La tribuna

Esperando al próximo asesino

Ignacio Rupérez
Esperando al próximo asesino

Ilustración

A estas alturas de la tragedia de París no puede saberse dónde se producirá el próximo ataque yihadista, no se perfilará el motivo desencadenante ni tampoco será factible establecer una lista de personas y países a victimizar, tristemente merecedores de la violencia; hay conjeturas en abundancia, para todos los gustos y niveles de sensibilidad. Lo que sí parece estar claro es que para los terroristas unos países, unos ciudadanos y unos políticos son mas odiados que otros, por sus actuaciones o por su historia, pero todos están, estamos, amenazados.

Lo ha dicho con toda claridad el primer ministro de Francia, Manuel Valls, el mismo día de los dramáticos sucesos; ha alertado sobre la comisión de nuevos atentados, "lo único que no sabemos es el día". Realmente cualquier día y por cualquier motivo elegido por el verdugo puede reproducirse el drama, y en cualquier lugar por supuesto, con relativa independencia del impacto informativo; en Occidente preferentemente pero no tan solo, porque la intercomunicación de la aldea global en que nos movemos cubre todo el espacio, únicamente se matiza por la importancia política y cultural concedida a uno u otro lugar. Es decir, mejor París que Saná (Yemen) por su mayor sonoridad, no por el número de víctimas o el volumen de los destrozos.

Quiere esto decir que todos somos culpables a ojos yihadistas porque según ellos acumulamos múltiples motivos para el castigo. En fuentes ministeriales francesas se ha reconocido con orgullo que el país está librando tres guerras contra la barbarie yihadista; en Mesopotamia (Siria e Irak), en el Sahel y dentro del territorio nacional. A primera vista, por tanto, parecería que la línea macabra de los motivos esgrimidos contra Francia se agota por albergar el país una minoría religiosa y racial -pacífica en su amplísima mayoría pero que contiene sectores de alta criminalidad-, y también por sus intervenciones militares en terceros países emparentados con tales sectores por  raza y religión.

Aparentemente hay más motivos que los terroristas se inventan o exageran, que  traen a colación por el mero afán de matar y destruir. Así recordamos Túnez, Kuwait, Somalia, Yemen, donde se  procede contra la industria turística para arruinar el país, lo que también ha ocurrido en Egipto, contra turistas de toda procedencia y en especial los que vienen de Rusia. Pero también hay que matar chiitas en sus múltiples familias, en Siria, Irak y Kuwait, o miembros de otras minorías más o menos musulmanas pero que los salafistas consideran heréticas; no digamos con las minorías de religiones sincréticas, paganas sin remedio; y de paso destruir o contrabandear con el riquísimo patrimonio preislámico en nombre de la pureza de la fe, con una revelación irreversible e inalterable.

Desde los atentados de 'Charlie Hebdo' han sido muchos los ataques que prueban la voluntad de matar de los yihadistas

Todo vale por tanto. Desde el pasado mes de enero, en la serie de atentados que comienza de manera altamente visible con el perpetrado contra Charlie Hebdo hasta el viernes, se completa uno de los peores años que se recuerda en este goteo de horrores. Queda demostrado que la Yihad terrorista tiene sobrada voluntad de matar y destruir, que sus miembros están cada vez mejor organizados y tienen más audacia.

No nos debe doler prendas reconocer con toda la frialdad posible que en estos atentados de París, realizados de manera simultánea y coordinada en seis lugares, con suficientes armas y métodos de lucha adaptados, han presentado los terroristas tanto esa voluntad como esa capacidad, muy letales en sus resultados. A costa y contra la vida de gente que simplemente pasaba por allí, dejando un reguero de sangre pero también de resentimiento, dolor y miedo que va a confluir en regueros anteriores y que no es improbable que pasados los días confluyan con otros nuevos.

Francia y cualquier otro país, todo Occidente, tiene el pleno derecho a defenderse contra esos asesinatos indiferenciados y masivos en los que asesinos con fusiles de asalto y otras armas disparan contra todo lo que se mueve, como se ha padecido tantas veces ya.

Dada la extremada ceguera en estos asesinatos, no serían extrañas las respuestas que suponen reacciones exageradas también, contra lo que nos parezca sospechoso o simplemente desagradable. Incluso respuestas ciegas ante todo lo que parezca árabe, musulmán, contra Ahmed y Mohammed, la chica con velo, la mezquita que nunca nos gustó, etcétera, evidenciándose así que es la mayoría pacífica la que en definitiva saldrá también muy perjudicada en su vida diaria. Peligra su integración en la sociedad occidental, especialmente la de los jóvenes y la de la segunda generación de emigrantes, perjudicándose sus movimientos, sus relaciones personales y laborales. Esta especie de venganza y de juicio histórico en que se empeñan los terroristas de la Yihad es, a fin de cuentas, la enésima guerra civil entre musulmanes, el gran motivo para arruinar el futuro de esta minoría en Occidente.

El yihadismo defiende una concepción del mundo inspirada en lecturas sectarias de los textos sagrados 

De forma paulatina el yihadismo contrae y elimina sus propias perspectivas a base de introducir en ellas una mentalidad y una dinámica espiritual, una concepción del mundo inspirada por lo general en las lecturas equivocadas y sectarias de los textos sagrados, soliviantadas asimismo por esos componentes que pronto o tarde llevan a matar: mesianismo, milenarismo, el imaginario de los Últimos Días y el Juicio Final. Ese islam con vocación universal, tan perjudicado en su alcance por el Cristianismo y por Occidente, siente la necesidad de acelerarse en su perfección usando todos los medios, sin excluir la muerte violenta del enemigo, por supuesto.

Es el pseudoislam inventado a base de reintroducir el tiempo medieval, el de su máxima expansión espiritual y territorial -el Califato-, haciéndolo de manera vengativa y sectaria, lo cual lo reduce y enrarece en su proyección y significado en estos días post modernos. Eso lo hace incómodo en Occidente, pero también entre la amplísima familia chiita, los yazidís y sabeos, drusos, cristianos de diversas iglesias, etcéterta.

Olvidan los yihadistas que el mejor islam fue un islam inclusivo y generoso, el que abría al mundo su cultura y su pensamiento. En tal sentido, más nos queda de Iban Jaldun y Avicena que de Hassan Al Banna; de sus peores discípulos, los que matan y destruyen, todos debemos estar muy atentos.

Hoy todos somos franceses, como ayer fuimos estadounidenses, españoles, tunecinos... una nutrida legión de agraviados por una vanguardia asesina, enloquecida, voluntariosa y hábil, que con la ley y la democracia debe ser reducida, acorralada, eliminada.

La vida y la salud de las personas y de la sociedad en que se desenvuelven requieren con urgencia, sin prisa y sin pausa, que este atentado de París pudiera ser mejor el último que el penúltimo, dicho sea sin excesivo optimismo. Que se eviten actuaciones criminales de violencia especialmente odiosa, ciega e indiscriminada. Que si se registran emocionantes testimonios de solidaridad y dolor, también se eviten sonoras reacciones de racismo y xenofobia contra una minoría mayormente pacífica, explicables sobradamente pero muy malsanas en la vida de las personas y de los países.

***Ignacio Rupérez es diplomático.