El pandemonium

Que no falten antorchas

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Voy a explicar una anécdota.

Nicola es una joven irlandesa que vino hace unos años a España para trabajar durante unos meses como au pair, aprender el idioma y conocer el país. Nicola salió una noche con sus amigas y un chico intentó ligar con ella. Ella lo rechazó y se produjo el siguiente diálogo.

—¿Es porque soy negro?

—You could be purple for all I care.

Es decir: “Por lo que a mí respecta, como si fueras púrpura”.

La anécdota (hay que reconocer que Nicola estuvo ingeniosa) me venía al pelo para un artículo que se publica hoy en The Objective. Un artículo que no habla de racismo sino de victimismo. De esa epidemia del quejío que ha alcanzado nivel de metástasis social y que ha convertido medios de prensa y redes sociales en un insufrible mar de lágrimas abarrotado de sufridores de todo a un euro intentado conseguir mediante la pena lo que no lograrán jamás a puerta fría.

Mediante la pena y mediante la explotación del sentimiento de culpa del otro. No deben de faltar por ahí individuos que van por la vida sintiéndose responsables de los actos de un capataz algodonero de la Alabama de 1846. Si Nicola hubiera sido uno de ellos, su pretendiente habría conseguido lo que quería. “Reparación histórica”, lo habría llamado él. Por supuesto, Nicola no es racista: es sólo que el chico no le gustaba. Él, en cambio, sí era un poco turbio: “Si no te acuestas conmigo eres una racista”.

El caso es que tras darle algunas vueltas al asunto decidí no incluir la anécdota en el artículo. Autoncensura en nombre de un tercero, efectivamente. Pónganse ustedes a explicar que la anécdota no habla de racismo sino de ventajismo. De esa habilidad innata que tenemos los seres humanos para detectar la grieta en la voluntad del prójimo y meter la cuña en ella con el objetivo de conseguir lo que queremos. Que esa grieta sea el color de la piel o la raza o el sexo o la clase social es indiferente.

Pero tras descartar la anécdota pensé en añadir un pequeño detalle que había obviado en un primer momento. El detalle de que el chico se había puesto pesado antes de ser enviado a barrer el desierto. Porque eso cambiaba el centro de gravedad de la historia desde el hipotético racismo de ella hasta el machismo de él. La cosa en cualquier caso era dudosa. Si explico el detalle, Nicola se gana el perdón de las feministas pero sigue siendo culpable para los antirracistas machistas. Si no lo explico, a los antirracistas feministas les explota el lóbulo occipital intentando averiguar quién es más víctima, ¿un chico negro rechazado por una chica blanca o una chica que se ve obligada a sacarse de encima a un rijoso, sea cual sea el color de su piel?

El dilema no es moco de pavo, así que aprovecho para reiterar mi petición de un ranking de agravios para saber a qué atenernos frente a casos como el de Nicola. O eso o nos ponemos resolutos y los quemamos a los dos en la plaza del pueblo que tampoco es cosa de perder el tiempo con sutilezas: a ella por racista y a él por baboso. ¡Será por antorchas y por verdugos dispuestos a sostenerlas!