La tribuna

No es otra estúpida españolada

Fernando Hernández Barral
No es otra estúpida españolada

Ilustración

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La crítica ha vapuleado al último hito del cine español, una secuela cuya taquilla final puede alcanzar los cuarenta millones de euros.

Hace tres años, cuando se rodó la primera parte del film, nadie sospechaba la euforia venidera. Se trataba de una película más, simpática y honrada. Quizás el único sabedor de las auténticas posibilidades de su retoño era el magnate italiano que había colocado las piezas del proyecto: un argumento similar al de una reciente comedia francesa, dos guionistas televisivos, un actor viral, un productor de confianza…

La chanza vasca recuperó el viejo sabor de compartir risas con trescientos desconocidos

Y la película obró el milagro: salas llenas en plena crisis, espectadores que la vieron hasta dos y tres veces. En un momento en el que el cine como experiencia comunitaria se estaba perdiendo, la chanza vasca recuperó el viejo sabor de compartir risas con trescientos desconocidos.

Como razones del éxito se apuntaron la tradición casticista de la comedia española –Arniches, Mihura-, unos actores en estado de gracia y una brillante estrategia de marketing. Se antojaba bastante lógico que la cinta triunfara. Pero el fenómeno no era tan mecánico, había un puñado de películas en la cosecha del cine español con los mismos ingredientes que en cambio no habían arrasado como las aventuras de Rafa, Amaia y su Aita.

La comedia siempre ha sido algo muy serio con capacidad para revelar verdades que duelen

No tardaron en llegar los análisis sociológicos que hablaban de catarsis nacional, por fin los españoles eran capaces de reírse de si mismos, argumentaban.

Hoy, a la luz del éxito de la segunda entrega, se observa que el éxito de la cinta no tenía nada de casual. Se jalea el éxito de la secuela de Mediaset pero quizás se olvida su carácter vitriólico. La comedia siempre ha sido algo muy serio con capacidad, quizás más que otros ámbitos de la ficción, para revelar verdades que duelen. 

La primera parte estrenada en 2013 esboza un complicado juego equidistante que ridiculiza el contexto social y político de Euskadi. Borja Cobeaga, guionista del éxito y su secuela, siempre ha argumentado que el “problema vasco” consiste en que en Bilbao no se liga. El tópico ilustrado por numerosísimos chistes del tipo “somos de Bilbao” confunde al espectador, le hace bajar la guardia y relajar las defensas.

La Masía autónoma es una especie de jardín de infancia de niños que se resisten a crecer

Cobeaga no es ningún ingenuo, tanto él como su coguionista, San José, articulan un discurso político en las dos películas, mucho más complejo en la segunda. Y es que “el problema catalán” ajeno a la violencia terrorista permitía ir mucho más lejos con dardos y puyas de calado.

En la reciente secuela, el recurso -prestado por el clásico alemán Goodbye, Lenin (2002)- del simulacro de una Cataluña independiente en el microcosmos de un pueblo del Ampurdá funciona como burla potentísima del buenismo nacionalista. Se diría que la Masía autónoma es una especie de jardín de infancia de niños y niñas que se resisten a crecer. Pero como toda buena comedia hay un momento en que al espectador la risa se le congela y se le tuerce el gesto.

La sangre no llega al río y las bromas disipan la sensación de incomodidad

De pronto descubre que en la Arcadia Nacionalista los “españoles” –encarnados por la comunidad de funcionarios- son apartados, encerrados en un bar y sobornados con jamón y Rioja. Es verdad que la sangre no llega al río y que enseguida las bromas disipan la sensación de incomodidad pero es en dicha broma cuando la película toca pelo. La cultura española nunca había articulado una denuncia más eficaz del racismo nacionalista.

En un reciente foro universitario la audiencia se echaba las manos a la cabeza, el éxito de Mediaset sembraba el pánico entre los aspirantes a guionista. Se comentaba que las productoras ahora sólo iban a pedir España Cañí. Adiós al cine de género, menos Isla Mínima y más Torrente concluían aterrados los jóvenes cachorros.

El argumento es falaz y torticero. Para desmontarlo bastaría proyectar a quien lo exponga la quinta parte de las aventuras del antihéroe encarnado por Santiago Segura. En 2018 España ha vuelto a la peseta y la Selección Española se enfrenta a la Cataluña Independiente. La película comienza con Torrente saliendo de una cárcel, ¡a la cual la mayoría de la población quiere entrar dada la miseria que se vivía fuera de la misma!

Para conocer la España de la Transición hay que ver las comedias de Ozores

Se subestima la cultura popular española. Enseguida se recurre al ejemplo de la telebasura como vórtice ciego del entretenimiento. Sin embargo cultura popular no es sólo el programa de Jorge Javier y sus epígonos. Cultura Pop en España es Zarzuela, Copla y Flamenco; El Barrio y Estopa; Camela y Torrente.

Para conocer la España de la Transición hay que ver las comedias de Ozores y el cine quinqui de Eloy de La Iglesia, del mismo modo aquel que quiera conocer cómo se reía y cómo se sentía en nuestra España de las autonomías habrá que proyectarle el sainete que hoy copa las pantallas de media España.

La película más vista de este año es justa porque da lo que promete

La cinta más vista de 2015 es justa vencedora porque es honesta. Ya desde su póster no trampea, da lo que promete. Una tarde de risas entre amigos.

Además, Ocho apellidos catalanes es una cinta mucho menos inocente de lo que aparenta, quizá coyuntural y alimenticia debido a la premura de su producción, pero oculta en su interior un discurso antinacionalista e integrador, maduro y potente. Que la película haya sido un éxito precisamente en Cataluña viene a confirmar su capacidad de carga de profundidad política. A veces para ser honesto hay que mentir, adornando la mentira con chistes y gags. Cuando un Reino se encierra en sí mismo solo se le permite decir la verdad a los bufones…

***El autor es doctor en comunicación audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid

***Ilustración: Laura López Balza