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Concluye la primera vuelta electoral sin resultados trascendentes, más allá del hastío generalizado de los votantes potenciales –muchos dejarán de serlo- y de la obstinación de los cuatro grandes partidos por echarle la culpa a los otros tres de que nos vuelvan a convocar a las urnas.

Volver a votar tras estos cuatro horribles meses últimos es como si los políticos elegidos en diciembre insistieran: “miren, ustedes no han votado bien: vuelvan a hacerlo”.

Pero cada uno ya votó lo que quiso el 20-D después de una larga y agotadora campaña; ahora, sin siquiera ofrecernos –aunque fuera por pura higiene- cambios ni en las políticas de los partidos ni por supuesto en cuanto a sus cabezas de lista, ¿por qué esperan que vayamos a votar diferente?

Resultaría gracioso, si no fuera también dramático, que se produjera un escenario idéntico al de diciembre la nueva noche electoral del 26 de junio. Pero es una posibilidad con inquietantes opciones: preparémonos para ella.

Los únicos cambios que se esperan se derivan de lo acontecido en este último tiempo cansino y estéril. Y no ha pasado gran cosa, ¿no creen?

Rajoy se ha mantenido en su cueva en Moncloa, apareciendo lo justo y eludiendo incluso ocasiones que parecían obligadas para ofrecer su opinión, o para pedir disculpas. Sí le ha ocurrido Soria, también Barberá, pero él, refugiado en la trinchera monclovita apurando su táctica habitual de cobijarse hasta que escampe, no parece especialmente dañado.

Rivera ha seguido jugando hábilmente sus cartas, unas proclives a la actividad y al despiste. Está por ver si hay más afines enfadados por su alianza con el PSOE que afines que valoran su cintura política.

Pedro Sánchez, que tras la debacle electoral sufrida poco antes de Navidad parecía un cadáver político, ha llegado con vida a este tiempo, y eso ya tiene mérito. Cierto es que Rajoy le cedió la iniciativa, pero también lo es que él la ha sabido aprovechar. Otra cosa es que su infinita ingenuidad, y su manera de hacérnosla llegar, sea algo a valorar por el electorado. Él iba en serio, y había mimbres para un Gobierno de cambio y progresista. Pero era, todo, mentira; también, una pérdida de tiempo y de energía. Al final, solo estaba actuando.

Iglesias ha cometido numerosos errores en estos cuatro meses. Exigió el referéndum la noche electoral y después rebajó sus pretensiones; luego se autoproclamó vicepresidente y, después, dimitió. Su agresividad le llevó demasiado lejos cuando decidió hacer algo que en política siempre es un error: atacar a un periodista. Hizo famoso a Álvaro Carvajal, de El Mundo, al tiempo que perdió buena parte de su crédito político con ese ataque majadero e infantil. Por sus ínfulas de líder y su soberbia, por sus continuados deslices –su disputa con Errejón, su manu militari contra Sergio Pascual-, perderá a una parte de sus seguidores. Suerte tiene que Alberto Garzón, a quien ninguneó hace pocos meses, salga en su rescate.

El 26-J podemos volver, y no sería una sorpresa, a situarnos en la casilla de la que partimos, esa que ha bloqueado al país. Si es así, ¿volverán los políticos a decirnos que hemos votado mal?