El rugido del león

Lo que nos jugamos en París

La cumbre de París es, de entrada, un éxito de convocatoria que otorga al cambio climático auténtico rango de problema mundial. Que 150 jefes de Estado de todo el mundo acudan a este llamamiento para discutir acerca de cómo paliar el calentamiento de la atmósfera, coloca este asunto en el centro del debate y deja definitivamente atrás las posiciones escépticas que funcionaban como excusa para la inacción.

Ahora bien, en beneficio de todos, ese éxito de concienciación debería traducirse en medidas concretas que permitan avances significativos en el cambio del modelo energético. Nunca son fáciles acuerdos globales y más cuando, como en este caso, conllevan enormes repercusiones sociales y económicas.

Datos para el optimismo

Hay indicios para cierto optimismo. El plan que saldrá de París y sustituirá a los acuerdos de Kioto será mucho más ambicioso e involucrará a muchos más estados. Existe consenso general en cuanto a que se debe ir a una progresiva eliminación de combustibles fósiles. Y está el convencimiento de que esta empresa supone una factura elevada y a largo plazo pese al momento de recesión mundial. Además de la reconversión que tiene que hacer cada país para reducir sus emisiones, hay que crear un fondo ecológico para indemnizar a aquellos cuya adaptación a los criterios de respeto al medio ambiente es particularmente costosa, por encontrarse en vías de desarrollo.

El objetivo que se plantea la comunidad internacional en esta cumbre de París es que la temperatura del planeta no se haya incrementado al final de siglo en dos grados centígrados. En lo que va de siglo, ya lo ha hecho en uno.

Los acuerdos, mejor si son vinculantes

Una de las claves para que los acuerdos no se queden en papel mojado es que sean vinculantes y no simples adhesiones voluntarias de los firmantes. Es un objetivo que no todos los dirigentes están en condiciones de cumplir, aun en el caso de que tengan  voluntad política de hacerlo. Es el caso de Obama: sus deseos ecologistas chocan con la mayoría republicana del Congreso, que es el que tiene la última la palabra en este caso.

Al final, la solución al problema del clima hay que buscarla en las energías limpias, con apuestas como el coche eléctrico, una de las obsesiones de EL ESPAÑOL. Se trata de una opción realista que obliga a fomentar su uso por parte de los gobiernos, ofreciendo facilidades para su compra y generalizando los puntos de recarga de baterías. También, por supuesto, se tiene que seguir invirtiendo en investigación de energías renovables y, en paralelo, detener la deforestación de bosques como los de la Amazonia, auténtico pulmón global.

En París, aunque pueda sonar tremendista, se decide estos días el futuro del planeta. Cabe exigir a los mandatarios que estén a la altura de las circunstancias, por la cuenta que nos trae a todos nosotros y a las generaciones futuras.