Correr la milla

¿Y qué una segunda vuelta?

Claro que existe el riesgo de que en junio la roca vuelva a rodar ladera abajo. Pero es muy improbable. Serán, si son, las elecciones más informadas de nuestra historia democrática. Todo lo que el votante desconocía de cada uno de los partidos antes del 20-D ya le ha sido revelado. Su capacidad para la negociación, su política de alianzas, la coherencia de su discurso contra la corrupción, la fortaleza de su liderazgo o su estilo parlamentario; toda esa valiosa información, en fin, que no ofrece un programa electoral.

Dice El País, para resumir las conclusiones de una reciente encuesta, que los españoles "siguen rechazando las mayorías absolutas". La trampa suprema de unas elecciones -y de la demoscopia electoral- consiste en conceder al electorado una intencionalidad colectiva. De esa misma encuesta se puede concluir exactamente lo contrario: que el bloqueo es el resultado de la suma de la querencia de cada uno de los votantes por una mayoría absoluta de su partido. O no, que diría Rajoy. Mientras el elector no reparta puntos como en Eurovisión no cabe atribuirle otra estrategia a su voto más que el sencillo y democráticamente saludable "prefiero a ese sobre los demás". Pero de algo habrá que hablar hasta junio.

Quienes alegan que una nueva convocatoria de elecciones sería un fracaso omiten lo sustancial. Sería un fracaso de los partidos, incapaces de acordar una solución de gobierno, pero para los electores supondría la oportunidad, hasta ahora insólita, de saldar cuentas de forma inmediata con aquellos a los que otorgó su confianza hace tan sólo unos meses.

De aquí hasta las elecciones de junio, si se producen, la historia más interesante volverá a ser la del PSOE. Esta semana los periódicos vuelven a hablar del advenimiento del susanato, futurible que despierta una devoción rayana en el fervor en una parte de los socialistas. La negativa de Rajoy a someterse a un debate de investidura reanimó al candidato Sánchez cuando apenas le quedaba un hilo de vida. Susana Díaz debe calibrar si el secretario general del PSOE tiene suficiente oxígeno para llegar con posibilidades de sobrevivir al congreso  de mayo. Yo me inclino a pensar que su destino sigue en manos de Podemos, por ser más concretos del hombre que acusó a Felipe González en sede parlamentaria de tener las manos manchadas de cal viva. Investidura o defunción.