Elecciones EEUU

Trump y Clinton también pelean el voto en Oriente Próximo

No sólo compiten por el apoyo de la influyente comunidad judía y del 'lobby' del petróleo en EEUU.

Un cartel de campaña de Trump, en un control cerca de una colonia judía en Cisjordania.

Un cartel de campaña de Trump, en un control cerca de una colonia judía en Cisjordania. Reuters

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Los republicanos y demócratas también hacen campaña en Israel, y no es para menos: los expatriados estadounidenses en este país aliado clave de Washington rondan los 300.000, de los cuales aproximadamente la mitad viven en las colonias ubicadas en Cisjordania y Jerusalén Oriental. “Entre éstos la inmensa mayoría ya vota a la derecha en nuestras elecciones domésticas”, comenta el catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén Alfred Tovías. “Por eso podemos suponer que en las americanas se inclinarán por Trump”.

Sin embargo, las encuestas en Israel dan ganadora a Hillary Clinton el próximo 8 de noviembre. Según el último sondeo de opinión llevado a cabo por el Instituto Israelí de la Democracia (IDI, por sus siglas en inglés) y la Universidad de Tel Aviv, el número de ciudadanos israelíes que se decanta por Clinton ha ido aumentando recientemente, a pesar de que piensan que ésta ejercerá más presiones sobre su Gobierno que Trump. De acuerdo a su última encuesta realizada el pasado 16 de octubre el 43% de los israelíes apoya a la demócrata, mientras que sólo el 26,5% se decanta por el republicano.

Estos datos contrastan con los resultados de otro sondeo realizado en junio por el Canal 2 de la televisión israeli, según el cual el 42% votaría por Clinton y el 35% por Trump.

En el caso de que ganara Clinton las elecciones de Estados Unidos, no sólo imperaría el continuismo en política exterior de la Administración Obama, sino que las relaciones bilaterales “serían más fluidas, dado que la señora Clinton y su marido son muy amigos de Israel”, asegura este experto. De hecho, Bill Clinton fue el primer mandatario mundial en desplazarse a Jerusalén para el funeral del recientemente fallecido Simón Peres -a quien le unió una amistad a partir de los acuerdos de paz de Oslo- y se reunió con el primer ministro Benjamín Netanyahu la víspera del entierro.

Lo cierto es que en la última edición del encuentro anual del poderoso lobby Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-israelí (AIPAC) Trump desplegó todo un elenco de promesas electorales, quizás más dirigidas a recabar el beneplácito de Israel que de la propia comunidad judía estadounidense, que tradicionalmente es más progresista y se ha decantado por el lado demócrata.

El candidato republicano aseguró que trasladaría la Embajada desde Tel Aviv a Jerusalén, algo que han prometido anteriores candidatos antes de ser elegidos, pero que luego no han cumplido como presidentes pues vulnerarían la legalidad internacional actual en la capitalidad que se disputan israelíes y palestinos. También afirmó que apoyaría la construcción de nuevos asentamientos israelíes en los territorios ocupados, que su primera visita oficial la realizaría a Israel o que haría todo lo posible para revocar el acuerdo nuclear de Estados Unidos con Irán -uno de los hitos de la Administración Obama- por considerarlo lesivo para con la seguridad nacional israelí.

Un judío ultraortodoxo pasa junto a un póster de Trump en Jerusalén.

Un judío ultraortodoxo pasa junto a un póster de Trump en Jerusalén. Reuters

Por este motivo los colonos tienden a simpatizar con Trump, “a pesar de que éste es volátil e impredecible. Un día se declara amigo de Israel y al siguiente dice que quiere ejercer como negociador frente a los palestinos. Hasta Netanyahu está preocupado por si sale elegido”, apunta desde la céntrica avenida de Jaffa (en Jerusalén oeste; los palestinos reclaman la parte este) el fundador del Comité Israelí Contra las Demoliciones de Casas (ICAHD), Jeff Halper.

“Mientras Netanyahu es un republicano conservador, en el caso de Trump no está claro si es republicano o demócrata, si es pro-Israel o pro otra cosa”, añade este antropólogo estadounidense afincado en Israel. “Es como un coche sin frenos, y por eso resulta tan difícil predecir qué pretende hacer en esta parte del mundo”, concluye.

Sin embargo, un joven judío norteamericano que ha hecho aliyá (emigración a Israel), la elección del magnate sería positiva para Israel. “Creo que Trump puede marcar la diferencia. Habla de construir el muro en la frontera con México como el que aquí tenemos con los palestinos y yo confío en él”, señala el estudiante universitario Kobi Newman conversando en la Plaza de Sión. “Proyecta esperanza y por eso pienso que puede hacer a Estados Unidos grande otra vez”, añade parafraseando el eslogan de la campaña de Trump.

“En cuanto a Israel, creo que Trump sería mejor que Hillary ya que mantiene una mejor relación con Netanyahu y su gente, y además está dispuesto a aumentar la ayuda militar y financiar el Iron Dome (el sistema anti-misiles “Cúpula de Hierro”) que necesitamos para defendernos de nuestros enemigos”, sentencia.

Los palestinos siguen de cerca la campaña

Si entre los israelíes hay opiniones encontradas respecto de Trump, en el caso de los palestinos el rechazo es prácticamente unánime. “Aquí en Palestina estamos siguiendo la campaña muy de cerca, porque sabemos por experiencias previas que nos afectará directamente”, dice Mahmud Muna, que regenta la conocida librería Educational Bookshop de la calle Salahadin. “De hecho, somos unas de las primeras naciones en el mundo que se ven afectadas por quién dirige la Casa Blanca”, agrega. “La verdad es que no sé a quién prefiero, pues creo que Hillary será una mera continuación de la política exterior de Obama, mientras que Trump puedo darnos alguna sorpresa, aunque lo mismo ésta no es buena”, reflexiona, aplicando el axioma de que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer.

Otros palestinos se muestran más taxativos. “No es bueno que Trump llegue a la presidencia, por lo que dijo de prohibir la entrada a los musulmanes en Estados Unidos” (después de que tuviera lugar el atentado registrado en la localidad californiana de San Bernardino), espeta Hazem Abu Nayib, propietario de una tienda ubicada también en Salahadin. Desde su punto de vista una persona con tantos prejuicios racistas y xenófobos como aparentemente tiene Trump no debería convertirse en líder del mundo libre ni gestionar ninguna administración pública, sino que debería dedicarse a sus negocios en el sector privado.

Algunas van incluso más allá. “Creo que Trump no es sólo un racista, sino también un terrorista”, denuncia Ruba Atala, estudiante de la Universidad de Al Quds. “Porque el terrorismo empieza porpensar que otras religiones o culturas son inferiores a la tuya y que tu pensamiento es el es más importante de todos”, critica esta joven palestina. Para ella Trump es el exponente perfecto de la “lucha de civilizaciones” que acuñó el profesor de Harvard Samuel Huntington.

Proceso de paz

A pesar de que Trump se haya llegado a postular como mediador entre israelíes y palestinos de cara a reactivar el moribundo proceso de paz –algo que la Administración estadounidense intentó en dos momentos diferentes, primero con la propia Hillary Clinton al frente del Departamento de Estado durante el primer mandato de Barack Obama, y luego con John Kerry durante el segundo– esta posibilidad no acaba de convencer ni a unos ni a otros.

“Él no entiende ni del control ni del equilibrio de poderes en un sistema democrático y de derecho, ni tampoco sobre el conflicto entre israelíes y palestinos”, asevera el activista político Steven Buck. “Dice cosas ridículas. No sé si quiera si será capaz de implementar alguna de sus políticas draconianas en las que cree que simplemente puede solucionar los problemas dando un puñetazo sobre la mesa o renegociando un trato mejor”, continúa Buck, a punto de coger una pancarta con eslóganes anti-racistas momentos antes de marchar en una manifestación contra las posturas xenófobas del movimiento ultraderechista israelí Lehava.

“No sé si va a ser bueno o no para Israel, pero no creo que sea bueno ni para resolver el conflicto de Oriente Próximo, ni tampoco para el mundo en general”, comenta a pocos metros la israelo-estadounidense Arline Harel, quien sin embargo tampoco cree que Clinton vaya a hacer un labor destacable en la búsqueda de la paz en la región. “Ella estuvo a favor de la invasión de Irak en 2003 y luego también ha apoyado la intervención en Siria”, así que tampoco me parece la persona idónea para determinar la política exterior de Estados Unidos en Oriente Próximo”, argumenta.

Los gobierno árabes se inclinan por Trump

Otra de las cuestiones claves en la agenda política regional es el reciente acuerdo entre el G5+1 y la República Islámica de Irán en relación con su programa nuclear, que Trump ha denunciado e incluso afirmado que pretende revocar, mientras que Clinton se muestra dispuesta a respetarlo. "Por este motivo el llamado “eje sunita” –formado por Arabia Saudí, Egipto y las monarquías del Golfo Pérsico, antagonista de Irán– preferiría la victoria de Trump, mientras que el llamado “eje chiíta” –los gobiernos de Siria e Irak, así como Hizbolá en Líbano, es decir, los aliados de Irán– se decantarían por Clinton", afirma Michael Ehrlich, del departamento de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Bar-Ilan, en Tel Aviv.

No obstante, aunque los gobiernos de sus aliados sunitas vean con mejores ojos a Trump, esto no implica que sea apreciado por los ciudadanos. Según un sondeo de opinión llevado a cabo por el Centro Interdisciplinario de Herzliya (Israel) apenas el 3,8% de los egipcios encuestados y el 6% de los saudíes están a favor del candidato republicano. En cambio, en el caso de la demócrata los índices de aceptación serían del 35,7% y del 30,2%, respectivamente.

Es decir, que lo que popularmente se conoce como “la calle árabe” no quiere ni ver a un dirigente que pretende prohibir la entrada de los musulmanes a Estados Unidos y quien parece haber invertido el principio de presunción de inocencia: cada musulmán es culpable hasta que demuestre lo contrario.