No me pisen lo fregao

Votos, no tarjetas de visita

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Le eché el ojo en cuanto lo vi. Allí estaba tirando cable, fijando carteles, colocando los focos del paseo de las estrellas; preparando los fastos del festival de Cine, pasando totalmente desapercibido. Me fijé porque era guapo, eso lo primero. Atendí a sus palabras porque era educado. Ni un grito ni un aspaviento ni siquiera cuando a diez minutos de la primera alfombra roja, un vendaval y una mala púa hicieron que la tensión del caminito bermellón se trasladara a los glúteos de todos los implicados. Simplemente hizo su trabajo antes de que los fotógrafos hicieran el suyo. Me encantó su efectividad.

Hicimos lo posible por terminar la jornada en la misma barra del mismo hotel con la más firme intención de buscar una excusa para no tener escapatoria. Cualquier ciudad es perfecta para que un oriundo y una forastera dejen de ser unos desconocidos y a San Sebastián le sobran posibilidades. Era mi primera vez y estaba fascinada. Él, orgulloso de formar parte de cuanto supusiera.

No recuerdo en qué momento aparecieron sus amigos. Me saludaron educadamente en castellano, intercambiaron con él un par de frases en euskera y después del “agur” de rigor que dijimos todos, seguimos con lo nuestro. Pero lo nuestro ya no fue un adjetivo posesivo solo para dos.

Admiré que hablara euskera y castellano indistintamente, me dijo que amaba donde había nacido y lo alabé. Podríamos haber seguido dorándonos la píldora pero no sé cómo demonios salió ETA. Qué pena que mi primera vez en San Sebastián me pillara con unos cuantos años a la espalda siendo hija de un militar del Ejército del Aire y que ninguno estuviéramos dispuesto a fingir lo más mínimo. Conforme cumples años no queda otra que elegir. Elegir quién eres y elegir cómo quieres relacionarte con los que están a tu alrededor. El desentendimiento de sábanas fue mutuo.

Cada vez que depositamos el voto en la urna apostamos por nosotros mismos. Cada una de esas papeletas pondera las leyes, obligaciones y derechos que afectarán a todos. Depositándola en una urna demuestras cuan implicado estás en cambiar un modelo que quizás ya no vale. O quizás sí. Lo mismo tú estás tan a gusto. Nuestro voto manifiesta si queremos compartir ambulatorio con inmigrantes sin papeles aunque paguemos la electricidad más cara de Europa. Exhibe si nos importa un carajo que asesinar mujeres salga tan barato, si nos incumbe que exista una ley del desahucio que no incorpora la dación en pago universal y retroactiva por mucho que se esté pidiendo a gritos.

Sí quiero saber quién eres, a quién apoyas y qué tipo de sociedad crees que merezco. Quizás es que yo confío en el voto responsable y no en las tarjetas de visita. Y eso a la larga también pasa factura.