Picalagartos

Los viajes de Otegi

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Arnaldo Otegi, luz sin vidas, fuego a nuestras entrañas. Hombre de paz para muchos y qué raros son los mártires abertzales. Por esos mundos de Dios anda Otegi, por esa Europa de los pueblos y de las vacas pueblerinas, levantando multitudes de irlandeses pelirrojos que le jalean, de podemitas que le ríen las gracias, de izquierdistas españoles que no saben que históricamente no son una cosa ni la otra, mientras que en los hogares donde hubo la muerte negra de ETA, la digestión se hace pesada el día que mataron al padre. Al hermano. Al vecino.

El abertzalismo es viajero: un día en las curvas del Tourmalet con la ikurriña venteada en las cunetas del Tour de Francia; otro, en el cogollo del parlamentarismo europeo en conchabeo con los libertadores de la Bretaña y la Cerdeña. La Europa de los pueblos y de nuestros muertos retratada con el silencio de unos pocos y la verborrea de otros tantos. Y Podemos e IU confluyendo, ahora sí, en la fascinación por Arnaldo, el hombre de paz, de paz cuando quiere y se frena -listo- la sinhueso.

Lo peor no es la tournée de Otegi y los suyos; no. Lo peor es el marco mental que han creado de este tipo, que va inmaculado para algunos y que se permite pasear los años de trullo como una patente de corso que lo eleve a la inmortalidad de San Ignacio o de San Sabino; qué más da. Otegi ríe, se pone una americana sobre su cuerpo de micólogo y compara a la viuda de un guardia civil de Jaén con la novia de un borroka que se encontró a sí misma cuando vio a su amor quemando un autobús.

Pero que no, que lo peor no fue la peregrinación de Otegi por los pasillos del Parlamento Europeo (un Parlamento "kafkiano", nos dijo el martes Eduardo Madina, cuando le preguntamos por lecturas y vidas); lo horrible es el prestigio que los que pasaron por ETA tienen para la izquierda española. Ver a Iglesias y hasta a Garzón como unos Arzallus revividos nos da la fotografía exacta del problema y del complejo de lo que dicen que es la izquierda española.

Y más allá el hombre común, el español medio, aquel español que podía reventar en un Hipercor comprando una corbata y un plumier, o en un autobús si tenía la desgracia de estar donde no debiera, o de vivir cerca de pisos de militares. Es el español tipo del que hablo, que ve que entre el miedo y la corrupción como que no hay color y que se queda con lo segundo, o que directamente ni votará en junio por ahorrar papel. El español al que condenan a nuevas elecciones y sabe que los batasunos tienen ya sus datos censales.

La luz negra que decía Chillida de Vascongadas se ha convertido en faro de costa para muchos de la nueva política, los que van del plató al Twitter y se buscan pésimamente a los héroes. Otegi habla de la decadencia del Estado español y yo que recuerdo aquella máxima de mi padre, funcionario, de "nunca te fíes de alguien que dice Estado". Ni de un señor que lleva pendiente: y a sus años.