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¡Eduardo!

Apareció alto y miope, semejante a un hombre despistado que busca la iglesia donde se ha de casar. Ocurrió hace algunos años, cuando nuestros pasos se cruzaron en el Retiro, en una Feria del Libro. Envuelto en el humo de su cigarrillo, me preguntó algo así como que si yo era el mismo que había hablado con una tal Ofelia. Entonces le contesté que tal vez sí, debido a mi relación con la hija de Polonio, hermana de Laertes y que siempre me había dado calabazas. Entonces se quedó un momento pensativo, aspiró el humo de su cigarrillo y sonrió ante la confusión. Él me había confundido con el príncipe Hamlet y yo a él le había confundido con Luis Eduardo Aute.

Nos hicimos amigos tan pronto como empezamos a discutir, que si los derechos de autor, que si Esparta, que si Atenas, que si el huevo, que si la gallina, que si el espíritu, que si la materia. El argumentaba entre firma y firma, con un bolígrafo bic entre los dedos y un cigarrillo encendido en la otra mano. Fumaba con la elegancia de un filipino y transformaba una vulgar dedicatoria en un juego de palabras al que luego ponía labios de pez y roscas de vello púbico. Yo seguía con admiración su manera de deslizar el bolígrafo sobre el Monte de Venus. ¡Así cualquiera, Eduardo!

Cuando me ofreció un cigarrillo y se lo rechacé diciendo que yo solo fumo porros, la complicidad vino a hacernos un sitio en las escaleras que hay donde las barcas. Un canuto bien cargado que compartimos hasta la toba hablando de amigos comunes. Entre las volutas de humo espeso apareció su compadre, el Dragó, acompañado de Durero y de sus liebres, luego llegaría Ceesepe con sus conejos y Marcelo del Campo y sus rajas en la puerta. Toda la narrativa que hizo saltar los resortes de la razón en beneficio del arte. Con la caída del sol, vino la luz robada de Goya a Velázquez.

Me asalta el recuerdo en estos días y entonces me da por escupir al cielo, por blasfemar a las alturas y arrastrarme como el humo que se cuela por una raja de la puerta de un hospital de Madrid para decirle que no me sea canalla, que aunque no lo haga por mí, lo haga por su compadre, por Ceesepe y por Durero y por Marcelo del Campo y por Goya pero, sobre todo, por esa tal Ofelia pues quedamos en que me la iba a presentar.