Vísperas del 36

Adi Enberg y el nuevo encargo de Cambó

(2 de noviembre de 1935, sábado)

Carlos Rodríguez Casado

Carlos Rodríguez Casado

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Resumen de lo publicado.-Tras la salida de los radicales del Gobierno, Joaquín Chapaprieta trata de evitar los problemas que le puede acarrear el partido de Lerroux. Josep Pla recibe un nuevo encargo de Francesc Cambó.

Al llegar a Madrid, a Adi le había disgustado encontrarlo alojado en una sucia pensión en plena Gran Vía, entre la Telefónica y la plaza del Callao. Una pensión que anunciaba espléndidos cuartos de baño y donde, cuando entró Pla, la dueña, una señora rellenita y rubia, el pelo lleno de rulos, le enseñó amablemente el único cuarto de baño, con la bañera llena de tiestos con geranios, al final de un pasillo. De la alcachofa de la ducha salía un cordel que llegaba hasta el pomo de la ventana, para tender la ropa. “Caballero –le explicó, muy risueña -, quitaremos los tiestos y la ducha funcionará. La casa no pondrá ningún obstáculo al aseo de los huéspedes. Y el cuarto estará siempre libre para usted porque, como sabe, en Madrid se lava poco la gente”.

Como Pla estaba harto de hoteles, se había quedado, sin precisar fecha de salida. La pensión le permitió mantener contacto con tipos diferentes con quienes a menudo comía y entre quienes se establecían discusiones apasionantes como la que protagonizó un colega catalán de La Vanguardia, con un tenor cómico autóctono, sobre los méritos respectivos de la carn d’olla catalana, con col y pilota, y el cocido castellano, de repollo y garbanzos. “¿Qué tiene usted contra los garbanzos?”, se indignaba el madrileño. Las discusiones así habían entretenido a Pla, quien observaba más que participaba, tomando mentalmente nota para transcribir todo en su diario.

Pese a las incomodidades había terminado por cogerle cariño a la pensión y a la dueña, que hacía lo posible para que sus huéspedes conviviesen en toda la paz y armonía que permitían tiempos tan encrespados, con gente de ideologías enfrentadas. Pero aquello cambió nada más llegar Adi, cuyo sueldo añadido como secretaria permitió que se mudaran a un piso cerca del Retiro y luego a otro, más pequeño pero mejor situado, en un chaflán de la calle Marqués de Cubas, a poca distancia del Palace y de la carrera de San Jerónimo, los centros de operaciones de su labor periodística. Pla y Adi dormían en cuartos separados y solo se juntaban semanalmente, los sábados al mediodía, para sus encuentros.

En días como hoy, estando en la cama, las paredes del dormitorio parecían más finas y los ruidos de los muelles, mayores. Adi se cubrió el pecho con la sábana y Pla aprovechó para abrir la ventana y liarse un cigarrillo. La lenta ceremonia de liarse el pitillo con picadura y pegarlo con la lengua complementaba la contemplación de aquella mujer de cabello dorado que tan exótica resultaba en estas latitudes.

-¿Estás bien? –preguntó Adi.

-Me estoy fumando un pitillo.

Adi se recogió el pelo en una coleta. Empezó a vestirse, a recoger el cuarto. Ella era muy limpia y eficiente en todo, y le resolvía muchos problemas domésticos, aunque no tantos como habían esperado él y su familia. De ahí la primera separación, un par de años atrás, cuando Adi viajó a Inglaterra y cuando Pla, en su soledad madrileña, se había dado cuenta de lo mucho que la necesitaba. Adi había respondido a su llamada pero dejando claro que buscaría un trabajo y que convivirían en pie de igualdad, como así hacían desde entonces. Al decirle que había una cosa que quería contarle, Pla afiló la mirada. Sus ojos se achinaron con el humo. Adi solía hacer de correa de transmisión con Cambó, con cuya mujer había hecho buenas migas y a la que veía cuando las dos coincidían en Madrid. A veces le transmitía informaciones antes de hacer el amor, y a veces, después; estas últimas solían ser las complicadas.

-Es sobre el asunto del estraperlo.

-¿No quedó eso resuelto en el Parlamento?

La defenestración de Lerroux había culminado con un nuevo episodio grotesco, un par de días atrás, cuando el político radical hizo su aparición en el Congreso, buscando a la prensa para declarar grandilocuentemente que aquel escándalo era una gran canallada de las izquierdas y que por el momento seguía siendo la única cabeza del Partido Radical, y que lo sería mientras viviera. Eso contradecía directamente lo anunciado el día anterior, cuando poco menos que había nombrado sucesor a Santiago Alba y afirmado que viajaba a Portugal a una cura de salud. Pero la gente estaba acostumbrada a estas incoherencias de Lerroux. Iban con el personaje.

-Ha salido un artículo en La Nación sugiriendo que puede haber algo similar preparado contra la CEDA, y Cambó quiere saber si realmente existe ese nuevo escándalo en la recámara y si esto está coordinado, si hay alguien, alguna mano oculta, tramando todo…

-¿Azaña?

Adi le miró, y asintió.

-Cambó aprecia mucho los informes tan precisos y detallados que haces, y quisiera que indagases en ello -dijo.

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