Traiciones íntimas

Alaska y la Justicia

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Alaska era una cachorrita de husky siberiano de dos meses y medio. Sus ojos brillaban en azul, y su cuerpo en negro y en blanco. Esta última tarde de domingo, mientras mi hija de once años aún la sujetaba por la correa a escasos metros de nuestra casa, dos schnauzer gigantes la divisaron a unos 30 metros de distancia, esprintaron en su dirección y la atacaron con una ferocidad que yo no sabía que fuera posible. Un ataque de pánico y espanto se apoderó de Valeria mientras el dueño de los agresores mantenía su asombrosa pasividad; los colmillos de los schnauzers rompían huesos y abrían cavidades. Alaska forcejeaba por escapar pero, con cada intento, las mandíbulas de los perros la desgarraban un poco más. Solo cuando uno de ellos abrió la boca un instante para poder morder otra zona pudimos liberarla. Fue un rescate necesario, pero inútil: tras múltiples intervenciones médicas para salvarla durante las 24 horas posteriores, Alaska murió.

En mi familia habíamos imaginado a esta husky durante muchos meses, ya que buscábamos un perro un tanto especial. La encontramos en la localidad palentina de Quintana del Puente, donde los criadores del Sirokami mantienen su portentoso centro neurálgico lleno de verde y de perros: pinares castellanos interminables y nada menos que 35 huskies.

La recogimos el 21 de enero, tras un ilusionante viaje en tren a Valladolid y unas decenas de kilómetros en una furgoneta alquilada. Cuando la conocimos, el flechazo fue instantáneo. Con ella y también con su madre, que nos miraba como exigiendo un trato excelente para la última de la camada: “Vale: os la quedáis, ¡pero cuidadla bien…!”, requería con su mirada negra.

Nos la llevamos de vuelta a Madrid mientras se instalaba un mohín de pena en los rostros de Iñaki y de Vanesa, los criadores. Hay quienes critican la labor de los profesionales de la cría de perros, pero al menos la de éstos resulta admirable: en esa finca, bajo el sol castellano, no había más que muchos perros felices. De hecho, parecía una comuna hippie de los 60 en donde las obligaciones habían sido sustituidas por la serenidad, y el trabajo por el placer.

Alaska abandonaba el mundo comunal y se le suponía una buena nueva vida.

Tristemente, esa flamante y potencialmente larga y feliz existencia solo duró dos semanas y dos días. En unos segundos inolvidables, desgraciadamente, la ineptitud e irresponsabilidad de un hombre y la crueldad de sus dos schnauzers destrozaron a la cachorra.

Dicen, y lo dicen quienes saben mucho de canes, que los perros se parecen a sus amos. En algunos casos, eso resulta muy desafortunado: de hecho, a veces es lo peor que les puede pasar. Dicen, quienes saben aún más de perros, que éstos son lo que los amos hacen de ellos. Y esto puede ser, sin embargo, aún peor.

Alaska caminaba feliz, el domingo, cuando los dos schnauzers, sueltos y sin bozal, la mataron. “En 24 años de profesión nunca había visto a unos perros adultos atacar a un cachorro”, se lamentó poco después la veterinaria de Alaska. El dueño de los perros, que no hizo nada por evitar el ataque, además de cometer la ilegalidad de dejarlos sueltos, tardó 20 horas en interesarse, mínimamente, por el resultado del ataque. Yo, en mucho tiempo, no había visto a nadie comportarse de un modo tan ruin.

Por supuesto, como todo puede ser peor, esto también: el ataque pudo haber sido dirigido hacia mi hija. Que un perro ataque a un cachorro es inaudito, y revela un comportamiento no solo insólito, también peligroso. Que ataque a un humano es demasiado frecuente. En España, los perros han causado al menos 30 muertes, la mayoría de menores, en las últimas dos décadas.

Muchas de ellas las han provocado canes de los considerados peligrosos, como el pitbull, el rottweiler, el dogo argentino o el akita. Pero, como señalan algunos expertos, más que razas peligrosas lo que hay son amos peligrosos.

Dice el criador de Alaska que la mayoría de los perros son como sus dueños los educan. Nos hubiera gustado educar a Alaska con los valores del respeto a los demás; los de compartir; los de socializar con otros animales; los de disfrutar de una existencia que siempre acaba siendo efímera, sí, pero que debía haberlo sido mucho más tarde.

Pero en su camino se cruzó un animal –el dueño de los schnauzers- a quien nunca se le debía haber permitido tener perros, pues su ignorancia evidente los transforma en peligrosos.

Lo que pasará ahora, más allá de la tristeza que inunda nuestra casa, más allá del desastre que viven mis hijas ante la pérdida, más allá del trauma de la pequeña al vivir a escasos centímetros cómo otro perro mataba a su cachorro, y sentirse amenazada por ellos al mismo tiempo, no está tan claro: en un país como este, ahora tan lleno de normas y obligaciones, a menudo no es la Justicia, lamentablemente, lo que impera.

Cualquiera de estos días, probablemente, volveremos a encontrarnos con el animal paseando a sus dos bestias, nosotros sin Alaska, y me resultará extremadamente difícil explicarle a mis hijas cómo es posible que sea así.