Vísperas del 36

La tertulia de Bergamín en el Lyon

(3 de noviembre de 1935, domingo)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

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Resumen de lo publicado. -El escándalo del estraperlo ha creado un cisma en las Cortes y ha acercado un paso más las elecciones. Bergamín comenta las visicitudes de la República en su tertulia del Café Lyon.

- El escándalo del estraperlo lo que ha conseguido es degradar definitivamente estas Cortes y acercar un pasito más las elecciones, y es por lo que el bloque gubernamental está preparando urgentemente la reforma electoral.

- ¿Y las izquierdas?

- Harán lo que puedan para impedirlo. ¿No oísteis a Azaña en Comillas? ¿Para qué vamos a acabar con una ley electoral justo ahora que las izquierdas están a punto de volver al poder? Sería estúpido que después de haberla sufrido en la última derrota, porque os recuerdo que globalmente las izquierdas tuvimos más votos que las derechas, y perdonadme que hable en primera persona del plural, pero ya sabéis que me cuesta no personalizar; cambiarla justo ahora que nos va a favorecer. Donde las dan las toman.

- Yo nunca entendí por qué se hizo esa ley.

- Es que tú estás en Babia, chico. Lo hemos discutido mil veces. Las leyes electorales durante la monarquía eran caciquiles, con distritos pequeños y unipersonales, que favorecían la manipulación. La del 31, además de establecer distritos grandes, premia a quien obtenga la mayoría con una bonificación brutal en escaños. Fue concebida, por Azaña y los socialistas, para acudir juntos en coalición y garantizarse en las Cortes una hermosa representación mayoritaria a repartir entre los socios. Pero no estaba pensada para que socialistas y republicanos se presentasen por separado, como en las últimas elecciones.

- ¿Y por qué lo hicieron?

- Porque los caballeristas se sentían agredidos por sus bases. Después de las bestialidades de Casas Viejas y la represión de la que se les corresponsabilizó junto a los republicanos, se dieron cuenta de lo mucho que desgasta formar parte del Gobierno, y decidieron salirse para satisfacer a las bases, pensando, además, que el camino a la dictadura del proletariado pasa por las huelgas y las armas, como en Asturias. Como no podían imponer una política puramente socialista desde su participación en el Gobierno, lo intentaron en la calle, con la revolución de Asturias. Prieto es el único que siempre ha sido, en realidad, parlamentarista y liberal.

- ¿Y por qué apoyó aquello?

- Por disciplina de partido.

- ¿Y por qué ahora vuelven a la fórmula de coalición?

- Para conseguir la amnistía. Es lo que va a juntar a todos esta vez, republicanos, socialistas, comunistas y hasta anarquistas. Por eso, en previsión de las nuevas elecciones, es por lo que urge tanto a las derechas el cambiar la ley electoral.

- ¿Y por qué no lo han hecho aún?

- Porque no se ponen de acuerdo. Lerroux y los radicales, los melquiadistas y los agrarios, defienden el retorno a las circunscripciones pequeñas. En cambio la CEDA, la Lliga y la izquierda moderada republicana quieren una ley que respete la representación proporcional pura o bien que por lo menos mantenga el sistema mayoritario pero con las proporciones de la ley Maura de 1907, según ellos más razonable que la actual.

A veces, a Bergamín le costaba ser didáctico. Había que explicarle todo, a cierta gente, o bien gentilizar las explicaciones, pensó. Estaban en el café Lyon, no lejos de Cibeles, desde donde él y el equipo de Cruz y Raya le hacían la competencia a la Revista de Occidente de Ortega. La principal diferencia era que la Revista se pretendía universal, se "extendía", como decía un crítico francés, y la de Bergamín "arraigaba", trabajaba en profundidad los clásicos españoles. Las raíces eran una de las obsesiones de este católico comunista que solía decir "con los comunistas hasta la muerte… pero ni un paso más".

- Estaría bien tocar el tema en la revista, pero de manera ambigua. Ya sabéis que encender una vela a Dios y otra al diablo es un principio de sabiduría. ¿Quién pensáis que pueda encargarse del artículo?

Bergamín, delgado y narigudo, unamuniano y republicano, daba sus indicaciones. Pese a lo mucho que ensalzaba la acción ("Se puede vacilar antes de decidir, pero no una vez decidido") su pensamiento era alambicado y la mitad de la gente no entendía ni lo que pensaba de verdad, ni adónde quería llegar.

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