Sin soltar amarras

Los justos

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En Navidad se producen el 70% de las donaciones a las ONG y demás instituciones de ayuda a los desfavorecidos. Supongo que la época es propicia para sacudir conciencias, y además la inminencia de la paga extra nos deja ser un poco más espléndidos que de ordinario. Hablo con el responsable de una de esas entidades y me cuenta que la mayor parte de esos donativos, especialmente los más generosos, se hacen desde la condición del más estricto anonimato.

Hay ricos de solemnidad que se sacuden la cartera con la única condición de que no se diga a nadie de donde procede el cheque jugoso que acaban de entregar. En pocos países se esconde tanto la solidaridad como en el nuestro: quizá por nuestra educación de base cristiana –"que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda"– preferimos ayudar en secreto, como si hubiese algo de pudor en echar un cable al prójimo.

Lo mismo que nosotros no hablamos de que hemos dado cien euros a una ONG, los filántropos patrios esconden sus alharacas de esplendidez como si fuesen una enfermedad venérea. Y es una pena. Porque algunas veces el deseo de ayudar nace también de la voluntad de emulación: cuando alguien hace pública una donación importante a una obra social, en los días siguientes las ayudas (pequeñas y grandes) se multiplican. Yo defiendo la publicidad de la ayuda con el mismo ardor que la ayuda en sí: cada vez que digo a mis amigos que he echado una mano a determinado proyecto, dos o tres se suben al carro y me preguntan cómo pueden hacer lo mismo.

La generosidad no es el diamante de quince quilates que no resulta de buen gusto lucir en público, sino esa joya recuerdo de familia de la que es hasta bonito presumir ante terceros. Si está usted pensando en echar un cable en la parroquia, si tiene ya preparado el sobrecito para la obra soberbia del padre Ángel, si va a hacer una transferencia a Cáritas, o a Médicos sin fronteras, o a Unicef, no lo oculte a los suyos: su ejemplo impulsará a otros.

Ojalá los filántropos españoles –que les aseguro que los hay, y son muchos– copiasen las maneras de sus homólogos americanos y nos dejasen enterarnos de la cosas buenas que hacen. El mundo merece más la pena si hay espejos limpios en los que mirarnos, si hay buenas personas a las que podemos parecernos. No se oculten para hacer el bien, que bastante tenemos con los que se esconden para jugárnosla todos los días. No nos podemos permitir el lujo de no identificar a los justos.