La tribuna

Las primarias también se llaman Trump

David Jiménez Torres
Las primarias también se llaman Trump

Ilustración

Ya lo señaló hace tiempo el teórico marxista Slavoj Zizek: ¿cómo pudo sorprenderse tanto Occidente cuando se hicieron públicas las acusaciones a Michael Jackson de pedofilia, tratándose de un tipo cuyo álbum más reciente (por aquel entonces) se titulaba Bad? ¿Cuando el estribillo del primer single de aquel álbum proclamaba insistentemente “soy malo, soy malo, sabes que soy malo”, con un coro detrás que precisaba: “muy, muy malo”? Hoy, más de veinte años después, no tenemos que entrar en el farragoso análisis lacaniano que Zizek desarrolló a partir de este ejemplo para compartir una de sus conclusiones: que en la sociedad del espectáculo somos propensos a que el contenido lúdico de un evento nos distraiga de las advertencias que pueda contener.

Es el caso de Donald Trump y su estrepitosa campaña para ser el candidato del partido Republicano a la presidencia de EE UU. El recital de salidas de tono de ese magnate metido a líder populista ha sido sin lugar a dudas uno de los shows de los últimos meses. Los medios europeos se han hecho frecuente eco del caudal de declaraciones polémicas con que Trump ha ido animando la antesala de la campaña presidencial de aquel país, y los ciudadanos europeos las hemos comentado con esa condescendencia autocomplaciente que solemos reservar para los asuntos de Estados Unidos.

Sin embargo, lo que parece estarnos pasando inadvertido en medio de tanta salida de tono y tanto tuit ofensivo es que el show de Trump no es tanto un ejemplo de las idiosincrasias estadounidenses como una demostración de los aspectos negativos que pueden llegar a tener los sistemas de primarias en los partidos políticos. Precisamente el tipo de sistema que se empieza a aceptar en amplios sectores de la opinión española como condición sine qua non de la regeneración democrática, hasta llegar incluso, en el caso del PSOE, a proponerlo como obligación legal de los partidos políticos. Recordemos que, formalmente, pocos países tienen un sistema de primarias más abierto y competitivo que EE UU. Y esto, lejos de ser anecdótico, determina muchas de las dinámicas que luego se producen y que aquí observamos acompañadas de palomitas.

A Trump lo vio venir Tocqueville

En este sentido, hay que ver el show del partido republicano en su debido contexto. Trump intenta ganar unas primarias hipercompetitivas en las que los quince candidatos (llegaron a ser diecisiete) tienen que llamar la atención de los militantes más duros del partido, puesto que estos son los únicos que se molestan en participar en esta fase del proceso político. Cuando Trump dijo aquello de que los mexicanos que cruzaban la frontera eran asesinos y violadores lo hizo a sabiendas de que iba a provocar rechazo en la mayoría de estadounidenses; pero los destinatarios de aquella burrada no eran la mayoría de estadounidenses, sino ese pequeño sector de los mismos lo suficientemente motivado y enfervorecido como para dedicar las horas libres del día a acudir a reuniones del partido, a distribuir folletos, a organizar recogidas de fondos para la campaña. Lejos de ser un cortoplacismo suicida, Trump sabe que es inútil pensar a largo plazo si no logra la nominación de su propio partido. Y tiene razón: lo de los inmigrantes mexicanos disparó su popularidad en las encuestas.

En definitiva, Trump responde en parte a las idiosincrasias nacionales (y a las suyas personales), pero también en parte a los incentivos que crea un sistema de primarias abiertas. Y su caso no es un aldabonazo aislado: los estadounidenses llevan tiempo quejándose de que la dinámica de elección de candidatos (no sólo presidenciales sino a todos los niveles) de sus dos grandes partidos radicaliza el discurso político y supone una rémora a la hora de alcanzar acuerdos interpartidistas. Y también apuntan que esta hiperdemocracia pone a los candidatos en brazos de los distintos lobbies y grupos de presión, puesto que sólo con su dinero pueden pagar los anuncios y la publicidad que los ayude a descollar por encima de los otros candidatos.

De Estados Unidos a Europa

De nuevo, no caigamos en la tentación de pensar que todo esto se explica en base a idiosincrasias nacionales. Salvando las distancias, hemos visto una dinámica parecida a la de Trump en las primarias del partido laborista británico a lo largo del verano. La elección del izquierdista Jeremy Corbyn como nuevo líder ha sido una victoria antológica de las bases sobre el aparato del partido (sólo 20 diputados laboristas apoyaron la candidatura de Corbyn, frente a 210 que apoyaron a sus rivales), y una ratificación del grado de apertura y democracia interna que reinó en los comicios. Pero esta lectura entrañable se complica cuando entendemos que el aparato laborista se oponía a Corbyn porque entendía que no iba a gustar a la mayoría de los británicos; mientras que las bases apoyaron a Corbyn en parte porque les gustaba a ellos, y en parte, precisamente, porque no gustaba a aquellos de sus compatriotas que acababan de dar una mayoría absoluta al partido conservador. Aquí ya no tenemos una idiosincrasia nacional, sino la propensión de las bases de los partidos por los brindis al sol.

Aprendamos, pues, la verdadera lección del show de Trump: un sistema de primarias y una mayor participación ciudadana en la dirección de los partidos políticos no es una panacea por sí sola ni debe organizarse de forma acrítica, sino que requiere esfuerzos adicionales que recaen, inevitablemente, sobre la ciudadanía. Es decir: está bien pedir una mayor democracia interna a los partidos españoles (y, muy principalmente, al Partido Popular), pero también debemos esforzarnos en ser el tipo de ciudadanos que puede gestionar bien el poder que esto nos otorgará. Una hiperdemocracia formal, tanto en el gobierno de los partidos como en el de la sociedad en su conjunto, sirve de bien poco sin una sociedad civil fuerte, bien educada, respetuosa de la pluralidad de opiniones y con sentido de la empatía y la responsabilidad.

Bien estará que nos hagamos cargo de esto ahora, puesto que no somos tan distintos de los americanos como nos gusta pensar; al fin y al cabo vemos sus películas, nos colgamos de sus series, comemos en sus restaurantes y de vez en cuando hasta hablamos de su política.

***David Jiménez Torres es doctor por la Universidad de Cambridge y profesor en la Universidad Camilo José Cela

***Ilustración: Sergio J. Bermejo