Elecciones EE.UU. 2016

Donald Trump, la atracción del "malote"

Quienes le han elegido presidente conocen sus polémicas racistas, machistas y su vanidad, lo que tiene tirón en las redes sociales. Además, no pertenecer a la clase política propulsó su carrera a la Casa Blanca.

Donald Trump ganó apoyos gracias a no pertenecer al 'establishment'.

Donald Trump ganó apoyos gracias a no pertenecer al 'establishment'.

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Tiembla Wall Street: ya lo auguraba el sistema de inteligencia artificial MogIA, Donald Trump, el candidato indebido, inconcebible, se ha alzado con el triunfo en las elecciones a la Casa Blanca. No era moco de pavo: el sistema de marras, que escruta redes sociales, buscadores y otros tinglados digitales que sirven como indicadores del estado de ánimo y opinión del personal, ha acertado los resultados de las tres últimas grandes elecciones. El posible Apocalipsis, ese acontecimiento que nuestro cerebro está programado para tomar por definición como improbable, ya es una realidad. Algo que puede asombrarnos a quienes no fuimos precandidatos del Partido Republicano ni militamos en sus filas: ellos ya sabían lo que es que el tsunami de Donald Trump te pase por encima y te deje la tienda flotando deshecha sobre un mar de fango.

¿Qué tiene este individuo para cabalgar la ola haciendo gala de una zafiedad, una arrogancia y una torpeza ilimitadas, y sin embargo encadenar éxito tras éxito, hasta una victoria final que según una multitud de arúspices, encabezados por el actual titular de la silla a la que aspiraba, Barack Hussein Obama, supondrá para el resto un cataclismo planetario?

Posiblemente, eso mismo: desde sus más tempranos días, Trump ha sido el malote que se permite hacer lo que se supone que no debe hacerse, el patán que ignora las convenciones, los modales y hasta el sentido común para salirse con la suya. Ya de adolescente sus progenitores lo enviaron a una escuela militar para limar las incontinencias de su carácter. Años después, tras pasar por las universidades de Fordham y Wharton, de donde salió con un grado en Economía, tomó las riendas del negocio inmobiliario familiar, relativamente modesto y basado en la explotación de apartamentos para clase media en Queens, Staten Island y Brooklyn, e inició una expansión que le llevó a adquirir cientos de miles de metros cuadrados en el mucho más glamuroso Manhattan y a emprender ambiciosas operaciones fuera de Nueva York, no sólo en negocios inmobiliarios, sino en otros como un gran complejo de casinos en Atlantic City.

La pelota creció y creció, el mercado inmobiliario se desplomó, lo de los casinos se fue al garete, y a comienzos de los 90 el magnate se acercó peligrosamente a la bancarrota. Su imperio había acumulado una deuda que no podía devolver, ni siquiera hacer frente a los intereses. Cualquier otro se habría tirado de lo alto de la Trump Tower, el vítreo rascacielos, símbolo de su emporio en el centro de Manhattan, donde a día de hoy tiene aún su domicilio. Donald, no. Razonó temeraria pero certeramente que el problema lo tenían sus acreedores, y que por la cuenta que les traía aceptarían quitas generosas en la deuda y una renegociación que le permitiera volver a flote. Y así fue. Ahí Trump demostró su habilidad para servirse del dinero ajeno.

Otro tanto se le reprocha en su historial fiscal, sobre el que, contra lo que es habitual en los candidatos presidenciales, se ha negado en redondo a dar ninguna información, aunque en el pasado se ha jactado de no pagar impuestos, gracias a su astucia para aprovecharse de los múltiples agujeros de una legislación tributaria con impotencia para gravar a los ricos como él se permitió incluso afear a la legisladora Hillary Clinton, por sus años en el Senado sin hacer nada para reformarla. Una acusación que no puede ser más injusta, porque en la época de la que se trata, los 90, que fue la del deslizamiento de Trump hasta el filo del abismo financiero y su milagrosa resurrección, Hillary, que era primera dama, mal podía legislar nada, y siendo luego senadora promovió reformas para mejorar el sistema.

Y es que, según una reciente investigación del New York Times, fue en la operación de renegociación de su cuasi quiebra de aquellos años, con un trueque de deuda por capital, donde Trump habría obtenido el grueso de los beneficios fiscales, sorteando el criterio adverso del todopoderoso IRS (el equivalente estadounidense de nuestra Agencia Tributaria) mediante la triquiñuela de canalizar sus inversiones en los casinos a través de sociedades civiles, en lugar de recurrir a sociedades mercantiles. Según el periódico neoyorquino (fervientemente anti Trump, todo hay que decirlo), existen cartas de sus abogados advirtiéndole del riesgo extremo de la maniobra, esto es, que respaldarían que Trump actuó de forma consciente como un evasor fiscal.

Poco parece importarle esa acusación periodística, como tampoco le importó participar durante más de una década, hasta el año pasado, en el realityshow de la NBC The Apprentice, en el que examinaba y sometía a toda clase de sevicias a candidatos a trabajar en su organización empresarial. La frase más repetida por Trump en ese programa era ‘You’re fired’ («Estás despedido»), con la que se expulsaba a los perdedores. Donald no sólo se siente todo un triunfador, sino que se complace en ostentarlo frente a quienes no lo son.

Con lo que volvemos al principio. En vano han perseverado sus detractores en presentarlo durante todos estos meses como vanidoso, prepotente, racista, machista, burdo, inconsistente y repleto de contradicciones (como postularse como paladín contra la inmigración siendo descendiente de un inmigrante alemán y teniendo como esposa a una inmigrante eslovena). Trump es todo eso y lo sabe él y lo saben los que van a votarle, precisamente por esa razón. Los intelectuales progresistas, norteamericanos y del resto del mundo, atribuyen el inesperado éxito de la campaña de Trump a su capacidad para expresar el descontento de las clases humildes norteamericanas de raza blanca, los grandes paganos de la crisis y de las políticas de la era Obama. Quizá la verdad sea algo más simple, y bastante más escalofriante.

En la era de las redes sociales (vehículo de acceso a la información para el 60% de los votantes del martes) tira más el malote que dice lo que no puede decirse, el que al pan le llama pan y al vino no es que le diga vino, sino ponme otro que voy a mamarme en condiciones. Con un electorado descontento por muchos motivos, sí, desconectado de la clase política con sobradas razones, también, pero cada día más habituado al meme y la simpleza efectista que a la reflexión de un cierto calado y un cierto nivel (que es la que puede llevar a entender, verbigracia, por qué no se puede ni se debe pisotear a las minorías, o por qué las mujeres son algo más que la firmeza de su trasero), Donald Trump tenía no pocas bazas para ganar.

**Lorenzo Silva es escritor. El Premio Planeta 2012 y el Premio Nadal 2000 destacan entre los numerosos galardones que ha obtenido. Su obra ha sido traducida a once idiomas.

*(Perfil actualizado el 9 de noviembre tras la victoria de Donald Trump)