El Pandemonium

El cobarde de Occidente

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Dice Pérez Reverte en Twitter que los europeos estamos amariconados. Que qué habría pasado si los centenares de la discoteca Bataclan se hubieran abalanzado contra los del AK-47 y que a ver cuánto dura un terrorista europeo con un arma en una mezquita siria. Que ni a recargar le daría tiempo, dice.

Ya me gustaría a mí que en algún rincón del mundo existiera una raza de tipos con los huevos como bolas de demolición. Hombres y mujeres capaces de embestir como un miura y con los ojos inyectados en sangre al hijo de puta que anda regándoles el cuerpo de balas. El caso es que, si esos valientes existen, no andan desde luego por el Tercer Mundo.

En junio de este año, Boko Haram asesinó a decenas de personas en un mercado nigeriano. Ninguno de los finados murió intentando arrancarle el AK-47 de las manos a los terroristas. Es más: el ejército tuvo que pedir el apoyo de la fuerza aérea para hacer retroceder a los terroristas.

Hace apenas dos meses, al menos veintiocho personas murieron en un doble atentado contra una mezquita de Saná, la capital de Yemen. Tampoco hay noticias de que las víctimas se enfrentaran a pecho descubierto a los terroristas.

Hay docenas de ejemplos más.

La decisión de afrontar un riesgo extremo no es más que un cálculo de probabilidades. ¿Cuál es la probabilidad de que el terrorista te fría a tiros antes de llegar a él y cuál la de sobrevivir si intentas huir? Si la primera probabilidad es muy superior a la segunda, quizá porque estás arrinconado o porque te separan veinte metros del terrorista, lanzarte a por él es una idea de bomberos. Es probable que cien tíos corriendo en dirección al del AK-47 lograran destriparlo fácilmente, pero a ver quién es el guapo que encabeza el grupo sabiendo que la primera docena de valientes palma con total seguridad. Y el resto también si el tipo lleva un cinturón explosivo.

Miren. La ventaja de vivir en Occidente es que contamos con policías y soldados entrenados precisamente para eso: para abalanzarse sobre el terrorista y arrancarle la espina dorsal con los dientes antes de que el tipo pueda pestañear. Así que el problema no es que yo no tenga los huevos necesarios para enfrentarme al terrorista a portagayola. El problema es que no los tiene el presidente de mi país para enviar a nuestros perros de presa, que los hay y muy eficaces, a la madriguera de los terroristas. Esos perros de presa están en el cuartel alicantino de Rabasa y se llaman grupos de operaciones especiales del Ejército de Tierra.

Lo mío no es cobardía, es instinto de autoprotección. Cobardía es lo de Rajoy.