Picalagartos

Medio plasma

Era el día en que la pasma tocó a registro donde los pujoles emprendedores y guapos. Fue en el día en que Carme Forcadell ("esa menestral cuyo parecido con Buenaventura Durruti es más que dudoso", Leguina dixit) ascendía a los cielos catetos de la quimera, aplaudida por un imputado santificado por loco, por un Mortadelo con gafas amarillas, por un charnego listo (Baños) que sabe que de ésta que se corona en una república o en una tertulia. Fijo.

Fue el mismo día en que Jordi Pujol entendió "qué coño" era eso de la UDEF y se encontró con la madera en la puerta (General Mitre 96, Barcelona, España aún). De allí salieron la santísima Trinidad: Pujol padre y señora, como Julián y Pantoja en tiempos de bonanza; más el hijo, con el brazo en cabestrillo a la manera de un Lute pero en mejor comido.

Era el día perfecto para que la Constitución y algo tan sano como la España de todos, como el Estado de Derecho, se impusieran por lógica aplastante en la otra orilla del Ebro. Pero Mariano Rajoy salió a salvar la patria y se jodió el Perú en el descuento, teniéndolo todo a huevo y el papel escrito. Algo intuíamos tras el jabón del lunes en TVE, pero la comparecencia y el comunicado de Rajoy le metieron a España un rejón definitivo de miedo y de incertidumbre. A Rajoy le pidieron que saliera y salió, sí, pero no ya en el tiempo de descuento, perdón, sino con los focos del estadio apagados.

España ha sufrido la invasión napoleónica, la pérdida de Cuba, las guerras carlistas, el aceite de colza, la gaseosa del zapaterismo y se ha ido reponiendo a pesar de los de siempre. Pero es que nadie dijo nunca nada de tenernos que salvarnos del salvador, Rajoy, y de su "vaga astronomía" (Lorca) de incertidumbres. El comunicado de Rajoy dejó jindama sobre la duda, miedo sobre los miedos, y hasta electoralismo malo en momentos cruciales de un país que se desangra. Dios nos guarde.

A Rajoy le parpadeó el ojo cuando habló de hacer "valer" las leyes. Los papeles se le ensalivaban, se tragó alguna d intervocálica, quiso ser solemne y soltó corcho retórico y naderías deslavazadas. Le copió el lema a la plataforma de Mario, de Cayetana, de tantos: "España seguirá siendo una nación de ciudadanos libres e iguales".

Eso sí, dio las gracias al final el pobre hombre.