanca, cuando Nebrija le presentó la Gramática a Isabel la Católica, esta le preguntó “para qué podía aprovechar”. Respondió el obispo de Ávila: “Después que Vuestra Alteza meta debajo de su yugo muchos pueblos bárbaros y naciones de peregrinas lenguas, y con el vencimiento aquéllos tengan necesidad de recibir las leyes que el vencedor pone al vencido, y con ellas nuestra lengua, entonces por esta arte gramatical podrán venir en el conocimiento de ella”.

Colón estaba convencido de que más allá del Atlántico había un atajo para llegar al Oriente de las especias

Colón estaba convencido de que más allá del Atlántico no había dragones ni abismos, sino un atajo para llegar al mítico Oriente de las especias que permitiría acabar con el predominio marítimo del islam. Cuando el agua muestra a las tres carabelas hierbas flotantes, y el cielo exóticas aves, saben que están a punto de llegar a su destino. Les esperan palabras nuevas: “Tomate”, “patata”… que van a empezar el mestizaje con “¡Tierra!”, gritada por Rodrigo de Triana.

En la estación del Rossio de Lisboa, en un vagón de primera clase, un niño rubio de diez años espera a que salga el Lusitania-Express. Tiene una mirada tristísima que le acompañará toda su vida, a pesar de su tendencia a la sonrisa. La lluvia ha empañado aún más esa mirada. Juanito no ha estado nunca en España. Así como Colón creía haber descubierto el paraíso, Juanito llegaba a una tierra muy árida —hacía meses que no llovía en Extremadura—: “¿Toda España es así?”.

Colón tardó en convencer a los Reyes Católicos, y a Juan Carlos le costó mucho convencer a los españoles

Sin embargo, para el padre de Juanito nuestro país era el paraíso perdido. El niño venía a estudiar y a ser estudiado por Franco. Mucho tiempo después, ya convertido en rey, le contaría a José Luis de Villalonga: “Cuando el Lusitania-Express entró en Extremadura me obsesionaba esta idea: la España que desfilaba ante mis ojos, ¿era la España de la que me hablaba mi padre…? Cuando ya hacía años que yo estudiaba en Madrid y que mi padre se consumía en Estoril, nuestras relaciones fueron a veces difíciles, porque cuando me hablaba de España lo hacía de una España que formaba parte de su memoria histórica, de su nostalgia, una España convertida en un sueño”.

La España de Don Juan sería eternamente la España de su infancia y juventud, del mismo modo que Colón confundía las Indias soñadas con América. Y si a Colón le costó siete años convencer a los Reyes Católicos, al príncipe Juan Carlos le costó lo suyo convencer a los españoles de que podía ser un gran rey: “En un pueblo, cerca de Valladolid, hubo gente que nos arrojó patatas cuando pasamos frente a ellos en coche. El ministro de Agricultura estaba horrorizado: ‘Cálmese, señor ministro, a quien las tiran es a mí, no a usted’”; y en Valencia, unos tomates que iban dirigidos al príncipe, acabaron manchando al capitán general de la región.

Los primeros académicos tenían como objetivo que España dialogara con Europa; los últimos, con América

Don Juan Carlos ha sido el primer rey de España que ha pisado tierra americana. Cuando viajó por vez primera a Costa Rica, las palabras de bienvenida del presidente fueron: “Hace cuatrocientos años que esperábamos la visita del rey de España”. A García de la Concha, a la sazón director de la Real Academia Española de la Lengua, le dijo: “Yo sólo te voy a pedir una cosa, que te dediques a América. Allí está la fuerza del español, el porvenir del español. Hay que ir constantemente; conseguir que todas las Academias de la lengua vivan y actúen como una sola. Yo os ayudaré en todo”.

Si los primeros académicos de la Lengua tenían como objetivo que España dialogara con Europa, los últimos han seguido el consejo real en pos de la unidad de la lengua, respetando la diversidad dialectal: la RAE y las Academias americanas trabajan como iguales. Lo que rompieron los movimientos revolucionarios de principios del XIX, volvería a unirlo, siquiera simbólicamente, la saliva de la lengua común (a pesar de que, cuando se independizaron nuestras colonias, solamente hablaba español un tercio de los americanos, pues la Iglesia, siguiendo el mandato bíblico, había querido evangelizar en las lenguas vernáculas).

Los reyes modernos, al contrario de lo que ocurría antaño, delegan en manos de los sabios el poder de la lengua

En la Gramática de Nebrija había una dedicatoria a Isabel la Católica; terminaba así: “En su mano y poder el momento de la lengua”. Los reyes modernos, por el contrario, delegan en las manos de los sabios el poder de la lengua. Estos sabios son los que elaboraron los dos primeros volúmenes de la Nueva Gramática, aprobada en América y presentada en Madrid (después de que don Juan Carlos abrazara el primer ejemplar, el novelista Luis Landero comentó: “Nunca creí que se podría llorar en la presentación de una Gramática”).

“Llevo el mar en la sangre”, son palabras de don Juan Carlos que podría haber pronunciado Cristóbal Colón —en su español aportuguesado—. Colón no hubiese descubierto América si no hubiera aprendido español, de igual manera que don Juan Carlos no hubiese sido el rey que fue si su padre no le hubiera enviado a estudiar a Madrid: “¿Tú crees, José Luis, que yo hubiese podido hacer lo que he hecho en España si hubiera pasado toda mi juventud en Portugal o en Suiza y hubiese regresado a mi país hablando español con acento francés?”.

Tal vez la caída de Manuel de Prado y Colón de Carvajal fuera el inicio de la decadencia de Juan Carlos

Con el paso de los siglos, aparte del mar, una persona puso en contacto a Colón con don Juan Carlos: Manuel de Prado y Colón de Carvajal. Descendiente directo del almirante, también alto, idéntica tez colorada, aunque los ojos claros, en los años 60 entabló amistad con el futuro rey. En 1969 admiró la llegada del hombre a la luna en una nave espacial, el Apolo XI, que pesaba igual que La Niña: 40 toneladas. Presidente de Iberia y senador regio, divisó el abismo cuando conoció a Javier de la Rosa. Los ojos pálidos de Cristóbal especularon sobre los límites de la Mar Océana; a Manuel, los únicos paraísos que le tentaron fueron los fiscales. Tal vez su caída fuera el comienzo de la decadencia de don Juan Carlos.

En la Universidad de Alcalá de Henares, una de las nietas de la escritora mexicana Elena Poniatowska (galardonada con el Premio Cervantes), le preguntó al entonces rey por qué no llevaba puesta su corona: “La llevo doblada en el bolsillo”. Al año siguiente abdicaría, desoyendo el consejo del conde de Barcelona: “Tu abuelo tuvo que abandonar España, es cierto. Pero siguió siendo el rey hasta su muerte. Sabes, Juanito, un rey no debe abdicar jamás. No tiene derecho”.

En algún momento de su primer viaje a España en el tren que traía la democracia, aquel niño quizá se preguntara si era bonito ser rey. Esa misma pregunta se la haría, décadas después, Carmen, la nieta de Poniatowska, a aquel niño convertido casi en un anciano: “A veces”, respondió, aunque hablaba mejor a través de sus ojos tristísimos. 

*** José Blasco del Álamo es periodista y escritor.