La tribuna

Cuenta atrás para el pujolismo

Alfons Quintà
Cuenta atrás para el pujolismo

Ilustración

El pujolismo agoniza. No desaparecerá sólo un partido (Convergència) sino lo que quiso ser, sin logarlo, una ideología, una Weltanschauung, una visión del mundo. La ambición fue cósmica y el resultado nulo en cuanto a hechos positivos. El castañazo debería ser muy grande para así provocar una imprescindible reacción de rechazo.

Formalmente, será lo que en Medicina recibe el nombre de fallo multiorgánico. La inmensidad del cambio en ciernes en Cataluña hace que incluso su preludio sea convulsivo. Mas está luchando para durar una semana o dos más. Llegar hasta el día siguiente al 20-D será una epopeya. Hacerlo hasta inicios de enero, en que unas autonómicas serán legalmente imperativas, sería digno de Hércules. Como siempre ocurre, Mas puede ser rematado desde muy cerca. ERC encarna el abrazo del oso.

De momento ya ha decido abandonar el nombre de su partido, por su desprestigio y por su futuro tenebroso. En la última encuesta, su nueva marca quedaría en el 20-D en quinto lugar. También retrocedería, y mucho, en unas elecciones autonómicas anticipadas que serían las terceras de este género. Además, es probable que vayan cayendo imputaciones por corrupción, con su correspondiente efecto devastador. Ya era hora.

Para Cataluña, la recuperación será larga. El periodista Rafael Jorba, osó escribir en La Vanguardia que para superar políticamente el actual bache serán precisos unos ocho años y para una superación en el orden social y cultural se necesitará una generación, o sea, unos 25 años. Será así, o peor.

Pujol se propuso imponer una desestructuración ideológica para moldear la sociedad a su gusto

Estamos ante un problema no sólo político, sino que afecta a las bases mismas de la sociedad catalana. Se ha manifestado a través de una locura pretendidamente política (el secesionismo) pero cuenta con otras componentes nada adjetivas. A lo largo de decenios, Pujol se propuso imponer una desestructuración ideológica y social para luego moldear la sociedad catalana a la medida de su ambición de poder.

Deliberadamente, creó una gran destrucción conceptual. Así, han aparecido unos cientos de miles de independentistas que nadie se esperaba. A día de hoy no son mayoritarios y su número baja, pero no hay que menospreciar el tema. Tenía vocación de hacedor de sociedades. Lo consideraba adecuado para su arriesgado cometido: una sociedad dominada desde el poder gracias a lo que ahora se está constatando judicialmente.  No es un caso más. Es muy singular.

Quería refundar a los catalanes y algo consiguió. Al ser un gran reaccionario, pensaba en un modelo rural, por no decir carlista. Admiraba y deseaba el poder total, a lo feudal, no a lo totalitario. Lo que concibió como una dinastía. Ninguna tipología personal le cuadra más que la figura de "amo" rural. Conozco muy bien al personaje, como es notorio.

Hoy nadie hace nada para acompañar el reintegro de muchos miles de personas (hoy independentistas) a la sociedad catalana preexistente, previa liquidación del pujolismo. Quien más podría hacer, y no lo hace, es el circuito catalán de radio y de televisión españolas. El independentismo ha hablado grotescamente de tanques, en plan primavera de Praga del 1968, pero no se queja de aquel circuito porque no le causa ningún daño, cuando la dignidad televisiva y radiofónica en Cataluña es muy mínima y peligrosamente marginal.

A la sombra del poder autonómico ha crecido en Cataluña un gran mundo empresarial

Luego ha habido otro catalizador también delirante. Ha sido la ambición de poder personal de Mas. Aprendió de Pujol el uso del dinero y de las conexiones crematísticas en política. Pero usar sólo un enfoque psicológico daría una imagen parcial, pese a ser útil respecto a todos los demagogos, en particular a los aderezados con mesianismo.

Por otro lado,  nunca hay que olvidar que hoy en Cataluña existe un delicado mundo de digamos circulación monetaria legal. Sin su comprensión no se puede aspirar a entender nada. La sombra del poder autonómico lo cobija. Es así hasta el punto que en medios económicos se oye hablar con naturalidad o resignación de dos grandes mundos empresariales, en particular en el orden industrial. Uno es el que se ha situado al socaire de la Generalitat y el otro no. Ahora viene la buena noticia: va mejor el que rehuyó acogerse a la protección política.

En la provincia de Tarragona todo el complejo mundo crematístico incluyendo el oscuro, de proximidad política, deslumbra los ojos. En octubre de 2011 destapé el caso Innova, de origen sanitario que, con 50 imputados y buenos magistrados, va bien procesalmente.

La muerte del pujolismo debe implicar el fin de todo un sistema, que, repito, está generalizado en Cataluña. Los debates parlamentarios sobre la familia Pujol mostraron la voluntad de los partidos de evitar ir al fondo del principal problema catalán. Con dinero de origen singular se ha creado una tentacular estructura de poder social. No todo el mundo desea exponerlo.

Lo que está aguantando a Mas es el amparo mediático con el que cuenta, en especial TV-3

Pero hay que confiar  en el poder judicial. Ello me permite recordar el gran error cometido cuando los medios de comunicación ahogaron, con su silencio, el caso Banca Catalana. Hoy mismo también se olvida que gran parte de la resistencia de Mas a abandonar su poder, que ya está en harapos, es debida a la presión de los clanes pujolistas corruptos.

En la realidad práctica actual y cotidiana lo más sustantivo, lo extraordinariamente decisivo para Mas, es el amparo mediático de la inmensa mayoría de medios de comunicación, en particular los de titularidad pública autonómica. Sin TV-3 Mas caería en cuatro días o en cuatro horas. Es el Sancta Sanctórum de su maldad y de su supervivencia.

Caído Mas y el pujolismo será preciso recrear, de manera inclusiva, la Cataluña moderada que existió. Hay trabajo para rato, pero la desaparición política de Mas ya caracteriza una maravillosa cuenta atrás. Habrá que recuperar elementos básicos deliberadamente destrozados. En primer lugar la juridicidad, sin la cual no puede haber democracia, ni mínima.

*** Alfons Quintà es periodista