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Risto, el típico ser único

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Me hace mucha gracia Risto Mejide con sus alardes de personalidad: tensos, pomposos, envarados y a fin de cuentas previsibles. Podría aplicársele el eslogan de una marca de whisky que se anunciaba antes en la radio: “El típico ser único”. Ahí está todo. Es el ideal publicitario por excelencia, que el publicitario Risto encarna (y vende) a la perfección: una individualidad de escaparate que resulta, en último extremo, adocenada. Rascas un poquito en el “ser único” y está eso: lo típico.

No por ello carece de seducción. Yo mismo, si me topo con Risto en el zapping, me quedo. Su personaje funciona; y de mi entretenimiento forma parte también ese contraste entre su pose y su realidad. Cuando irrumpió hace años en Operación Triunfohasta resultaba fresco ver a un aguafiestas entre tanto entusiasta. Aunque claro, el fallo estaba cuando dejaba traslucir su ideal estético: los gorgoritos que él propugnaba eran aún más indigestos que los de los concursantes criticados; por no hablar de sus prédicas de autoayuda, propias de un Paulo Coelho malote. Que se tomara todo aquel circo en serio no dejaba de ser la mayor broma...

En la polémica final de Got Talent ha vuelto a presumir de que se toma “muy en serio” su trabajo. Por esa razón abandonó su puesto en el jurado. Se negó a asistir a la “payasada”, dijo, del triunfo de Antonio El Tekila. Puede que todo esté guionizado, como suele ocurrir en la tele; pero yo entro en el juego y me tomo en serio su seriedad, que me pareció –por lo tanto– sumamente irrisoria.

Ahora no hago más que ponerme vídeos del Tekila, y me parto de risa, más que por sus bailes, por la convicción de que es un verdadero artista y lo que ha hecho Risto ha sido rechazar al primer (¡al único!) verdadero artista que se le ha puesto delante en todos sus años televisivos...

El Tekila es un soberbio dinamitador del pseudoarte de cartón piedra de todos estos programas de triunfitos y talentos. Y lo hace no en plan falso y listillo, como aquel revenido Chikilicuatre, sino con alegría genuina, popular. Por entre sus contorsiones se cuela algo primigenio, de abajo. Naturalmente, chirriante. Y con evidente mal gusto. Pero no va a ir uno de un pueblo de Badajoz a bailarle al señorito Risto lo que este considere de buen gusto. El Tekila es un ser único pero no típico. Y mira por dónde ha ido a hacerle a Risto lo que este no ha terminado de hacer nunca verdaderamente (y de ahí su éxito y sus facturaciones): molestar.