La tribuna

El voto que marcará la democracia

El voto que marcará la democracia

Ilustración

  1. Elecciones Generales 2016
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La democracia no es el fin de la Historia. Es un delicado sistema de pesos y contrapesos, de consentimientos y convenciones legales y legitimadas, fundado en salvaguardar las libertades individuales. Y de vez en cuando, según marque la ley o la vida política, las instituciones se renuevan a través del voto. Pero corren malos tiempos para este concepto de democracia.

Ha cruzado el Atlántico esa idea de que sin justicia social ni distribución de la riqueza, sin “empoderamiento” del pueblo a través de un sistema asambleario de decisiones de las políticas públicas, sin arrebatar el poder a los “privilegiados”, no hay verdadera democracia. En realidad es la actualización populista del viejo marxismo. Igual en estilo, pero diferente en ideología, es el populismo nacionalista que surca otros países de Europa, donde la reconstrucción de una comunidad imaginada es un objetivo capaz de enterrar eso que llamábamos hace poco “democracia liberal”.

El desprecio a las elecciones en España desde 1810 ha quedado en el sustrato de nuestra cultura política

En ese desprecio a las instituciones democráticas, como el voto, ha ejercido gran peso la interpretación que algunos han hecho de la historia de la libertad -no solo en España- buscando construir una interpretación del pasado acorde a su discurso político presente. El desprecio a las elecciones que se han celebrado en nuestro país desde 1810, sin cifras, sustrayéndolas de su contexto político y social, o de una comparación con el resto de Europa, ha quedado en el sustrato de la cultura política española. El regeneracionismo creó una interpretación de la Historia de España triste y acomplejada, de desprecio al ejercicio de las libertades, de idolatría del estatismo o del caudillismo, cuyo influjo perdura.

Por eso, sin conocer cómo se ha ejercido aquí el voto, el mecanismo básico de los gobiernos representativos, es difícil comprender la vida política española de los dos últimos siglos. A llenar este vacío ha llegado felizmente Roberto Villa, joven historiador de la Universidad Rey Juan Carlos, con la obra España en las urnas. Una historia electoral (1810-2015) (Catarata, 2016). El libro destruye dos mitos: el de que la segunda República es el antecedente democrático del régimen del 78, y que España era un país subdesarrollado políticamente en comparación con Europa. Y, además, el texto de Villa contribuye al debate sobre si el actual sistema electoral “propicia una democracia de baja calidad”. Interesante.

El populismo esgrime hoy un concepto de democracia que se funda en la falta de virtualidad de las elecciones

El populismo socialista esgrime hoy un concepto de democracia que se funda en la tesis del constante falseamiento del voto y la falta de virtualidad de las elecciones por obra y gracia de los “poderosos”, que nos separaba de la civilización europea. No obstante, los procedimientos llevados a cabo en España fueron los comunes en Europa y, además, aquellos “vicios” -los manejos corruptos que existieron-, no impidieron, según el autor, que los derechos se extendieran gradualmente, y que pusieran las bases, al igual que en otros países, del sistema limpio que tenemos hoy. Es más; España fue una avanzada en materia electoral en el XIX con el voto secreto que se estableció desde 1812, por ejemplo, para proteger la conciencia de la presión externa, mientras que los británicos lo siguieron haciendo a viva voz hasta 1872. Pero lo mismo se puede decir del censo electoral, el voto directo, la jornada única para evitar manejos, el concepto de “un hombre, un voto”, la fijación por ley de las circunscripciones para evitar la manipulación (el gerrymandering), o que España tuviera uno de los electorados más numerosos del mundo en tres ocasiones: entre 1837 y 1846, 1868 y 1878, y 1890 y 1936.

El segundo mito que derriba la obra es el de la Segunda República como referente democrático actual. No lo es porque ya existía el sufragio universal -salvo el femenino, y fue en 1933 con oposición republicana, radical y socialista-, al igual que el sistema representativo, o las elecciones limpias, sobre todo entre 1910 y 1922. Pero además, el presidente de la República nombró gobiernos sin tener en cuenta las mayorías parlamentarias, ni el régimen tuvo en su etapa constituyente, ni después, el consenso necesario. No se aceptó al adversario, no hubo respeto a las minorías, la élite buscó y amparó el conflicto, y los gobiernos presionaron y falsearon el voto, sobre todo en febrero del 36. De esta manera, las elecciones no fueron limpias, y tuvieron siempre un carácter plebiscitario entre partidarios y detractores de modificar la Constitución, ajeno al corriente funcionamiento de una democracia.

Villa critica las interpretaciones que definen el sistema electoral del 77 como la salida de un puñado de franquistas

Villa anima al debate al criticar las interpretaciones historiográficas, periodísticas y literarias que definen el sistema electoral establecido en 1977 como la salida de un puñado de franquistas empeñados en la victoria de la UCD para garantizarse el poder. El PSOE de González, entonces, habría aceptado tras echar cuentas y asegurarse su protagonismo en la Transición. Este relato, construido para exigir ahora la ruptura revanchista, falla.

Los efectos de la reforma emprendida en 1977 fueron tan profundos como los de una presunta ruptura, tan legal como legítima. El sistema electoral se pensó para evitar los problemas que la fragmentación y la polarización dieron en la historia de España y en la coetánea europea. En un país que al salir de una dictadura carecía de partidos organizados para las elecciones, el método para elegir a los representantes debía fortalecer esas organizaciones, de ahí las listas cerradas y bloqueadas, y la fórmula D’Hondt, dice Roberto Villa. UCD y PSOE salieron primados porque entendieron antes que los demás que debían articular una estructura adecuada al reparto de escaños para rentabilizar sus votos.

Se ha instalado la idea de la “justicia representativa”, que solo pasa, parece ser, por una mayor proporcionalidad

Este sistema, argumenta el autor, no es menos representativo ni democrático que cualquier otro, sino simplemente funcional. La alternancia pacífica se ha producido desde el comienzo, a golpe de voto, creando el deseado bipartidismo imperfecto que ahora parece muerto. La petición de una mayor proporcionalidad, dada en su día por el PCE, y luego por IU y UPyD, contaba con el argumento hábil de restar protagonismo a los nacionalistas a cambio de crear partidos bisagra. Sin embargo, era contradictorio porque hubiera restado fuerza a PP y PSOE.

La falta de consenso ha paralizado toda reforma, por lógica y sentido histórico, pero se ha instalado en la opinión pública la idea de la “justicia representativa”, que solo pasa, parece ser, por una mayor proporcionalidad. No obstante, la historia nos muestra que una gran fragmentación parlamentaria no hace democracia ni favorece la gobernabilidad, sino justamente lo contrario. Y el voto, como se vio el 20-D y se verá el 26-J, será un instrumento para consolidar el nuevo sistema de partidos que marcará el devenir del régimen democrático. No es poca cosa.

*** Jorge Vilches es profesor de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense.