Divinos palabros

El conde de ‘Montekrusty’

  1. Corrupción
  2. Mario Conde

El conde de ‘Montekrusty’ es Mario Antonio Conde Conde, valga la hiperredundancia. Es decir, una versión macarra y posmoderna del Edmond Dàntes de Alexandre Dumas amenizada con los chulescos ademanes de Krusty , el payaso de Los Simpson. Un conde Conde que es juzgado y recondenado en bucle. Dàntes krustianizado con una querencia enfermiza a encerrarse, por orden judicial, en las celdas de los presidios del Mundo Libre.

Trullofilia, se llama; la parafilia en cuestión: del argot carcelario trullo, prisión, y del griego philia, amor. Un desorden embarazoso y peculiar, puesto que repite un mismo patrón de comportamiento sexual en el que la fuente predominante de placer no se encuentra en la cópula, como sería lo acostumbrado, sino en alguna u otra cosa o actividad que lo acompaña. En este caso concreto, las cárceles y lo que contienen dentro de sus altos muros.

Lo de la propensión a la gomina y al abuso del exabrupto moralizante en lúgubres debates televisivos, dejémoslo aparte.

Pero que no cunda el pánico. La actividad trullófila no es considerada como patología por la asociación americana de psiquiatría. A no ser que vaya acompañada de angustia o que interfiera en el funcionamiento normal de la persona en cuestión. Algo que, lamentablemente, se da en este caso: los 13 millones de euros procedentes del botín expoliado a Banesto para repartirlo en cuentas de Suiza, Reino Unido, Islas Vírgenes Británicas, Emiratos Árabes Unidos, Países Bajos, Curaçao e Italia, han interferido un poco.

A Mario Conde, el conde de Montekrusty, le gusta más blanquear pasta expoliada a bancos hundidos por él que a Paquirrín comer Nuggets de pollo valiéndose de palillos chinos. Como veis, parafilias hay para todos los gustos. Podríamos repartir a demanda. He aquí el tiempo de los golfos apandadores. La hora del chorizo ibérico sexualmente activo e idolatrado antaño por el novopijismo rampante. Al conde de Montekrusty le sobreexcitan las trenas ingratas, fondas para manguis de guante blanqueador, moteles pingajosos. Se pirra el conde de Montekrusty por esos lujuriosos talegos que se caen a pedazos, condenados como están, también ellos, por los siglos de los siglos.

Fantasea el conde de Montekrusty con malvivir -dentro, siempre dentro de una celda- en la infeliz compañía de atracadores y cuatreros, carteristas, mecheros, violadores, evasores fiscales, folclóricas. Todo muy rollo Vis a vis. Desea ducharse cada mañana, Montekrusty, junto a todos aquellos a quienes hayan perdido los mismos vicios: la jodienda y el delito.

Vuelve, una y otra vez, a cumplirse su obsesivo sueño.