Libro primero. Camino del 36

Más sobre la república

(13 de diciembre de 1935, viernes)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

  1. Vísperas del 36
  2. Opinión

-Venga, deja esos libros y acompáñame a dar una vuelta.

-Como usted quiera, padre.

Anduvieron por una callejuela lateral en dirección al campo que empezaba donde acababa el caserío de Carabanchel. Pronto dejaron las casas atrás y se adentraron en los terrenos baldíos que rodeaban la localidad. Llevaban un tiempo en silencio y Pepe Mañas volvía a darle vueltas a la política.

-¿Por qué ha fracasado tan pronto la República, padre? ¿Por qué no ha funcionado como en cualquier otro país, como en Francia, por ejemplo?

-Pues porque los españoles nos creemos rusos, hijo.

-Hábleme en serio, padre. Deme su opinión.

-Mi opinión es que los republicanos quisieron tranquilizar a los conservadores, para evitar la fuga de capitales, y por supuesto una posible revolución. También quisieron tranquilizar a la vez a los grandes terratenientes y a los campesinos sin tierra, con una reforma agraria que no era ni chicha ni limonada. Procuraron reformar el Ejército con la ley Azaña, que, además de no solucionar nada en profundad, hería susceptibilidades. Y encima se libraron a torneos demagógicos contra la Iglesia, sin tener alternativas en la educación. En los tres frentes fallaron y no solo no satisficieron a nadie, sino que agraviaron a todos.

-Ángel Navarrete y los anarquistas piensan que hubo dos varas de medir, una con los sindicalistas, a los que masacraron en Casas Viejas, y otra con Sanjurjo, al que conmutaron su pena de muerte por la cárcel y luego el indulto, o Juan March, que se fugó de la cárcel tranquilamente en coche.

-A mí, como militar, me pareció lógico no ensañarse con Sanjurjo, pero a lo mejor también fue un error. El régimen tenía que hacer frente a tres problemas: la tierra, la Iglesia y el Ejército, y ninguno lo han resuelto. Y ahora los tres están acabando con la República.

-La reforma agraria fue decepcionante.

-La reforma agraria fue la quintaesencia de la pedantería de esos ateneístas del Congreso que creen que poniéndose de acuerdo ellos se solucionan las cosas. Han actuado como los arbitristas del siglo dieciocho. Al principio querían asentar por cada diez hectáreas una familia campesina. En el 31 había cinco millones de campesinos sin patrimonio y habrían hecho falta diez Españas desempedradas para asentarlos. Encima, al final cambió el signo de gobierno y se acabó la reforma, para gran frustración de los campesinos. Luego, la Iglesia. ¡Mira qué barbaridad esa idea de disolver las órdenes y nacionalizar su patrimonio! Menos mal que Alcalá-Zamora y Miguel Maura amenazaron con dimitir, y Azaña tuvo que enmendar la Constitución y anunciar que las órdenes subsistirían en espera de que una ley regulara su existencia y que se seguiría abonando el presupuesto del clero dos años más. Al final solo se ha disuelto a los jesuitas y de todas maneras con los gobiernos radicales se han restablecido los haberes del clero y se ha decretado que los eclesiásticos son empleados públicos. Es más o menos lo mismo. Y en cuanto al ejército, se quería acabar con la hipertrofía de oficiales, totalmente inútil sin el imperio. Pero para no herir susceptibilidades han retirado a oficiales con sueldo íntegro, manteniendo derecho a uniforme y arma. El resultado es que todos se dedican a trasegar por los cuarteles y a conspirar. Y ese es el peligro mayor para la República. Si vuelve Azaña al poder, no sé si tras la reactivación militar que ha supuesto el paso de Gil-Robles por el Ministerio de la Guerra, los mandos volverían a aceptar tan sumisamente una nueva política de restricciones…

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