La regla de Píndaro

Cuestión de agallas

Dentro de tres semanas, los españoles estamos llamados a participar en las elecciones más relevantes de lo que va de siglo. Tras la cita del 20-D, es bastante probable que muchas cosas no vuelvan a ser como eran, pero lo que es seguro es que el Gobierno que resulte de los comicios tendrá ante sí un desafío sensacional. Sin ánimo de ser exhaustivos, tendrá que afrontar la reparación del desgaste del marco constitucional vigente desde 1978, la superación de una quiebra inédita de la cohesión territorial en forma de intento de secesión, la aplicación a una ciudadanía ya muy castigada de los recortes adicionales que exigirá Bruselas y, por si lo anterior fuera poco, la definición de nuestro papel en un conflicto internacional que nuestros socios plantean en términos inequívocamente bélicos. Crisis constitucional, territorial, económica y de propina una guerra. Ahí es nada.

En tamaña encrucijada, y enfrentado a semejante reto, la respuesta de Mariano Rajoy es despachar a su segunda a los debates con el resto de candidatos y evitar pronunciarse sobre cualquier tema que resulte incómodo, so pretexto de su cargada agenda y de impedir la utilización electoral de materias sensibles (como el envío de tropas) por sus adversarios políticos.

Lo primero es una falta de respeto pasmosa de quien con tanto desparpajo escurre el bulto: hacía sí mismo, hacia sus votantes y hacia aquellos cuyo voto pide sin tomarse la molestia de confrontar sus propuestas con los candidatos de las opciones alternativas. Gusten o no, a los líderes de los partidos emergentes, que ya rigen las dos primeras ciudades del país y condicionan la gobernabilidad de casi todas las comunidades autónomas, no se les puede ningunear así. Negar la complejidad de la realidad, porque a uno no le conviene, porque le da pereza o simplemente le parece un lío, no es un modo sensato de gestionarla y en un candidato a presidente supone una ligereza inadmisible.

En cuanto a lo de guardarse lo que uno piensa hacer sobre asuntos cruciales, sólo puede entenderse sobre la premisa de la irrelevancia del programa electoral, agitado ante los electores como el engaño ante el toro para luego esquivarlos o, peor aún, estoquearlos a placer. Decir qué papel se va a asumir en esa guerra que llama a las puertas no es dar pie a electoralismos, sino cumplir con el deber y la responsabilidad que se contrae con la población a la que se impondrán en su día los sacrificios que la decisión comporte. Es, también, tener las agallas de tratar a los ciudadanos como seres adultos, y a los problemas como algo más que fastidios que el tiempo o algún otro ya resolverán.