Las preguntas de la semana

Letizia, el pastorcillo Cañamero, las niñas ¿y el discurso del rey?

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Sí. La apertura de la XII Legislatura de la democracia estuvo llena de color y de sorpresas, como no podía ser menos desde que el bipartidismo saltó por los aires y en la vida política española aparecieron partidos sui generis (en palabras de Rajoy ante la jefa Merkel). El acto del pasado jueves fue muy diferente a otros anteriores. Menos solemne, la sesión parecía lo que es y no fue, como si se tratara de una película.

El calendario marcaba un 17 de noviembre, pero por el ambiente distendido en la Cámara y el tono del discurso del rey, meditado, correcto y pausado, podía haberse tratado de un 24 de diciembre, en sesión vespertina, a punto todos de perder las formas con la llegada de la Navidad. Felipe VI dio por adelantado un discurso que parecía el de Nochebuena, ante un portal de Belén viviente formado por sus señorías, televisado para toda la nación, con dos pequeñas espectadoras que contemplaron el espectáculo en directo: Leonor y Sofía, las hijas de los reyes.

La reina, escrutando a sus hijas hasta en el menor detalle, casi hasta lo asfixiante, debió de percatarse de que cuando la princesa de Asturias miraba en línea recta, sus ojos se topaban con un señor de gesto agrio y malcarado, el diputado de Unidos Podemos Diego Cañamero, que lucía una camiseta con una leyenda sin ninguna gracia. Encima, cuando Leonor dirigía la vista hacia lo más alto, en la última fila del hemiciclo destacaba otro señor, también de Unidos Podemos, el senador Iñaki Bernal, con una bandera multicolor.

Seguramente no sucedió lo siguiente que voy a contar, pero tendría sentido que hubiera ocurrido, acorde con la comedia que vimos en directo desde el Congreso de los Diputados:

En un aparte, Letizia, para quitar hierro al espectáculo contemplado por Leonor y Sofía, se lo explicó como si se tratara de La vida es bella, la fantástica película de Roberto Benigni.

-“Leonor, Sofía: el Congreso de los Diputados hoy es como el belén que ponemos todos los años en casa. Bueno, no exactamente. Nosotros somos los reyes, sí, pero aquí, en este acto, los cuatro hacemos algo así como el papel de la Sagrada Familia: papá es san José; yo, María, y vosotras, el niño Jesús. Los reyes, aquí, son esos que están ahí: Melchor es el de la barba cana, el de las gafas, es el rey principal, el que nos ha recibido cuando llegábamos y no sabía dónde ponerse, si al lado, si delante o si detrás. Gaspar, en plan moderno, es el de la coleta. En fin. Y Baltasar es ese señor de gafitas, con barbita, que es al que le ha tocado hacer de negro y sustituir a otro que ya no está”.

-“Imaginaos que nosotros cuatro somos quienes estamos en el centro del pesebre… Esta palabra, dicha aquí, suena regular. El pesebre. Faltan los camellos de los reyes. En el Congreso, en vez de camellos hay dos leones; los hemos visto al entrar. ¿Os habéis fijado? Están realizados con hierro fundido extraído de los cañones de una batalla que España ganó en Marruecos, en 1860 creo, la de Wad-Ras”.

-“Sofía, Leonor: Los pajes de los reyes Melchor, Gaspar y Baltasar, y de los otros reyes más pequeños, son las personas que les rodean. ¿Los veis? De todos, el más importante es esa mujer, la que está al lado de Melchor, el de la barba cana. Se trata de la vicepresidenta del Gobierno. ¿Que dónde está la estrella del belén? Aquí la estrella es un libro, se llama Constitución. Otro día os lo enseñaré. Aunque esta estrella contiene unas instrucciones claras de por dónde deben ir las leyes y el país, ni los reyes ni sus pajes ni el resto de todos estos señores hacen muchos caso”.

-“¿Que quién es ese señor con cara tan seria que está justo delante de vosotras, con una camiseta que pone 'Yo no voté a ningún rey'? Pues es uno de los pastores; no llega a paje. Está enfadado siempre. Dice que no votó al rey porque cuando se votó él no estaba aquí. Pero no os preocupéis. ¿Y el que está arriba del todo, el de la bandera con la III República? Pues ese es el pastor que indica por qué puerta debemos salir en caso de emergencia”.

Mientras que Letizia reinterpretaba para sus hijas la situación que habían vivido en directo (inadecuada para unas niñas que debían estar en el colegio a esas horas, según unos; aleccionadora para que entiendan desde pequeñas la discrepancia ideológica y que no son las princesas de todo el pueblo, según otros), los reyes, los pajes y los pastorcillos, cabreados o no, comentaban el discurso pronunciado por Felipe VI.

En él habló del compromiso de la Corona, de la igualdad y de la justicia, del Estado de Derecho y del Estado de Bienestar Social, de España como gran nación, del rey símbolo de la unidad, de cohesión social, de regeneración democrática, de la corrupción, de la diversidad de España y de que “España no puede renunciar a su propio ser”, de la fe en Europa, de la incertidumbre internacional… O sea: el discurso de Nochebuena de todos los años. La duda, pues, es qué dirá el Jefe del Estado en la noche de este 24 de diciembre. ¿Se repetirá? Será una buena oportunidad para que Zarzuela invente un nuevo formato. Pregúntenle, por ejemplo, al padre Ángel. El cura de los pobres que se lleva bien con los ricos podría llevar a la familia real a un portal de belén de los de verdad.

¿Obama y la III Guerra Mundial?

No. No debemos frivolizar hablando de la III Guerra Mundial como si se tratara del próximo estreno de una película. Sí debemos, en cambio, estar advertidos de lo que está pasando en el mundo. La llegada de Trump a la Casa Blanca es una desgracia universal. Coincide con el calentamiento imparable del planeta, tanto en lo meteorológico como en lo político. Obama, en su gira de despedida por Europa, decía hace unos días en Grecia: “Debemos ser vigilantes ante el aumento de una especie vulgar de nacionalismo o identidad étnica o tribalismo”; “sabemos qué ocurre cuando los europeos empiezan a dividirse y a enfatizar sus diferencias (…). El siglo XX fue un baño de sangre”.

El presidente de EEUU, Barack Obama.

El presidente de EEUU, Barack Obama. Reuters

Harold Macmillan, ex primer ministro conservador británico, resumió así el año de inicio de la I Guerra Mundial: “Todo iba a mejorar y seguir mejorando. Ese era el mundo en el cual nací… De repente, sin que nadie lo esperara, cierta mañana de 1914 todo terminó”.

Trump y Putin son amigos, como también lo fueron por un tiempo Hitler y Stalin. (Por cierto, la editorial Kailas acaba de publicar un libro magnífico: Hitler y Stalin. Vidas paralelas, de Alan Bullock.) Por todo ello, porque la Historia es una pista de hielo de capa fina, en la que puedes escurrirte, incluso hundirte, hay que ser inconformistas y regeneracionistas, pero evitemos estériles frivolidades políticas. Son pan para hoy y hambre para mañana.

¿Rajoy, piel de elefante?

Sí. “Tienes la piel de elefante”, le ha dicho Angela Merkel al líder del PP, no se sabe si como halago o como crítica. Una vez, en mi pueblo, toqué un elefante de circo. Su piel, de entre 2.5 y 3 centímetros de grosor, era rugosa como la corteza de un alcornoque. Rajoy tiene piel de alcornoque, no de elefante, que es de donde se saca el corcho. Por eso flota. El presidente del Gobierno se mueve despacio, hasta la exasperación, como los elefantes. Si Rajoy tiene reflejos de elefante, esta legislatura será muy corta. Merkel no sabe que asociar en España a un hombre público con un elefante le trae mala suerte. Que se lo pregunten al abuelo del cuento de las infantas: en poco más de un año, el elefante de Botswana estaba abdicado y muerto en términos de poder.