En Tromba

Don Winslow

“Sus asesinos se tomaron muchas molestias en colocar los trozos de su cuerpo alrededor de la estatua del repartidor de periódicos: los brazos y piernas amputados de Pablo rodean el tronco, que está obscenamente destripado. La cabeza se encuentra en la base del pedestal y en la boca le han metido los dedos con los que solía escribir. Le han cortado la lengua y se la han introducido en la garganta y las cuencas vacías de los ojos están ensangrentadas. Del cuello le han colgado un cartel: AHORA ESCRIBE TUS ARTÍCULOS, NIÑO SALVAJE.”

Este párrafo puede leerse en la parte final de El cártel, continuación de El poder del perro, ambos con la firma de Don Winslow. La suma de los dos libros supera las 1.200 páginas y los miles de muertos, y convierte en literatura de la mejor especie 40 años de la historia del narcotráfico al norte y al sur del Río Grande. Pero una y otra son algo más que dos extraordinarias novelas, posiblemente las mejores que se han escrito hasta el momento sobre el universo narco-mex. Son un relato estremecedor, rabioso, intenso, brutal y despiadado –muy despiadado– de unas maneras de entender la vida y especialmente la muerte. Tan veraces que producen escalofríos. Páginas que rezuman sangre; personajes que sobreviven a su descenso a los infiernos y a la desaparición irremisible de cualquier clase de valores o principios que algún día pudieron tener; perdedores que rezan y matan con la misma pasión y que deambulan más allá de la redención.

Y luego está México. Un país en el que las líneas que separan el bien y el mal son tan difusas que no existen. Una tierra sin buenos ni malos donde todos se pierden antes de llegar a encontrarse. Un lugar en el que sus autoridades y sus delincuentes se reparten los delitos y las víctimas. Una cruel estadística en la que lo único que crece vertiginosamente es el número de muertos que provocan unos y otros. “Hablo por los torturados, los quemados y los despellejados por los narcos, apaleados y violados por los soldados, electrocutados y medio ahogados por la policía”, puede leerse en el libro en una frase que no es simplemente un trazo de ficción; una frase que evidencia la podredumbre enquistada a fuego en la sociedad mexicana.

Y también Estados Unidos, razón de ser de ese narcotráfico depredador con los de Sur para disfrute de los del Norte. Estados Unidos y esa frontera geográfica y existencial que atrae y repele a los habitantes de ambos lados. Un frontera que pese a todo sigue siendo un gran escenario de western, como antaño; un territorio comanche de polvo y sangre, infinito en su longitud y en su maldad donde nada termina nunca, donde todo nace diariamente.

Adán Barrera es el nombre del narco que protagoniza ambas novelas. Para muchos es el alter ego del Chapo Guzmán, el narcotraficante sinaloense que la policía mexicana detuvo el pasado viernes. Uno y otro tiene una historia paralela: desde asesinar cardenales en un aeropuerto repleto de viajeros a fugarse con estrépito de las cárceles de máxima seguridad en las que han sido encerrados. También coinciden en haber matado y exterminado a miles de hombres, mujeres y niños a la vez que llenaban de obras de caridad y de hospitales, escuelas, carreteras y calles esos pueblos dejados de la mano de Dios donde sólo ha llegado la mano del narco. Y tanto a uno como a otro se les odia y teme con la misma intensidad que se les ama e idolatra. Personajes de cine y de funeraria, de esos que se santiguan antes de desmembrar a su víctima. Uno y otro tienen ínfulas cinematográficas, uno y otro forman parte de esa escuela corleoniana creada a la par por Mario Puzo y Francis Ford Coppola.

Pero la vida en México no es de celuloide. Y la muerte de periodistas como el Pablo de la ficción es tan auténtica que duele. Winslow ha declarado en más de una ocasión que todo lo que cuenta en ambos libros es tan real que le asusta: “No hay casi nada en ellos que no haya sucedido”. ¿Incluso lo del periodista que abre este artículo? “Incluso”, sentencia el autor. Muertes tan aberrantes que parecen irreales y que sin embargo han tenido lugar en un gran campo de batalla sobre fondo de amapolas donde según Winslow han caído más de 60.000 personas a manos de los narcos.

Entre ellos, los 131 periodistas que, como el Pablo de El cártel, han muerto o desaparecido durante los 10 años en los que transcurre la trama de esta novela, y a los que el autor da nombre y apellido en las primera páginas del libro.