En tromba

La Marsellesa

Aunque la música militar nunca me supo levantar, desde la noche del pasado viernes no puedo dejar de tararear La Marsellesa. Es el himno de los himnos incluso para quienes no creemos en himnos. Y en estos momentos de rabia y cólera, de odio y pavor, es lógico y justificable que los franceses, pero no sólo los franceses, griten su dolor al cielo y a las entrañas de la tierra al compás de estas estrofas escritas en la ya memorable madrugada del 2 de abril de 1792 por Claude-Joseph Rouget de Lisle, que no era músico ni escritor sino capitán de ingenieros de la guarnición de Estrasburgo.

No es de extrañar que su autor creara La Marsellesa de un tirón. Este grito de esperanza vino al mundo en unas pocas horas de inspiración, como una marea, como por sortilegio. Fue obra de un impulso, de un quejío, de un grito desesperado. Fue la creación del genio de una noche, como definió Stefan Zweig a Rouget en 1927: “Tiene dentro de sí la fuerza de un desconocido huracán. Escribe como si un viento impetuoso lo empujara. Es la exaltación, un entusiasmo, que no son precisamente suyos, sino propios de cierta mágica energía que los ha comprimido en un solo y explosivo segundo, haciendo que el insignificante aficionado sobrepase su propia talla, llegando a un nivel mil veces más elevado…”. Zweig incluyó el nacimiento de La Marsellesa en sus Momentos estelares de la Humanidad.

Sólo su música y letra han podido ahora insuflarnos energía suficiente para superar lo irreversible en estas horas en las que la muerte se había apoderado de la vida. En las que la locura de los depredadores parecía imperar sobre la cordura de los simples ciudadanos. Sólo su brío, su energía, su contagioso espíritu ha sido capaz de derribar los más altos muros y sacarnos del profundo hoyo en el que la sinrazón de los desalmados quería hundirnos. Pocos antídotos contra la derrota como las primeras estrofas de esta marcha que tiene el enorme valor de agitar conciencias, devolver valentías perdidas y acallar miedos repentinos.

“No fue compuesta para oyentes que estuvieran tranquilamente sentados, –añadió Zweig– sino para ser coreada por guerreros. No se compuso para que la cantara una soprano o un tenor, sino una ingente multitud… Fue el entusiasmo lo que le dio vida, antes de que cundiera por todas partes y que su melodía llegase al alma de la nación…”

Desde entonces, desde aquella noche de alumbramiento en Estrasburgo, La Marsellesa sigue siendo la mejor expresión contra el totalitarismo, el mejor ungüento contra la barbarie, el mejor antídoto contra quienes nos quieren poner de rodillas. Siempre se ha escuchado cuando había injusticias que acallar y tiranos que derribar. No es un himno, es una forma de entender la libertad, la vida. Y por ello mismo, por su capacidad para desencadenar en cualquier instante la rabia colectiva, no ha dejado de conmovernos todas y cada una de las veces que la hemos oído y sentido en estos días de pesadumbre.

Inolvidable y esperanzadora en la mítica Casablanca, cuando Viktor Lazlo la entona en el bar de Rick para contrarrestar a un grupo de oficiales nazis cantando una marcha alemana. Entrañable y sentimental, también, cuando los Beatles eligieron sus primeros compases para arrancar All you need is love, una canción que hablaba del amor y de la vida y que, quién sabe, quizá sonó alguna vez sobre el escenario de la desdichada sala Bataclan.