La tribuna

Albert Rivera, el ansiado Sagasta

Albert Rivera, el ansiado Sagasta

Ilustración

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Uno de los tópicos de la Historia española es hablar de Cánovas como el “artífice de la Restauración”. Sin embargo, la estabilidad del régimen de 1876, que hasta el actual ha sido el periodo constitucional más longevo de nuestra contemporaneidad, no hubiera sido posible sin Sagasta. Mantuvo la monarquía en su hora más difícil, la Regencia tras la muerte de Alfonso XII; integró a la izquierda liberal y a los republicanos moderados de Castelar; y aceptó al adversario, a la derecha, a los conservadores de Cánovas, como un partido que también tenía derecho a gobernar, lo que hasta entonces estaba inédito en la política española. Y lo hizo gracias a tres factores: un liderazgo fuerte y reconocido, un proceso de unidad y fortalecimiento del Partido Liberal en torno a un ideario, y, por último, unas reformas liberalizadoras que modernizaron el régimen.

El tiempo de Sagasta no fue perfecto, claro, ni faltó contestación y crítica, como corresponde, pero sí resultó un gran avance frente a los anteriores líderes del progresismo, el centro izquierda español del XIX, como Mendizábal, Olózaga o Prim, y propició el turno entre dos opciones centristas. Sagasta consiguió, en definitiva, que cristalizara el sistema político de la Restauración, homologable a los más modernos de la Europa de su tiempo. Los tiempos son distintos, no completamente, pero la trayectoria y perfil de Albert Rivera apunta a que ya tenemos a un Sagasta para el nuevo tiempo que se abre.

Sagasta tardó diez años en construir un partido sólido de gobierno, entre 1875 y 1885. La izquierda liberal se fraccionó tras el fracaso de la Revolución de Septiembre. Unos defendieron el espíritu y la letra de la Constitución de 1869, Sagasta entre ellos, y otros, como Alonso Martínez, prefirieron la colaboración con los conservadores. Pocos meses antes del inicio de la Regencia, en 1885, nació el Partido Liberal como resultado de la suma del Partido Fusionista, fundado cinco años antes por Sagasta uniendo los constitucionales de otros grupos, y de la Izquierda Dinástica, antiguos radicales de Martos y Posada Herrera. Sagasta terminó de organizar el partido sumando a notables locales, creando así una estructura estable, aunque a veces contradictoria y problemática.

Rivera ha tardado diez años en construir una alternativa que pareciera algo más que un asunto meramente catalán. Bajo un nombre abierto, el de Ciudadanos, ha ido reuniendo a grupos, pequeños partidos y personalidades descontentas con la vida política. Esto no ha excluido a arribistas, como en la época de Sagasta, ni fracasos e incoherencias, como el oscuro episodio de Libertas o el tema de UPyD. Al igual que en el sagastino, en el partido de Rivera se cruzan los de Ciudadanos de toda la vida, aquellos que sufrieron sin dar un paso atrás la violencia nacionalista, la física y la estructural, con los recién llegados, aquellos subidos al tren del éxito cuando éste ya estaba en marcha.

El Partido Liberal nació en 1885 sellado por la llamada “Ley de Garantías”, un acuerdo que definió el programa de gobierno: aceptación del régimen de 1876, pero previendo la introducción de instituciones para democratizarlo y reformar la Constitución. Esto atrajo a los republicanos de Castelar, los posibilistas, cuya colaboración con el Partido Liberal de Sagasta ayudó al desarme del viejo republicanismo de asonada y taberna. El propósito era que el régimen tuviera los rasgos de una democracia moderna, para lo cual resucitaron el sufragio universal masculino y la libertad de asociación, actualizaron las de reunión e imprenta, establecieron el juicio por jurados, y por fin dieron un Código Civil basado en principios liberales.

Todo era reforma para Sagasta, como ahora parece ser para Rivera y su Partido de la Ciudadanía, empeñado en una “regeneración” que modernice el régimen sobre la base de la independencia del poder judicial, la clarificación del Estado de las Autonomías, la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la democratización de los partidos, y la actualización del consenso socialdemócrata con un estatismo proveedor. Es la tan ansiada como esquivada reforma del régimen del 78, sin violencias ni estridencias, sin populismos ni dudas, identificada hábilmente en una persona.

La utilización de la imagen de Rivera ha sido incluso abusiva

La habilidad de Sagasta para mantener unidos a grupos tan dispersos, y que se identificara el proyecto liberal con él, hizo que le llamaran el “viejo pastor”. Era un líder fuerte, reconocido, que supo fraguar acuerdos, crear lealtades, repartir cargos y presupuestos, y que gozaba de una gran popularidad. Las caricaturas de Sagasta con un enorme flequillo, en lugar de criticarlas, las aprovechó para consolidar una imagen simpática, a la que alimentaba, dentro de las limitaciones de la época, con una cuidada propaganda escrita y fotográfica sobre su carácter popular.

El liderazgo de Rivera en Ciudadanos es indiscutible. La utilización de su imagen en las elecciones, en cualquier pueblo o localidad, ha sido hasta abusiva. Pero eso ha logrado que se vincule el proyecto reformista e integrador de Ciudadanos con su persona, caracterizado, al igual que Sagasta, por un lenguaje claro, positivo y cuidado. Es más; incluso Rivera supo darle la vuelta a un intento de ridiculización por la comparación con el muñeco de Naranjito, asumiendo así la importancia de los medios y la imagen, como Sagasta. Y es que ambos entendieron la importancia de la comunicación política para establecer el vínculo entre el electorado, el partido y las instituciones.

Esa personalidad fue, y es, determinante en las relaciones con la Corona. María Cristina de Habsburgo, la Regente, apreciaba la llaneza de Sagasta, que le aconsejaba, divulgaba sus virtudes, y la defendía públicamente. Su don de gentes le abrió la puerta de Palacio, en una relación de complicidad y confianza, aunque siempre guardando las distancias protocolarias. Esto le diferenció del líder conservador, Cánovas, que fue con María Cristina más estricto, desconfiado y frío. El resultado fue que la Habsburgo prefería los gobiernos de centro izquierda, como ahora los dos últimos Borbones.

La presencia y amenaza de los nacionalismos, así como el ascenso de la extrema izquierda, no son problemas nuevos. Sagasta asistió al surgimiento de las primeras organizaciones regionalistas y nacionalistas, leyó los textos más racistas de Arana, y vivió los atentados anarquistas más salvajes, como el asesinato de Cánovas o las bombas del Liceo de Barcelona. No acertó a resolver el problema antillano, ni siquiera con la tardía autonomía, y tuvo que firmar la Paz de París en 1898. Rivera proviene de los tiempos más difíciles en Cataluña, y se presume su conocimiento para lidiar con el independentismo conservando su proyecto reformista nacional; esto es, sin ceder en los principios básicos que nos identifican con un país europeo moderno.

Ahora, Rivera parece que va a aglutinar el voto del centro izquierda a costa del PSOE, que quizá quede como el PASOK, y propone lo que Sagasta en 1885: un pacto de Estado, un nuevo Pacto de El Pardo que conserve lo mejor del régimen constitucional, y permita reformas que modernicen y revitalicen la libertad. Veamos si hay algún “Cánovas”.

***Ilustrador: Sr. García