La regla de Píndaro

La tortuga

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La composición del nuevo gobierno anunciado esta semana por Mariano Rajoy lanza un claro mensaje a quienes no tuvieran aún claro cuál ha sido el desenlace de los trescientos y pico días de interinidad. El presidente gusta de decir que es predecible, y poca sorpresa depara en verdad una lista continuista y hecha a su medida.

Dos citas electorales, tres debates de investidura y seis votaciones después, Rajoy se atrinchera en sí mismo, en su trayectoria y en su programa, con una lista de ministros en la que no se producen más bajas de las estrictamente inevitables y en la que todas las altas vienen a confirmar la voluntad del jefe del gabinete de insistir en el discurso que viene sosteniendo en los últimos cinco años. La oposición que ha tragado sapos para votarle afirmativamente, según propia confesión, o se ha abierto a sí misma en canal para auparle absteniéndose, es una variable irrelevante: ni un guiño, ni un mínimo gesto siquiera.

Recuerda este gabinete a esa vieja formación de las legiones romanas conocida como la tortuga, en la que los legionarios de vanguardia y retaguardia y de los flancos colocaban sus altos escudos a guisa de parapeto y los de las posiciones centrales los alzaban sobre sí en funciones de techo protector. Ya podían lloverles piedras, flechas y toda especie de venablos arrojados por el enemigo: la coraza así formada los repelía y la tortuga seguía avanzando hacia el destino prescrito por el mando. Si aquellos a quienes se enfrentaban no disponían de maquinaria pesada de guerra, ya podían despedirse de disuadir a los romanos.

La situación en el Parlamento español es muy similar a la de esos enemigos pobremente armados a los que en tantas ocasiones opusieron las legiones romanas su convicción y su simple pero efectiva táctica militar. Ninguna de las formaciones de la oposición posee por sí misma una catapulta capaz de desbaratar la tortuga formada por los populares, y en los últimos meses han acreditado sobradamente su incapacidad de aunar fuerzas para construirla.

Así las cosas, el reto se limita a juntar los escudos, apretar los dientes y aguantar el tirón, confiando en obtener de los adversarios las renuncias y rendiciones necesarias para mantener la hoja de ruta preestablecida. Basta con aprobar unos presupuestos (y a esos efectos contarán con el apoyo de las temibles legiones de Bruselas) y con conseguir que en las demás negociaciones los retoques sean mínimos y cosméticos.

Cabe que en algún momento cunda la impaciencia, o la ira, en la oposición así burlada; pero eso no preocupa gran cosa al centurión, que viaja bien protegido en el corazón de la tortuga. Para aplacarlos, bastará con insinuar la posibilidad de unas nuevas elecciones, la batalla total en campo abierto que tanto les aterra. Y si la situación se vuelve insostenible, basta con apretar desde el confortable puesto de mando el botón nuclear. Sus efectos no pueden ser más tentadores: mientras que los de enfrente echarán a correr al instante como pollos sin cabeza, la tortuga está siempre prevenida y formada. Resulta cómico que alguno de los que la miran desde fuera, impotentes, haya protestado porque su artífice haya dado la lista sin más explicaciones. Como si necesitara darlas, a quien tiene totalmente a su merced.