TRIBUNA

El Show de Truman

Marta Martín Llaguno*

Hace apenas año y medio, cuando me dedicaba (sólo) a investigar y a dar clases y escribía columnas de opinión sobre política, el diario Información (en el que escribía regularmente) me publicó una pieza en la que conectaba la película El Show de Truman con la política. Conté entonces que, en el film, ajeno a la realidad y con la mejor de las intenciones, un hombre "corriente" hacía cosas "aparentemente corrientes" que levantaban pasión entre espectadores. En verdad, eran "artificios", puesto que sucedían en un plató para ser consumidos como espectáculo.

El Show de Truman me pareció en su momento una especie de profecía y una alegoría perfecta para señalar lo que podía pasar en política. La mediatización iba imponiendo poco a poco a líderes (algunos mejor intencionados que otros) el peregrinaje de plató en plató, actuando "como gente normal"... básicamente para generar espectáculo. A veces, por exigencias de guión, la cuestión tenía poco que ver con la política con mayúsculas: ahí estaba el peligro. Así, súbitamente, los programas de primetime se llenaron de eurodiputados representando el papel de la “no casta” y de políticos haciendo de "ciudadanos cabreados" con una realidad que, paradójicamente, muchos podían modelar desde sus instituciones.

El 20D, el no va más de la espectacularización

Con la permanente campaña electoral que hemos soportado, el proceso de espectacularización -que comenzó tímidamente- se ha exacerbado hasta límites insospechados. El no va más ha sido la campaña del 20D, en la que muchos han cantado, bailado, contado chistes, protagonizado monólogos, defendido múltiples debates de radio y televisión y, quien más y quien menos, hemos tuiteado y retuiteado como locos y locas en las redes. Alguno que conozco incluso ha protagonizado arriesgadas y peligrosas aventuras que casi acaban mal.

Sin embargo, todo esto (que ha sido mucho) se ha quedado en agua de borrajas en comparación con sucedido en la Sesión constitutiva del Congreso de los Diputados. Si hay un momento en el que la profecía se ha consumado, y en el que la alegoría ha llegado a la perfección, ha sido el trece de enero. Lamentablemente, el 13E pasará a la historia no tanto como la fecha en la que, tras mucho esfuerzo, negociación y diálogo, se ha conseguido constituir una Mesa del Congreso que parecía inviable, sino como el momento en el que la telepolítica ha triunfado definitivamente.

Les confieso que ha habido unos guiones de Óscar: hay que reconocer que hay personas que se han trabajado unos increíbles shows y que han ejercido estupendamente el papel de "gente corriente" haciendo cosas "aparentemente corrientes". Mi opinión: en realidad han sido puros artificios preparados para un plató de televisión, el propio Congreso (esa es la novedad) con el fin de generar espectáculo y de eclipsar lo importante. Está bien porque se nota que hay quienes controlan a la perfección el tema de la política virtual. Ahora, además, creo que a otros nos toca demostrar que, en el Congreso, hay también mucha gente corriente que, más allá de interpretar y de rear guiones, consigue cosas extraordinarias que no sólo entretienen, sino que sirven y mejoran la vida de los demás.

Las pantallas por encima de la realidad

En fin. Al margen de este análisis mediático y sociológico, a título personal, y esto ya es mi pura percepción, puedo constatar que el producto congénito de la comunicación audiovisual es que "tomamos por más cierto y genuino lo que pasa en las pantallas que lo que se experimenta en la realidad". Esta vez no me lo cuenta nadie: lo afirmo desde la más pura experiencia personal.

Habiendo estado cinco horas casi sin moverme de mi asiento, les confieso que, para enterarme de lo que ha pasado, no he tenido que mirar desde el escaño: lo importante ha sido revisar el WhatsApp y el Twitter de mi teléfono y escrutar los medios. El triunfo de “la falsedad auténtica”, esa que hace creer más en la copia que en el original, se produce cuando te das cuenta de que, al final, lo que importa no es tanto lo que estás viviendo, sino lo que te cuenta y se refleja en la teleralidad.

¿Qué piensa una persona de la calle, una ciudadana nueva (que no novata), cuando ve “el original”? Pues miren, algunas cosas muy profanas...y otras no. En primer lugar, que en el Congreso de los Diputados se respiraba el miércoles un ambiente similar al que se percibe en el comienzo del curso académico. Algunos volvían a las aulas...y muchos sentíamos la emoción que nos embargó al pisar por primera vez la Universidad. Esa sensación de que todo es posible, de que todo es nuevo y de que te has sentado con los mejores compañeros con los que vas a compartir una etapa inolvidable.

Carolina Bescansa sostiene a su hijo Diego.

Carolina Bescansa sostiene a su hijo Diego. Reuters

En segundo lugar que, físicamente, el Hemiciclo es mucho más bonito, pero también mucho más pequeño de lo que te imaginabas. Y, en tercer lugar, y paralelamente que, en virtud de todo el protocolo y del nivel de formación, educación y delicadeza de la que la gente que nos ha atendido en estos días (incluido los medios) te das cuenta de toda la responsabilidad que recae sobre los diputados electos. Esto de representar a parte de tus conciudadanos en el poder legislativo es, al contrario que el Hemiciclo, más grande de lo que esperabas.

Les confieso que, cuando pasas por delate de la puerta de los leones con el acta de diputada, te empiezas a acordar de todas aquellas personas que te han dado su confianza, que te han trasladado sus problemas y que te han votado: a las que no puedes defraudar. Porque, en general, la gente, es muy buena gente. Y se merece que, como en la película con la que he empezado, que trabajemos para que, al final, gane lo auténtico.

*Marta Martín Llaguno es catedrática de Comunicación Audiovisual y diputada de Ciudadanos por Alicante.