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Como la política tiene más troneras que un billar americano, el PP ha decidido ofrecerse a Ciudadanos sacudiéndole tacazos al PSOE.

La carambola es verosímil porque las encuestas muestran que es más fácil acelerar el hundimiento socialista que ponerle plomo en las alas a Rivera, cuando de lo que se trata es de dinamitar una alianza entre los socialistas y el centro derecha amable.

Esta estrategia parte de una cautela en torno a las propias posibilidades inadvertida hasta ahora en Rajoy, el temeroso inconmovible. En cualquier caso, la idea de atacar a Sánchez resucitando a Zapatero resulta de una grosería genuina de la factoría Génova.

Mariano Rajoy pretende la laminación anticipada de Pedro Sánchez solapándolo con Zapatero, a quien considera merecedor de una animadversión y un odio desproporcionados, si tenemos en cuenta que el pasado ennoblece porque la memoria es benigna.

La manufactura de golpes bajos ha encontrado acomodo en presentar a Pedro Sánchez como un Zapatero bis. Lo de bis determina una distancia necesaria para eliminar todo rastro humano del hombre que sonreía en las escalinatas de Moncloa, y cualquier asomo exótico del jarrón chino que ahora sonríe en las presentaciones, con el fin de destilar en este hallazgo todos los males endosables al expresidente: la usurpación de la victoria tras las bombas de Atocha, el derroche del milagro español, el paro y la crisis pertinaces como las sequías del franquismo, y hasta el desmembramiento de España.

Esto de intentar noquear al joven Sánchez dejando sin resuello el fantasma del expresidente ahonda en una arraigada tradición no privativa de la derecha: también el felipismo acosaba a Aznar mostrándoles cartillas de racionamiento a los niños de la guerra que iban a los mítines a aprender maldades de Alfonso Guerra.

Y conecta esta estrategia con toda una etiología psiquiátrica que comienza con las proyecciones freudianas, con los arquetipos jungianos y con los estudios sobre la histeria.

Un amigo terapeuta lo resume del siguiente modo: Rajoy se resiste a perder la victoria de 2011, cuando, a la tercera y efectivamente por culpa o gracia de ZP, se convirtió en el presidente más votado de la democracia. Por eso hace caso omiso a las encuestas, cierra los ojos ante sus propias derrotas, hace oídos sordos al mandato quirúrgico de las urnas y necesita a Zapatero como al pan de los años mozos.

Toda flaqueza del alma tiene sus estadios y su evolución, así que podemos pensar que Rajoy está enfermo porque no ve ni oye más que a sí mismo en el balcón de Génova 13 una noche de 2011; o podemos decir que el presidente se ha convertido en un personaje trágico, un Hamlet barbado sobre el cráneo de ZP.

El presidente revive a Zapatero porque necesita que todo lo ocurrido, el paro desbocado, los impuestos sofocantes, la corrupción de sus filas y la decepción generalizada, desaparezcan por ensalmo. Pero quizá debiera preguntarse Rajoy si cree, honestamente, que de tener enfrente a Zapatero los ciudadanos volverían a votarle.