El zaguán

¿De dónde viene ese enojo?

Con el bipartidismo celebrábamos mejor. La vieja política daba a las sobremesas un motivo para la siguiente ronda. Era sencillo lanzar pullas y ocultar la mano después de arrojar la piedra. Había un modo amable de trasegar vehemencias beodas. La nueva política ha convertido la cena de Nochebuena y la comida de Navidad en una guerra africana sin épica ni gracia.

Antes era divertido hacer yesca con los lugares comunes sobre el aborto, sobre la homosexualidad y las adopciones, o sobre la memoria histórica de quienes jamás se interesaron por otra historia que no fuera la propia, querida familia. Los jodones hacíamos de torero bombero con una salva de espumosos hasta obrar el milagro de las reconciliadores.

Estas fiestas hemos aprendido que si hay algo peor que esas dos Españas que el corazón hielan son estas cuatro hipertrofiadas de un encono que no procuran las bebidas destiladas.

¿De dónde procede ese enojo? Uno piensa en los primos que no supieron estrecheces, educados y con las oportunidades que no conocieron sus padres y no entiende, por ejemplo, que justifiquen el puñetazo a Rajoy como una reacción a “la violencia del sistema” o que se presten a asaltar el Palacio de Invierno sin saber qué demonios pasó en 1917. Otros añoran los sables de un general sin haber leído a Unamuno: “Esto sólo lo arregla…” y tanto que se arrepintió luego.

Hay un rencor heredado que vuelve. El rencor domesticado del abuelo preso que dijo adiós en una tapia y la tía monja bajo el manto en llamas de la Virgen no tienen nada que ver con esto. Esto es grosero por absurdo.

Estas personas han olvidado la paciencia de la masticación. Así no hay cordero que valga. En la soberbia de quienes votaron a Podemos, en la causa pendiente de quienes apoyaron a Ciudadanos, en el sentimiento de injusticia de quienes votaron a Rajoy y saben que al presidente se le está amargando el turrón por mucho fútbol que le echen subyace una mala baba incomprensible.

Este país, esta mesa de vinos y mariscos, se hace cuesta arriba. Si no hay elecciones España será ingobernable y Felipe VI -qué discurso más soso- soñará con su bisabuelo. Si hay nuevas elecciones, el voto dividirá aún más la sociedad: con un PSOE en horas bajas muchos votarán al PP aunque sea con pinzas, y el resto se alineará con Podemos y cantará “A cabalgar hasta echarlos en el mar”.

Esto tiene mala traza. Necesitamos relajarnos, claro, necesitamos vacaciones sencillamente bipartidistas.