Un carnívoro cuchillo

Si al menos fuese 1993

Si el sueño de la razón produce monstruos… ¿qué pasa con el sueño de la memoria? En poco tiempo la mía ha sufrido dos amables acometidas despiadadas. Dos asaltos muy duros y muy dulces. En poco tiempo he visto la película Un día perfecto, de Fernando León de Aranoa, y he leído Sarajevo, los cuadernos de guerra de Alfonso Armada recién editados por Malpaso. Arrancan en 1993, cuando Armada se asomó por primera vez a Bosnia-Herzegovina y a su horror.

Ese mismo año yo inicié con el mayor sigilo mi propia guerra de los Balcanes. Mi propio sitio del sitio. Primero fueron rápidas incursiones en Belgrado, Kosovo y Vukovar. Siguieron varios viajes a la Sarajevo ya herida por la pseudopaz de Dayton. Nunca fui corresponsal allí ni enviada especial ni nada que se le pareciera. Iba en mi tiempo libre, con una acreditación que me dejaron hacer por pena y por miedo (“si me matan todo el mundo creerá que me habéis mandado vosotros, mejor me lo ponéis medio fácil”, así convencí al director de mi periódico de la época…), con muy poco dinero, cero experiencia bélica y la fulminante intuición de que tenía que ir allí a empaparme a fondo. De algo.

Se puede ir con muchas ideas. Algunas de las cuales no encajan en su sitio hasta mucho tiempo después. Recuerdo una larga travesía de Bosnia central en pleno invierno. El autobús penetrando a plomo en una silenciosa, sobrecogedora, inacabable muchedumbre de nieve. Se sentaba a mi lado un hombre pegado a un walkman. Creía yo que oyendo música. Hasta que trabamos conversación y, tras negarse él a darme a mí la mano, tras educadamente exigirme que jamás de los jamases le tocara, que ni por un segundo ni un milímetro de mi piel rozara la suya, me plantó sus cascos en la oreja. Supe así que lo que él oía todo el rato eran suras del Corán. Me contó que venía de los Emiratos a reconstruir lo destruido por la guerra. Y hasta ahora.

Se puede ir buscando una especie de egoísta redención. Me gusta la película de Aranoa porque en ella no se salva nadie. Ni los buenos. Me gustan los cuadernos de Armada, me gustan mucho, quizás demasiado, porque en mitad de la matanza va el tío y se preocupa por si algún día aprenderá él a escribir. Y a llorar. Y a todo lo que de escribir y de llorar cuelga. La guerra como narcisista lupa de aumento. Y en cambio la poesía más desinteresada puede ser la escrita después de Auschwitz. Hasta yo alumbré en su día un poema que así decía:

Ningú no vol entrar

en una ciutat

d’on només se surt

cap endins

(Nadie quiere entrar/ en una ciudad/ de la que sólo se sale/ hacia adentro). Al revés te lo digo para que me entiendas… pues precisamente eso era lo que todos o por lo menos muchos allí buscábamos: una mágica e irreversible puertecita interior. Para sentirnos mejores y más vivos.

¿Mejores y más vivos que quién? Cuenta Alfonso Armada que Gervasio Sánchez le dijo que no se puede ir enamorado a la guerra, principio que él contravino estrepitosamente. Menda lerenda, ídem. Me pongo a la cola de Armada, como a la del pan, para recurrir yo también a un poema (y van dos en una sola columna, Pedrojota perdóname…) de Izet Sarajlic que se titula Si al menos fuese el año 1993. Y que así dice:

Si fuera al menos aquel terrible,

el de la humillación a nada comparable,

año 1993

cuando no teníamos nada más

que el uno al otro.

Ojalá fuera aquel terrible,

aquel tantas veces terrible 1993.

Tendría todavía cinco años completos

para poder mirarte

y tenerte a mi lado.

Postdata de última hora: da la casualidad de que también fue en 1993 cuando conocí a Miguel de la Quadra-Salcedo, descanse en paz. O mejor no. Que no descanse. Sospecho que no le gustaría. En el cielo ya afilan jabalinas.