Vísperas del 36

Companys, Largo Caballero y Carrillo

(6 de noviembre de 1935, miércoles)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

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Resumen de lo publicado. -Pla entrevista a Martínez Barrio acerca del escándalo del estraperlo que ha golpeado al Partido Radical. Largo Caballero y Companys se reúnen para discutir sobre el problema catalán. 

-Ese que viene contigo, Caballero, ¿quién es?

-Es Santiago Carrillo, el hijo de Wenceslao. Alguien de total confianza.

-¿De confianza? ¿En la Cárcel Modelo? Aquí hay chivatos hasta debajo de las piedras, collons.

-Déjate de tonterías, Companys, y dime de qué quieres que hablemos.

-De las próximas elecciones y de esa hipotética amnistía. ¿Es cierto que os vais a unir a los republicanos, tanto los caballeristas como los prietistas?

-Todavía no está firmado, pero sí.

-¿Y Cataluña, dentro de ello? ¿Y el estatut?

-Yo soy madrileño e internacionalista, Companys. Esa guerra no es la mía.

-Pero nosotros hemos entendido que con vosotros en el poder se puede hacer algo. Con Lerroux y Gil-Robles, imposible. Y vosotros nos necesitáis.

-Estoy recordando, compañero Companys, la última vez que fui a verte a Barcelona, justo antes de la revolución de Asturias. Entonces te expuse que teníamos necesidad de la CNT. Incluso tenía una reunión acordada con Durruti y García Oliver para una posible entente…, reunión que anulé porque tú me explicaste que no necesitábamos a los anarquistas. Dijiste que con tu solo prestigio levantarías a todo el pueblo de Cataluña, que poseías suficientes fuerzas disciplinadas y que no convenía asociarnos con "esos chicos de la Confederación y de la FAI", los llamaste. Y ya vimos el resultado. Te quedaste solo con tus proclamas en la Generalidad, llamando al pueblo a sublevarse desde el micrófono de Radio Barcelona. No acudieron ni la CNT, ni los del POUM, ni tampoco los rabassaires, que estaban lejos, donde hacía poco se había pisado la uva. Y de tus famosos miles de escamots, buenos burguesitos, los pocos que salieron a la calle empezaron a sentir el frío de las miradas despectivas de los barceloneses y fue un continuo abandonar las armas que os habíamos hecho llegar. Tengo entendido que la CNT se ha hinchado a recuperar los fusiles y las pistolas que tus chicos iban dejando en las alcantarillas. ¿Te acuerdas de ello?

¡Cómo no iba a acordarse! Companys se había tirado horas lanzando proclamas radiofónicas para que los obreros defendieran la Generalidad: "¡Rabassaires no me dejéis solo en este momento solemne! ¡Hombres de la CNT, siempre tan generosos, acudid a defender la Generalitat!". No acudió nadie y el silencio ciudadano lo rompió un tiroteo proveniente de las Ramblas donde únicamente los muchachos del Partit Proletari Català, separatistas y marxistas, intentaron resistir al batallón de infantería del ejército que anunciaba la proclamación del estado de guerra decidido por el capitán general Batet. Todo eso eran recuerdos nefastos para el jefe de Esquerra, y no pudo evitar mirar con malos ojos a aquel dirigente socialista, con su boina calada, que se lo recordaba.

-Tú opinas que no es posible lograr la independencia de Cataluña, ¿verdad, Caballero?

-Opino que todo es posible. Pero en estos momentos, ¿quién aspira de verdad a ello? Desde luego, los obreros, no.

-Aspiren o no los obreros, eso no quita que Cataluña está sometida al despotismo castellano, y que su existencia es una realidad histórica e idiomática.

-Yo no digo que no tengáis un idioma, Companys. Pero las fronteras que os separan de España no son de sangre y no están claras. Tu Cataluña a veces llega hasta Valencia y las Baleares, pero el país valenciano se siente tan separado como Navarra del conjunto de Euskadi. Los límites son más imprecisos que los de la península y vuestro separatismo es una manifestación burocrática de unos pocos, a los que se llama, en tu tierra, els de la seba.

-Cataluña también tuvo sus luchas de sangre contra España.

-Mira, Companys. La pérdida de la independencia nacional la selló aquello de tanto monta monta tanto. Vuestra conciencia nacional es una consecuencia más del desastre del 98, coincidiendo con la decadencia de todo lo español. Pero carece de profundidad. A mis sindicalistas barceloneses les sería difícil proyectar un sindicalismo revolucionario enfrentado al resto de España. Y de todas maneras, ahora de lo que se trata es de que nos unamos de cara a las elecciones, nada más. Pero para eso necesitamos que participen los anarquistas y yo, como jefe de la UGT, no tengo las mejores relaciones con ellos. ¿No fuiste abogado durante años de la Confederación?

-Eso fue hace mucho –dijo Companys con prudencia.

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