Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio, estableció Mario Benedetti. En el caso de Javier Valdez, el gran cronista del narcotráfico de Sinaloa, el eco de su silencio resulta del todo atronador.

México se desangra cuando al periodista de Ríodoce lo acribillan en la calle por hablar, o escribir, sobre los narcotraficantes. Su sombrero de ala ancha, el que siempre usaba, se estampó el lunes contra el asfalto de una calle de Culiacán. El año pasado, mataron a once periodistas en este país, casi uno cada mes. Desde el año 2000, asesinaron a más de cien.

El silencio de cada uno de ellos suena alto, y denuncia el grado de peligrosidad de la profesión y el deterioro insólito de un país en el que la corrupción es la norma, instalada en todas partes.

Valdez no supo callar. Tampoco quiso. Como no lo hizo Ruqia Hassan, la joven que describía en Facebook su vida bajo el terrible yugo del ISIS en Raqqa. Sabía que la iban a matar cuando la encontraran. La encontraron, en septiembre de 2015, y la mataron. Su familia no pudo ni recuperar su cuerpo.

Hay que aprender a callarse. No para vivir con dignidad, sino para sobrevivir, aunque sea sin ella. Si es que eso es lo que quieres. O si eso es lo único que puedes hacer. Ya lo dijo Borges: “No hables a menos que puedas mejorar el silencio”. Pero demasiada gente no le hace caso al genio argentino. Y algunos, como los narcos tan siniestramente descritos en la famosa serie televisiva, o como los miembros ISIS, tan crueles y tan violentos, se dedican a acallar a quienes prefieren, por suerte para la humanidad, la dignidad a la vida.

Sí lo hizo Juan Rulfo, quien hubiera cumplido esta semana cien años. El mexicano logró todo el reconocimiento con solo dos libros, los relatos de El llano en llamas y, por supuesto, Pedro Páramo. ¿Qué escribir, después de esta novela, publicada en 1955? Esas pocas páginas le valieron a Rulfo un salvoconducto automático a la historia de la literatura. El autor mexicano vivió hasta 1986, pero no volvió a publicar. No hizo falta.

José Saramago escribió su primera novela, Tierra de Pecado, en 1947, que alcanzó una escasísima notoriedad. La segunda, Claraboya, no se publicó hasta después de su muerte. Las dos décadas que siguieron a la creación de esta última el Nobel portugués ni siquiera se dedicó a la literatura. “Sencillamente no tenía nada que decir y cuando no se tiene nada que decir lo mejor es callar”, afirmó.

Javier Vázquez tenía mucho que decir y, por hacerlo, lo liquidaron a balazos. A Amparo Vargas quizá no le hubiera importado demasiado que la hubieran acribillado, una vez que supo que su hija Cecilia, de 16 años, había desaparecido en el estado de México, uno de los lugares más violentos del país. Casi enloqueció intentando averiguar por qué no regresó nunca de aquel teatro al que acudió una tarde de noviembre de 2011; hasta que supo que la había violado y asesinado César Legorreta, El Coqueto, quien conducía el autobús al que la joven se había subido. Aunque lo intentaron, a Vargas no le taparon la boca, y luchó hasta que vio al asesino en el banquillo. Víctima y, como Vázquez o Ruqia, héroe también. La dignidad, antes que la vida.