Día contra el Trabajo Infantil

La explotación de los pequeños “silenciosos y obedientes” desciende

Es casi como si el noveno país más poblado del mundo estuviera poblado sólo por menores trabajadores.

Niños en la India trabajan cerca de sus padres en unas obras en 2010.

Niños en la India trabajan cerca de sus padres en unas obras en 2010. Getty

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Más de 13 niños fueron rescatados por la Policía en una fábrica en Delhi y llevados a un centro de estos los Misioneros Salesianos en la India. Eran pequeños de entre 8 y 15 años que “trabajaban más de 15 horas al día sin poder moverse a cambio un plato de comida”, ha explicado Ana Muñoz, portavoz española de la congregación católica.

La intervención de los agentes es un signo de esperanza para un problema que afecta a unos 168 millones de niños en todo el mundo, según los datos más actualizados de la Organización Internacional de Trabajo (OIT). Es como si el noveno país más poblado del mundo -Bangladesh- estuviera habitado sólo por niños trabajadores el equivalente a Bangladesh. O lo que es lo mismo 3,5 veces toda la población de España.

Este domingo es el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. De 246 millones de menores trabajadores en el año 2000 se pasó a 168 millones en 2012. A pesar de que no existen datos globales actualizados, desde Unicef no dudan de que la tendencia a la baja continúa. “El trabajo infantil se va reduciendo, cada vez más los niños van a la escuela, las familias se van concienciando de que un niño tiene que estar en la escuela y no trabajando”, apunta Blanca Carazo, responsable de Programas en España de la organización para la protección de la infancia de Naciones Unidas.

Donde sí se ha registrado un aumento de trabajadores infantiles ha sido en los conflictos armados. La guerra en Siria ha provocado que los refugiados más pequeños se vean obligados a ayudar a sus padres y abandonar el colegio en ocasiones, según desveló un informe de Unicef y Save the Children de 2015.

Salem es un niño sirio de 13 años que transporta a sus espaldas 30 sacos de patatas cada día, recuerda Carazo. Le duele mucho la espalda y cuenta que tiene que caminar rápido y no dejar caer ninguna patata si no quiere que le peguen con una manguera. Es uno de los refugiados sirios residentes en el vecino Líbano reflejado en el estudio.

“En Líbano los adultos refugiados no pueden trabajar y quienes trabajan son los niños. Se hace la vista gorda y se están aprovechando la situación porque cobran mucho menos y están siendo explotados. A la vez hay un esfuerzo enorme del Gobierno por integrarlos en el sistema educativo”, expone la portavoz de Unicef. Una paradoja que se produce en un país donde una de cada cinco personas son refugiados y donde la población local teme que los adultos les quiten trabajo.

Un niño alejado de su familia, al que maltratan, es un trabajador silencioso y obediente

Mercados, explotaciones agrícolas, industrias textiles o de la construcción… son el tipo de destinos laborales que esperan a los pequeños. “Y más de la mitad lo hacen en condiciones que afectan a su salud, su seguridad y su desarrollo”, destacan desde Misiones Salesianas en un comunicado aludiendo a estudios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

Casi el 60% de todos los niños trabajadores lo hacen en el sector de la agricultura, ha informado la FAO esta semana. Junto a la OIT ha puesto en marcha un curso de aprendizaje gratuito en internet para los responsables de las políticas agrícolas y analistas con el fin de que se garantice la prevención del trabajo infantil en los programas de desarrollo agrícola y rural, sobre todo en los que estén dirigidos a agricultores pobres. La idea es ofrecer ideas concretas y asesoramiento además de trabajar en la concienciación de los posibles explotadores.

Asia y África son los dos continentes donde más extendido está el trabajo infantil. La pobreza y la falta de recursos, convierten a los niños y niñas en víctimas fáciles para aquellos que quieren explotarlos, recuerdan desde Misiones Salesianas. “Éste es el día a día al que se enfrentan los misioneros salesianos en muchos de los países en los que trabajan: niños y niñas que con engaños o por la oferta de una vida mejor dejan sus hogares y se marchan a trabajar en edades en las que deberían estar aprendiendo en la escuela y jugando en el patio”, explica Ana Muñoz, portavoz de la congregación católica.

La “ventaja” para quienes someten a los menores a trabajo infantil no sólo es la mano de obra barata, sino su sumisión, destaca Muñoz: “Un niño alejado de su familia, al que maltratan es un trabajador silencioso y obediente, porque no conoce sus derechos ni tampoco otra realidad”.

La OIT estima que 85 millones de los niños sometidos al trabajo infantil peligroso (en el año 2000 eran 171 millones), como el trabajo en minas de cobalto en la República Democrática del Congo que Amnistía Internacional denunció de nuevo este sábado a las puertas de la tienda de Apple en Madrid. La ONG ha pedido así a la gran tecnológica que investigue si sus productos contienen este mineral extraído por menores, pues el cobalto se emplea en la producción de productos de tecnología.

Entre esas especialmente duras condiciones de trabajo infantil también están la explotación sexual o el reclutamiento de grupos armados (que incluye otras problemáticas añadidas). En 2015 en República Centroafricana se consiguió que todos los grupos en conflicto firmasen un acuerdo para no tener a ningún niño menor entre sus filas, destaca Carazo. Desde entonces y hasta ahora estas milicias han liberado a más de 3.000 niños, un dato esperanzador para una lacra contra la que siguen luchando las organizaciones especializadas en la infancia.

Es importante “cambiar la percepción social” en los países donde se ve “normal” que los niños trabajen, explica la portavoz de Unicef. Explica que no se trata de que un menor que llega del colegio no pueda ayudar a sus padres con el negocio familiar, si lo tienen, sino de que no tenga renunciar a su educación o que ésta no se vea afectada negativamente por ello.

Una herramienta que ha resultado ser muy efectiva y que, después de probarla en Brasil, Unicef está aplicando en diversos países es fomentar que los niños acudan a la escuela con ayudas en dinero contante y sonante a las familias pobres. La condición para darles esa ayuda económica es que los niños asistan a las familias todos los días. “Tiene un impacto muy bueno, en paralelo con la sensibilización”, explica Carazo en un último apunte esperanzador para un problema que aún en el siglo XXI afecta a tantos inocentes.