La tribuna

Insatisfacción olímpica y televisada

Joseba Bonaut
Insatisfacción olímpica y televisada

Ilustración

Durante estos últimos días hemos podido disfrutar de la que es considerada la cita deportiva más relevante a nivel mundial: los Juegos Olímpicos. Lógicamente, en un evento de dimensión global, el público otorga gran importancia a la cobertura que realizan los medios de comunicación y, concretamente, a la atención prestada por la televisión.

Aunque nos encontremos en la era de Internet, la audiencia sigue dando prioridad o incluso mayor fiabilidad (por expresarlo de alguna manera) a la pequeña pantalla. En un mundo de múltiples fuentes informativas, el espectador todavía busca un relato que ratifique sus recuerdos en forma de imágenes y sonidos.

Esta necesidad de una “historia oficial” provoca una tendencia común cada cuatro años: la crítica destructiva a la cobertura televisiva realizada por RTVE.

La “cobertura olímpica” representa un gran esfuerzo económico y de infraestructura técnica y humana.

Partimos de la idea de que el ente público es y ha sido el principal y único narrador de las hazañas olímpicas en los últimos 52 años. Desde los Juegos Olímpicos de Tokio, en 1964, TVE ha retransmitido todos los eventos de manera continuada hasta la cita de Río 2016.

Para una televisión, realizar una cobertura de unos Juegos Olímpicos representa una gran oportunidad para fortalecer su imagen, también para desarrollar y presentar la última tecnología audiovisual, y en último lugar, pero no menos importante, para conseguir buenos índices de audiencia en un período en el que el público está más pendiente de sus vacaciones de lo que ocurre en la pequeña pantalla.

Por otro lado, la “cobertura olímpica” representa un gran esfuerzo económico y de infraestructura técnica y humana. Si tan solo tomamos las cifras de Río 2016, el ente público ha invertido más de 50 millones de euros y ha necesitado la colaboración y trabajo de más de 200 personas entre Brasil y España. Estas cifras son muy elevadas si tenemos en cuenta la situación de la radiotelevisión pública española pero, a su vez, están muy alejadas de los 1200 millones de dólares invertidos por la cadena estadounidense NBC.

El espectador quiere ver todo lo que considera importante, y esto es algo totalmente subjetivo.

Sin embargo, si repasamos la opinión de la audiencia norteamericana, podemos observar que no es todo una cuestión económica. Tanto en los Juegos Olímpicos de Londres en 2012, como los de Río en 2016, la NBC ha recibido feroces críticas frente al criterio utilizado en las retransmisiones. Las quejas más comunes se centraban en el exceso de publicidad y en la emisión de pocos deportes y muchas retransmisiones en diferido. De hecho, la insatisfacción se ha hecho hueco en la red social Twitter, con cuentas como @NBC_Fail que se dedica a recoger y criticar todos los fallos de la cobertura olímpica.

Con todo este contexto, y viendo que no solo es un fenómeno español, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué espera el espectador de una buena cobertura televisiva de los Juegos Olímpicos?

En primer lugar, el espectador quiere ver todo lo que considera importante. Esto es algo totalmente subjetivo, ya que en un cita con tantos deportes no existe un criterio que jerarquice entre una disciplina u otra. Este aspecto otorga la primera insatisfacción al espectador.

TVE ha cometido importantes errores, como por ejemplo equivocaciones con nombres de deportistas.

En segundo lugar, el televidente quiere ver lo que considera relevante en la televisión convencional. Aunque las cadenas se empeñen en decir que pueden verlo todo en Internet (y aquí la cobertura de RTVE ha sido excelente), el público desea ver las gestas deportivas en su emisora tradicional, aquella que le cuenta el relato “de verdad”. Esto es un fenómeno universal, sea la alternativa Internet o la recién estrenada realidad virtual.

En tercer lugar, el público quiere ver a los héroes deportivos. Y si son del propio país, pues mucho mejor. Este principio es complicado para una televisión, ya que si el espectador rechaza las alternativas digitales, tendrá que acertar en la programación de las pruebas. Y, ¿qué es es más importante: la posibilidad de oro de un tirador de arco español o la final de 100 metros lisos de atletismo con Usain Bolt? Está claro que la respuesta a esta pregunta no dejará a nadie satisfecho, pero obligará a tomar una postura o enfoque en términos de programación: o bien el relato girará en torno a los españoles en los Juegos Olímpicos, o bien alrededor de las principales estrellas y equipos de cada disciplina, sin importar su nacionalidad.

En esta encrucijada, todas las televisiones toman el camino intermedio y se dirigen al fracaso. En el caso de TVE en Río 2016, con grandes errores que no son muy justificables, sobre todo teniendo en cuenta las dos cadenas dedicadas a la emisión de pruebas (La 1 y Teledeporte): el ejemplo más claro fue la no emisión en directo de la final de 800 metros femeninos de natación, con presencia de Mireia Belmonte, frente a la entrevista en estudio con la medallista española de halterofilia, Lidya Valentín. Sin un criterio claro, se cometen muchos errores.

Es imposible satisfacer a un espectador que pide lo imposible y que a veces no sabe lo que quiere.

En cuarto lugar, el espectador quiere ver TODO en directo. Otra misión imposible. El “relato oficial” de la televisión tradicional obliga a seleccionar y priorizar y, por esta razón, no puede ir todo en directo. Otro asunto es la capacidad de alternar las emisiones en vivo dentro de una cadena. Es decir, tener “pulso televisivo”. Existen grandes referentes en nuestro país (el ejemplo de finales de Liga en Canal Plus) o en el extranjero (por ejemplo el “carrusel” de retransmisiones en directo de fútbol americano a través del programa Red Zone) de cómo gestionar los momentos álgidos de los relatos en directo. Ahí TVE tampoco ha estado a la altura, ya sea llegando tarde al final de una prueba (el ejemplo perfecto lo encontramos en la medalla de Marcus Walz y cómo el Telediario solo conectó cuando prácticamente había acabado) o bien a través de actividades menos éticas como falsear los directos (actividad, por desgracia, muy habitual en estos tiempos televisivos).

Por último, la audiencia quiere buenos comentaristas. Y aquí las televisiones se rinden porque es imposible definir quién lo es, ni tampoco el espectador. Puede ser un experto enciclopédico de un deporte, un apasionado hooligan que grita constantemente aunque no tenga demasiados conocimientos, o bien un especialista en no molestar a la audiencia, lo que viene a ser el sueño más profundo del televidente. Lo único que sí que se puede exigir es una mínima preparación y ahí TVE ha cometido importantes errores a través de sus presentadores, por ejemplo con equivocaciones en nombres de deportistas (ya es famoso el “Mireia del Monte”) o confusión total con términos específicos (Juan Carlos Rivero y los “penalti córner” y “penalty stroke” que generó un conflicto del periodista con usuarios de Twitter).

Como se puede observar, es imposible satisfacer a un espectador que pide lo imposible y que a veces no sabe lo que quiere. También es complicado generar una narración oficial “correcta” ante un gran número de disciplinas deportivas e intereses tan variados, y con una audiencia que renuncia a los relatos fragmentarios de Internet (parece que en esto no ha llegado la posmodernidad). La televisión pública ha sobrevivido a todo esto como ha podido, como lo lleva haciendo durante los últimos 52 años: con pérdida de talento, de recursos económicos y en la clásica confusión de que haga lo que haga, siempre estará mal. Y, por supuesto, lo de fuera mucho mejor.Resignación.

***Joseba Bonaut es Doctor en Comunicación Audiovisual, profesor de Historia de los Medios Audiovisuales en la Universidad San Jorge, y experto en la relación entre televisión y deporte en España.